El tren de la muerte
Diario Sur, , 27-06-2010El Paraíso parece una fiesta. Los vecinos del lugar montan sus tenderetes en medio de la nada y venden cervezas, refrescos y tortillas. Los paseantes hurgan en sus bolsillos, hacen prolijas cuentas y sacan, si pueden, algunos pesos para comprar comida. Pese a su nombre decididamente optimista, El Paraíso sólo es un poblachón polvoriento de Chiapas, la región más pobre de México, cerca de la frontera sur del país azteca. Por las calles deambulan cientos de emigrantes hondureños, guatemaltecos o salvadoreños. Pasean, conversan, beben cerveza o cuidan de sus familias mientras esperan el tren.
El ferrocarril Chiapas – Mayab, un mercancías que transporta cemento, maíz y azúcar, no tiene horario fijo ni frecuencia asegurada. La vida en El Paraíso parece suspendida hasta que un estruendo metálico y fatigoso anuncia el paso del convoy. Entonces, el mundo entero se acelera: los tenderos desmontan sus fondas portátiles mientras los emigrantes cogen su macuto y aguardan en fila india el momento de saltar al tren. Al paso de los vagones, los aspirantes a pasajeros se lanzan sobre el ferrocarril, trepan y buscan un sitio en el que viajar. Algunos lo consiguen. Otros, quizá más torpes o con peor suerte, caen a la vía. Si salvan el pellejo, se levantarán, se limpiarán el polvo y se quedarán en El Paraíso a esperar otro convoy. Los demás morirán en el intento o se dejarán piernas y brazos entre la maquinaria. Eso le ocurrió a José Hernández, de 24 años, que perdió su brazo, su pierna derecha y tres dedos de su mano izquierda en 2004. Y a Marco Cruz, de 45, que ahora luce una prótesis en su pierna zurda. Y a Alexis Rodríguez, de 34, que hace dos años se quedó sin las extremidades izquierdas. Y a tantos otros.
Al ferrocarril Chiapas – Mayab casi nadie le llama por su nombre. Algunos le apodan ‘La bestia’. Otros le dicen ‘El tren de la muerte’. Cualquier mote está justificado. Encaramados a los vagones, subidos al techo o escondidos entre la carga, cientos de emigrantes centroamericanos tratan de salvar los casi 2.000 kilómetros que les separan de Veracruz. Desde allí, proseguirán el viaje hasta la frontera con Estados Unidos. Todos confían en que alguien les ayude a cruzarla, aunque saben que será difícil. Los coyotes o traficantes humanos cobran mucho dinero (entre 3.000 y 4.000 dólares) y son poco de fiar, y además las autoridades norteamericanas han extremado el celo. Quienes han logrado montarse en el tren apenas pueden lanzar un suspiro de alivio: saben que lo más peligroso comienza entonces. Están asustados, pero el hambre puede más.
Desde el año 2005, las bandas centroamericanas están aprovechando el negocio de la miseria. Miembros de las pandillas más peligrosas (la Mara Salvatrucha, la Mara 18, los Zetas) suelen asaltar los trenes en busca de dinero. Algunos pasajeros insisten en la connivencia de los maquinistas: aseguran que el ferrocarril se detiene con frecuencia en parajes desolados para facilitar la tarea de las bandas. Cuando entran en los vagones, los asaltantes cogen del cuello a los niños para exigir el pago de un rescate urgente a sus padres y amenazan con abusar de las mujeres. No se andan con contemplaciones. Si los emigrantes se resisten al chantaje, los echan del tren. Al caer, es frecuente que mueran o que pierdan algún miembro, seccionado por la maquinaria ferroviaria.
Las denuncias quedan en papel mojado por la presunta connivencia de las fuerzas policiales mexicanas con los pandilleros, así que a nadie se le ocurre acudir a una comisaría para quejarse. Los heridos, mutilados o violados se tragan la rabia y buscan ayuda donde pueden. Al menos, siempre hay alguien dispuesto a brindarles cariño, conversación y un poco de comida. Eso hace Olga Sánchez en su Albergue del Buen Pastor, en Tapachula (Chiapas). Y eso hace también el sacerdote Alejandro Solalinde, que ha levantado un refugio junto a la terrible vía férrea, en Ixtepec (Oaxaca). Solalinde ha viajado en el tren y ya no lleva cuenta de las veces que ha sido amenazado de muerte, pero él sigue a lo suyo, infatigable: «El mayor desafío que tengo que superar es el de la intimidación y el acoso de personas que no quieren que ayude a los emigrantes», lamenta. La primera noche en la que abrió su modesta residencia, el padre Solalinde recibió la visita de 400 viajeros.
Pese a la ceguera institucional y al olvido informativo, los números de la tragedia crecen hasta la náusea. La cónsul salvadoreña en Ciudad Arriaga, punto de partida del tren de la muerte, calcula que más 20.000 emigrantes ilegales se han subido a La Bestia entre el 1 de enero y el 30 abril. Cada año lo intentan unos 70.000. Algunos se dejarán la vida o un brazo o una pierna. Y la mayoría no conocerá más paraíso que aquel poblachón polvoriento por el que cruzó el ferrocarril.
(Puede haber caducado)