El presidente y el capitán

El Mundo, LOS TACOS POR DELANTE david gistau, 24-06-2010

La historia es conocida. La contaron un magnífico ensayo de John Carlin, El factor humano, y una desganada película de Clint Eastwood, Invictus, salvada en gran parte por la interpretación de Morgan Freeman como Nelson Mandela. La cuestión es que hoy se cumplen 15 años desde la celebración de aquella final del Mundial de rugby ganada por los Springboks que, de alguna manera, selló el proceso de reconciliación racial. Y cerró también una transición, empezada en 1989 con la liberación de ‘Madiba’, que colapsó el sistema segregacionista del apartheid. Según Carlin, un fenómeno comparable al de la caída del Muro. Si el rugby siempre fue el deporte afrikaaner, y los Springboks encarnaban la más juvenil y vigorosa emanación de la Sudáfrica odiada y padecida por los negros, la imagen de un presidente negro vistiendo la camiseta verde y coreado en el estadio por un público bóer mientras entregaba la copa al capitán François Pienaar, en efecto contuvo un significado fundacional.

Aunque Marx se refería sólo a las tragedias en su célebre axioma, en cierta medida este Mundial está contemplando, alrededor de los Bafana Bafana, una repetición como farsa, o al menos como simulacro, del acontecimiento histórico que reclamó la participación de los Springboks. El actual presidente, Jacob Zuma, trató de emular, para inyectar pasión y estímulo al equipo de fútbol, una necesidad vertebradora en realidad gratuita para una nación que ya quedó unida hace 15 años. A los Bafana no les quedó otro propósito que el deportivo, en el que fracasaron sin ensuciar por ello el romance con su comprensiva afición. Evocando la magia, se llegó a reclamar en la cancha a Nelson Mandela, como si la sola presencia de ‘Madiba’ pudiera volver a inspirar una modificación del destino. Pero Mandela está recluido, en parte por la muerte en accidente de tráfico de su bisnieta Zenani, que salía del concierto inaugural en Soweto. Pero también porque la edad le mantiene ya postrado en un aroma terminal. En ningún caso estaba el mito, ni para arengar a jugadores, ni para sostener el porvenir nacional que tanto debe a su carisma y a su inmensa capacidad política. El Mundial, desmochado de ese personalismo, está transcurriendo sin Mandela. Y ello es significativo. Porque éste no iba a ser el Mundial de la reconciliación interior, ya cuajada. Iba a ser el de la proyección exterior, el de la consagración de una nación que se idealiza moderna, homologable con las de Occidente, y que además aspira a ser un modelo de convivencia y un motor para África. Lo que nadie imaginó es que también acabaría siendo el trance histórico en el que Sudáfrica ensayaría la ausencia definitiva de Nelson Mandela.

Muchos se preguntan cuánto de lo logrado está lo bastante asentado como para perdurar sin sacudidas después de la pérdida de semejante figura tutelar. En esto, el Mundial es importante, porque liga a Sudáfrica con naciones que están más allá de su entorno en el que el Zimbabue de Mugabe da ejemplo de lo que no se debe hacer mediante unos lazos que hacen casi imposible una regresión revanchista. Pero aun así… Este cronista estuvo hace apenas unos días en Polokwane, un reducto bóer salpicado de granjas y de campos de rugby, que hasta no hace mucho se llamaba Pietersburg.

Hay en los afrikaaners de Polokwane un aire de desubicación en el tiempo, semejante al del Sur de Faulkner, que sin embargo ellos aceptan de buen grado porque Mandela les hizo cómplices de una reinvención honorable que no les regurgitó. Hablé con uno de ellos, de los de pick-up y camisa caqui: «Aceptamos muchas cosas porque eran justas. Y ahora seguimos aceptando, por ejemplo, que nos cambien el nombre de la ciudad o el de las calles. Pero en algún momento ellos deberán dejar de cambiar cosas y dar Sudáfrica por terminada, porque, en cada cambio, perdemos algo». Absolutamente frío ante el Mundial, pues el fútbol no es su deporte ni percibe el vibrante ambiente político de los noventa, este bóer decía esto en una conversación sobre la no tan lejana ya muerte de Mandela, pues teme que entonces se desaten esas mismas fuerzas redentoras sobre las cuales Mandela quitó el miedo a los afrikaaners: «Quién sabe qué pasará sin Él. Tal vez quieran echarme de mi tierra. Deberán hacerlo metiéndome primero en una caja». Que el Mundial ayude a que este lenguaje de otro tiempo siga siendo anacrónico cuando de aquí se hayan ido los futbolistas y quienes les siguen.

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