Verbena trágica
Los ecuatorianos niegan la etiqueta de incívicos
La colonia ecuatoriana recuerda que no solo los latinos cometen imprudencias. Vecinos de los siete muertos del país en Castelldefels colectan dinero para las familias.
El Periodico, , 28-06-2010Tal vez porque en alguna prensa, y algún canal de televisión, y en los comentarios que empiezan a pulular por internet, pero tal vez sobre todo porque en la misma calle, allí, en Pubilla Casas, en L’Hospitalet, un barrio preponderantemente latinoamericano –y concretamente ecuatoriano–, tal vez porque en cualquier esquina hay un abuelo aleccionando a su nieto, de 5 o 6 años:
–Se paró el tren. Muy bien. ¿Y qué pasó luego?
–Que se bajó todo el mundo.
–Se bajó todo el mundo. Muy bien. ¿Y luego?
–Los extranjeros cruzaron por la vía.
–¿Quiénes?
–Los extranjeros.
–Muy bien. Los extranjeros. ¿Y luego?
Tal vez por eso los extranjeros en este barrio donde quien más, quien menos, todos increíblemente están relacionados con la tragedia, todos tienen un hijo que iba en el tren, o en el tren que iba detrás, o un hijo que había salido más pronto y ya estaba en la playa, o conocen a los amigos de un familiar que estaban allí, donde es incluso fácil hallar relatos en primera persona, gente que te dice lo que ocurrió, o lo que vieron que ocurrió, gente que muestra heridas de la noche de marras, tal vez porque ya tienen bastante con lo que tienen no hay muchos vecinos aquí dispuestos a arrastrar con la etiqueta: de incívicos, de no cumplir las normas, de no conocerlas o simplemente de no respetarlas. De esos, dicen, hay en todos los países, en el de ellos y en este. Y las vías las cruzan todos.
«Fue una tragedia causada por la imprudencia, no hay duda –dice Carlos Rodríguez, ecuatoriano, alzando la voz sobre el escándalo de acordeones que inunda el lugar. El local es El Rincón de Leo; la calle, de Hierbabuena; el ambiente… el ambiente lo dan la música y la gran bandera de Ecuador en la pared–. Pero lo que no se puede decir ahora es que todos los latinoamericanos son imprudentes, o que no respetamos las reglas, porque todo el mundo sabe que las vías las cruzan todos, extranjeros y catalanes, y no solo en Castell
defels. Eran casi todos muchachos jóvenes, y como todos los jóvenes un poco más imprudentes que los demás. Lo que ocurre es que ese día en particular, mejor dicho, esa noche, ahí, en Castelldefels, la mayor parte de los que había en la estación eran latinos. Porque todos van a esa playa en Sant Joan. Todos. Por pura estadística, ¿me entiende? Si hay 90 extranjeros y 10 españoles cruzando, y aparece un tren y los atropella, si pasa eso, explíqueme: ¿De dónde van a ser la mayor parte de las víctimas?».
Hay cuatro, cinco compañeros sentados a la mesa. Todos asienten.
EL CENTRO DE LA COLECTA / Es muy probable que Pubilla Casas, junto con otros barrios adyacentes de L’Hospitalet, y alguno más de Esplugues, sea para los ecuatorianos lo que el Raval de Barcelona para la comunidad paquistaní: un enclave, unas calles donde se sienten como en casa, arropados por sí mismos, con restaurantes para comer como si fuera Quito y locales para beber como si fuera Guayaquil. Quince mil ecuatorianos son muchos ecuatorianos –es la cifra oficial, que no cuenta a los sin papeles–, y aun siendo tantos están tan agrupados, viven tan cerca unos de otros, son tan conscientes de que deben ayudarse que ahora mismo está todo el mundo pendiente de la colecta. No una, la: la que siempre se lleva a cabo cuando ocurre una desgracia. Solo que esta vez son siete; una por cada muerto.
«Cuando empiece la colecta empezará aquí –dice Marcelo Vega, propietario de El Rincón Manabita: el restaurante. No uno: el–. Siempre empieza aquí. La gente sabe que esto los sábados y domingos está lleno, entonces, si alguien tiene una desgracia, sabe que viene al restaurante y yo lo acompaño, cogemos una bandeja y pasamos por cada mesa pidiendo a la gente que contribuya».
Vega: conoce a muchos y lo conocen mucho, y dice que, aparte de que sus dos hijos iban en el tren de atrás, el siguiente, el Rodalies que debía llegar a medianoche a la playa, y que por tanto no pudo dormir hasta que a las cuatro uno de ellos le contestó y le dijo: «Papa, estoy bien», aparte de eso una de las víctimas era cuñada de un cliente, y conoce de vista a algunos heridos, y dos amigos de sus hijos estaban allí, en el momento del accidente, y cruzaron las vías y se salvaron por los pelos…
–Espere, que le hago venir.
UNA HERIDA EN LA PIERNA / Y llega Freddy Ceballos, Freddy Armando, que tiene 20 años y una herida en la pierna que le produjo el accidente, una de las piedras que salió disparada de las vías. «Acababa de subir al andén cuando el tren pasó», dice. Aquí, en Pubilla Casas, todos están relacionados con la tragedia: al Rincón de Leo fue el sábado una colombiana que también resultó herida, leve pero herida, y que está con medicación. Y en la calle cualquier padre te dice lo mismo, que su hijo iba en el tren, o en el tren de atrás, que jugaba a fútbol con una de las víctimas, que solía verla en un bar. En la agremiada, solidaria comunidad ecuatoriana, la tragedia es cosa de todos.
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