LA TERRAZA
El Mundial
La Vanguardia, , 13-06-2010JOAN DE SAGARRA
Tengo dudas de que Sudáfrica se merezca un Mundial, como las tenía con los Juegos Olímpicos de Pekín
Tras ganar el Mundial de rugby, blancos y negros se abrazaron: fue el milagro de Nelson Mandela
Arrancó el Mundial de Sudáfrica, el mayor espectáculo del mundo. Vi por la tele la ceremonia inaugural, un espectáculo impresionante lleno de colorido – no en vano transcurría en la “nación arco iris”-,tanto en el campo como en las gradas. Apenas se oían a los cantantes enmudecidos por el ruido ensordecedor de las vuvuzelas, esas trompetas de plástico. Y cómo se mueve esa gente. Y qué guapas que son las sudafricanas. Vamos a ver lo que hace la roja – yo apuesto por ella-y los demás favoritos: los británicos, los brasileños, los argentinos (menuda presión debe de estar sufriendo nuestro querido Messi)…
Veo el Mundial de Sudáfrica y cruzo los dedos. Cruzo los dedos para que no pase nada desagradable. Ynome refiero a los inevitables atracos – que ya han empezado-,sino a algo más grave, a que haya un baño de sangre. ¿Se merecía Sudáfrica ser la sede de este Mundial? Tengo serias dudas, como las tenía cuando los Juegos Olímpicos de Pekín. Es evidente que un día u otro tenía que tocarle al continente africano organizar un Mundial de fútbol, entrar de una puñetera vez en el mundo globalizado del deporte, o en el mundo a secas. ¿Pero Sudáfrica? Estoy convencido de que sin la gestión personal de Mandela la balanza de la FIFA se hubiera inclinado a favor de Marruecos. Pero quién es el guapo que se atreve a decir noa Nelson Mandela.
El anciano presidente – el 18 de julio cumplirá 92 años-,el creador de la nueva Sudáfrica, no pudo estar presente en el acto de inauguración del Mundial: la muerte de una biznieta, una niña de 13 años, en accidente automovilístico el día anterior a la inauguración, le impidió asistir. Mal presagio que hizo aumentar mis serias dudas – ojalá me equivoque-de que pueda ocurrir algo gordo durante la celebración del Mundial. Total, que el mundo entero se quedó sin ver la amable sonrisa del anciano Mandela, la imagen más esperada de este Mundial, tanto o más que la de la copa en las manos del capitán del equipo vencedor.
Después del reciente éxito cosechado por la película Invictus,parece obligado establecer una comparación entre la Sudáfrica de 1995 y la Sudáfrica de hoy. Volvamos, pues, si les parece, a la Sudáfrica de 1995 y más concretamente a la de la tarde del 24 de junio, en el Ellis Park de Johannesburgo, en la que los Springsboks se enfrentaban al temible – y favorito-equipo de Nueva Zelanda en la final del Mundial de rugby. Como es sabido, el rugby era el deporte favorito de la minoría blanca sudafricana, de los afrikáners del apartheid. Razón por la cual el rugby era un deporte despreciado por la inmensa mayoría de los negros sudafricanos (cuando los carceleros de los penales iban a torturar a los presos negros, les decían: “Vamos a jugar un poquito al rugby con vosotros”), que preferían el fútbol.
Pues bien, Mandela, como vimos en la película de Clint Eastwood, se las ingenió para darle la vuelta a la situación. Utilizó el rugby para unir a blancos y a negros. Vimos a un Mandela luciendo la camiseta de los Springsboks (el número 6, el del capitán François Pienaar, de una familia descendiente de hugonotes franceses), y vimos a los afrikáners cantar en el estadio el shosholoza,el canto de liberación de los mineros negros. Ganaron los Sprinboks, por los pelos, en la prórroga (el partido era lo peor de la película, no parecía que jugasen a rugby). Y tras la victoria del equipo sudafricano, la gente, blancos y negros, se lanzaron a la calle. Y casi se abrazan, o sin el casi. Fue un milagro. El milagro de Nelson Mandela.
Quince años después, aquella nación unida por el milagro del rugby, el milagro del presidente Nelson Mandela, se basa en un nacionalismo negro hegemónico y fanático; una hegemonía que transforma la cultura de acceso a la igualdad – la aspiración de Mandela-en un capitalismo de Estado – un Estado que se identifica con el ANC, el partido en el poder (en ocho de las nueve provincias del país)-y que se arropa en lo que ellos llaman “la revolución democrática nacional”, una revolución convencida de reinar “hasta el regreso de Jesús”, como vaticina el actual presidente, Jacob Zuma (Zuma is like Jesús,podía leerse en una pancarta durante la campaña presidencial de abril del 2009), ese payaso mujeriego con cuyas cuitas nos entretenía Xavier Aldekoa en La Vanguardia del jueves. Un personaje que sólo mira por sus propios intereses, como la inmensa mayoría de gerifaltes del African National Congress.
En el mes de agosto del 2006 les hablaba en mi Terraza de un amigo sudafricano, el poeta Breyten Breytenbach, el mayor poeta de su generación (1939), en lengua afrikáans, que pasaba unos días en Espot (Pallars Sobirà) con nosotros. Breyten fue compañero de Mandela y cumplió una condena de nueve años en una cárcel sudafricana por violar la Inmorality Act,que prohibía a los afrikáners toda relación sexual con una mujer que no fuera de raza blanca (Breyten estaba y está casado con Yolande, una belleza exótica, vietnamita). En aquel verano hablamos con Breyten de Sudáfrica. Su opinión sobre el “sueño” de su amigo Mandela, sobre cómo había evolucionado aquel sueño, era bastante crítica. Hace un par de semanas leí en el Nouvel Observateur un largo artículo suyo sobre la Sudáfrica actual con un título que ya lo dice todo: Afrique du Sud: le rêveévanoui.Breyten no cree que el Mundial vaya a resolver nada. Habla de un país corrupto, con un gran índice de pobreza, y en el que si eres blanco y el país no te gusta – porque te atracan, violan a tu hija o te asesinan a un pariente-lo mejor que puedes hacer (como decía un tal Nqakula, ministro del Interior) es abandonarlo cuanto antes.
Bueno, esperemos que gane la roja.
(Puede haber caducado)