Ocho ladrillos a un euro

Las Provincias, JUAN ANTONIO MARRAHÍ jmarrahí@lasprovincias.es | VALENCIA., 27-06-2010

Todo tiene un precio si hay alguien dispuesto a comprar. Tuberías, cables, aluminio, ladrillos… La búsqueda de chatarra ya no sólo es cosa de contenedores. De la mano de la crisis, naves enteras en desuso y viviendas abandonadas de las afueras de Valencia se llenan cada día de inmigrantes sin papeles o parados dispuestos a sudar la gota gorda, a convertirse en termitas del cemento y el hierro con tal de poder llenar el estómago.

Once de la mañana. Una furgoneta ruge en el interior de la antigua fábrica de Flex, en Quart de Poblet. El gigantesco inmueble está en venta desde hace años, pero nadie lo compra. Al menos entero, porque a trozos parece que sí.

Del vehículo sale una cuadrilla de cinco hombres armados con pesadas mazas, picos y hasta sopletes. Se reparten por los 8.000 metros cuadrados de la fantasmal estructura vacía. Los martillazos comienzan a retumbar. Ordenadamente, clasifican en el suelo cristales, pesadas piezas metálicas, conducciones, cañerías… Lo que sea.

«No hay trabajo de nada y nuestros hijos tienen que comer. Algo tenemos que hacer», asegura uno de ellos, resignado, mientras resopla maza en mano. «Hay que trabajar muchas muchas horas para conseguir muy poco. Con lo que saquemos hoy de aquí, ganaré unos cinco euros», explica.

El joven chatarrero se niega a decir su nombre y sonríe. No está muy seguro de la legalidad de tomar al asalto la antigua fábrica de colchones, situada junto a la A – 3. En cualquier caso sabe que no le van a pillar. La vigilancia en el lugar es nula. Las puertas ya no existen y si las hubiera tampoco serviría de mucho, pues la fábrica está hecha un queso ‘gruyere’.

La escena se repite en unos viejos cuarteles militares de Bonrepós i Mirambell. Caminar por su interior es como hacerlo por una ciudad bombardeada. El suelo es una alfombra de escombros y los picos resquebrajan sus paredes. Los sostienen inmigrantes sin papeles como Magubo, un senegalés que llegó en patera y ahora pica los muros con ahínco. Las herramientas las pone Juan Navarrete, un valenciano dispuesto a pagar ocho ladrillos a un euro. «Si van con el material directamente a una empresa de construcción no se los van a comprar y a mí sí», explica sin tapujos.

«Se los compro y los vendo»

Navarrete se ve, más bien, como un benefactor. «Se los compro a ellos y luego los vendo por mi cuenta. No hago ninguna fortuna, la verdad, pero así puedo ayudarles a salir adelante, a que ganen al menos algo para comer». Lo cierto es que los africanos muestran un respeto casi devocional por Juan. Ellos e inmigrantes rumanos se han establecido en lo poco que queda de los viejos cuarteles. Allí tienden, duermen, cocinan y comen.

A pocos kilómetros, en Tavernes Blanques, agoniza la vieja fábrica de productos cárnicos Primayor. En 2004 sufrió una grave fuga de amoníaco que acabó, tiempo después, con el cierre de la empresa. Ahora sus naves están ocupadas por casi 30 inmigrantes que viven bajo techos inestables.

«Los chatarreros no paran de venir. Se han llevado hasta las vigas. Si el Ayuntamiento no derriba esto un día se caerá la nave y matará a los que la ocupan», advierte Sandra, vecina del barrio. Uno de los habitantes del antiguo matadero es Nabil, un argelino que se instaló hace dos semanas. «Vivir aquí da miedo. Temo que se caiga, pero no tengo donde ir», acepta impotente. «Vienen de día y lo arrancan todo», explica.

Ese «todo» al que se refiere son vigas, cableado, fragmentos de uralita, todo tipo de metales, conducciones, revestimientos y pesadas verjas de varios metros, entre otros objetos. La nave ha quedado destartalada. Es un monumento a la desesperación.

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