Las dos muertes del bebé José

Su primer hijo murió en 2003 por una meningitis no detectada. Al segundo le pasó lo mismo en 2005. La Sanidad andaluza les ofrece 60.000 euros para que no denuncien

El Mundo, , 15-06-2010

Pasó una vez y parecía que no cabía más dolor. Pasó que Carmen fue en 2003 al hospital con el bebé encendido en ascuas de fiebre y el vómito fácil, que fue mandada de vuelta a casa y que, cuando quisieron darse cuenta de que no era una bronquitis sino algo más grave, el crío se les moría por un error.

Pasó otra vez y fue el fin del mundo. Pasó que Carmen fue en 2005 al hospital con su segundo bebé encendido en ascuas de fiebre y el vómito fácil, que fue mandada de vuelta a casa, que todo eso lo había vivido ya, y que los biberones se fueron quedando helados como la primera vez.

-Oiga, que el otro hijo se me murió de menin…

-Ya sabemos lo que pasó con su primer hijo, mujer, pero una desgracia así no ocurre más que una vez.

Al cabo de unas semanas de ingreso, le pusieron la mano en el hombro con dulzura y sonó un bueno, verá. Luego vino un grito inabarcable de madre enloqueciendo.

Nos cuentan todo lo que sucedió los padres de cristal en su vivienda de saldo, ubicada en un pueblo que se llama Peligros. Carmen Heredia y Álvaro Muñoz le han dicho al abogado que no quieren los 60.000 euros, que ese dinero sería como matarlos, como no reconocer que se confundieron, que cómo iban a valer eso el José María y el José Alejandro.

El José María… «Llevaba tres días malo el José María, me dijeron que tenía un trancazo y gastroenteritis. Nos mandaron a casa y volví al día siguiente. Me puse tan pesada que lo ingresaron. Iba inconsciente al final el chico, ni lloraba ya… Cuando me dijeron que se había muerto, fui a tirarme por el hueco de la escalera».

Aquello fue en el Hospital Materno Infantil. El informe médico señaló que la intervención se realizó tarde, que no hubo tratamiento adecuado y que la inmunodeficiencia genética del pequeño fue determinante.

El José Alejandro… «Cuando lo del José Alejandro tenía mucho miedo por lo que había pasado dos años antes. Lo tuvimos aconsejado por la psiquiatra, que nos dijo que eso nos haría olvidar la muerte del primero… Era igual que su hermano. Mi marido creía que se había reencarnado».

Aquello otro fue en el Hospital de San Cecilio, donde mandaron a casa al pequeño con un jarabe y lavados nasales a pesar de los antecedentes del hermano. «Mujer, pero una desgracia así no ocurre más que una vez en la vida». El propio informe pericial del Servicio Andaluz de Salud (SAS) reconoció que no se realizó el preceptivo análisis de sangre, «lo que hubiera orientado de la infección bacteriana».

José Alejandro fue un muerto conectado 10 días a una máquina, el cordón umbilical era un enchufe y la madre se cuidaba de que nadie tirase de él. «Pasé días sin comer, llorando, tirada en la puerta de la UCI». Cuando Carmen abortó allí del tercero, hubo familia que se quitó el bozal y les decía: «Os lo habéis buscado, por tener otro hijo».

Así que los 60.000 euros son poco para tanto barro. O nada. La resolución del SAS, de 22 de marzo de 2010, admite la negligencia sólo en la segunda muerte y ofrece la indemnización para cerrar un libro que mancha. La familia interpondrá un recurso ante el Tribunal Superior de Justicia andaluz. Porque José María no es menos que José Alejandro.

«En 20 años he llevado más de 1.500 denuncias por negligencias. Jamás vi un caso así. Una misma negligencia repetida en dos bebés de una misma pareja», dice José M. Castillo-Calvín, abogado de la familia y colaborador de la Asociación Defensor del Paciente. «Ambos fallecimientos son calcados, es canallesco que reconozcan un fallo en uno y en el otro no. Esta familia es pobre. Imagina cómo les vendría el dinero. Pues bien, no les parece justo».

A Álvaro le quedó esta depresión y a Carmen, las alboradas de insomne. Cuando la vida remontó algo y hubo futuro otra vez en forma de vientre hinchado, fueron desahuciados de la casa. Ella estaba embarazada de seis meses. Así que se fueron a vivir a una caravana sin luz ubicada en la carretera vieja de Málaga. Había días en que la puerta no podía abrirse a causa de la nieve. Se calentaban abrazándose. Comían pan duro. Bebían agua.

«Los gitanos no gustamos mucho en los hospitales, nos damos cuenta de eso, piensan que exageramos cuando vamos, que somos unos pesados. Algo de eso nos pasó, sí, algo de eso».

Carmen y Álvaro tienen hoy todas las imágenes de los dos niños en un álbum que no abren nunca, apenas hoy. Para que veamos. Lo «guapo» que estaba uno de marinero, lo «hermoso» que lucía el otro con su disfraz de fresa.

A Carmen y Álvaro, el paro los tiene sentados en la puerta, como esperando no se sabe qué. Se les quedaron los marcos de la pared vacíos de fotos. Para qué poner nada, si luego nada hay.

Si la familia Muñoz Heredia se sostiene erguida, es por esa cría de cuatro años que se llama Alba y que cuando baila levanta las cortinas al viento y arde la luz en casa como un mazapán de oro.

Está José Alejandro en la sonrisa de Alba y en el vecino que juega con la pelota. Están los pasos nunca dados de José María en esos zapatitos de chicote envueltos en un paño. Y ojalá esos cristales rotos del suelo fueran de un balonazo de Zipi y Zape y no desgana.

Ha ido cuatro veces Carmen con el marmolista al cementerio de Peligros, para intentar poner la inscripción con el nombre de los dos hijos muertos. Las cuatro veces ha vuelto sin ponerla.

«Voy en coche con el señor. Le voy indicando. Cuando vamos llegando al nicho, no puedo. Le indico mal aposta. Hago como que me pierdo. Créame usted, ya no puedo sufrir más».

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