Miedo y pasión en 'Joburg'

El Mundo, LOS TACOS POR DELANTE DAVID GISTAU, 11-06-2010

Hace apenas unas horas, en la cola de embarque del avión de British rumbo a Johanesburgo o Joburg, como llaman a esta ciudad quienes le tienen confianza, varios periodistas españoles hablaban a través del móvil. Agitados por las noticias de robos con fuerza y de intrusos allanando habitaciones, uno llegó a decir: «Vamos al matadero. Alguno no ha logrado salir del aeropuerto con la cartera en el bolsillo». Se palpaba, en suma, una tensión expectante propia de los corresponsales de guerra, pero no de los periodistas deportivos, que rara vez quedan expuestos, en sus expediciones, a bocados de realidad que les distraigan de la dimensión lúdica del fútbol. Los grandes campeonatos suelen disputarse intramuros del mundo bajo control, el de los metros puntuales y las cenitas después del partido en una terraza junto a una catedral. No es frecuente que el fútbol obligue a un viaje al corazón de las tinieblas, por evocar la mirada metropolitana de Conrad. Y, aunque aún sea pronto para valorarlo, habrá que observar de qué modo afectarán la distancia y la incertidumbre al ambiente y al desplazamiento de las hinchadas, que discurrirán en cápsulas blindadas. Habrá que observar, cuando empiece a rodar la bola, si emerge el fútbol para cargar con el peso de los titulares.

Para comprender por qué el Mundial ha terminado en Sudáfrica hay que atender al propósito político. No ya al afán evangelizador de la FIFA de abrir frontera en África. Sino al intento de seguir ayudando a una nación que, desde el discurso de la liberación de Nelson Mandela en Cape Town, no ha hecho sino evolucionar a base de aprobar desafíos que parecían imposibles. En este sentido, el Mundial es otra oportunidad, y ello explica la pasión y la entrega de los sudafricanos, esa euforia por la ocasión de seguir imprimiendo huellas en la Luna, continuando las que dejó Mandela, mientras les mira el planeta entero. Si el Mundial de rugby de 1995 fue el de la reconciliación racial y los cimientos de un país reinventado e indultado de la aureola criminal del apartheid, el de fútbol de 2010 ha de ser el de la homologación con Occidente, sin perder por ello la hondísima esencia africana. Y este propósito es tan importante, a pesar de la precariedad en la seguridad, que los sudafricanos han sido capaces de perdonarse a sí mismos contrastes tan groseros como el que plantean los guetos de Joburg, con su infinidad de idénticas chabolas con la forma de una caja de zapatos, y el fastuoso estadio Soccer City, donde Sudáfrica y México jugarán hoy el partido inaugural, que tiene una sofisticadísima estructura de ovni posado cuyos ventanucos de colores estuvieran a punto de tañer la melodía de Encuentros en la tercera fase. El estadio y su entorno, constantemente patrullado, es una suerte de show de Truman estanco que no prolonga a la ciudad que lo alberga. Sino que, si acaso, esboza una versión idealizada de lo que Sudáfrica pretende llegar a ser con el Mundial como catalizador del siguiente salto histórico. Y de todos los demás equipos, hinchas y periodistas con seguro de corresponsal de guerra se espera que sean cómplices de ese anhelo, por más que no se les haya consultado y que tengan que acostumbrarse, durante un mes de Mundial, a caminar con aves fatales volando en círculo sobre sus cabezas. Y a adaptarse a las complicaciones de circular por una ciudad como Johanesburgo, cruzada de razas que admiten hasta el burka, atravesada por autopistas y colapsada por un perpetuo atasco tan espeso como el que inspiró a Cortázar Autopista del Sur. Al viajero le compensan la calidísima amabilidad sudafricana y el empeño con que los voluntarios, vestidos de verde y amarillo como los Bafana Bafana, se emplean en resolverlo todo a pesar de la constante inminencia del caos. Su actitud es casi una súplica de adhesión al sueño colectivo: ansían darse a conocer en la mejor versión de sí mismos.

Una de las diferencias con aquel Mundial de rugby es que, esta vez, la población negra no ha de superar la aversión que le inspiraban los springboks, encarnación afrikaaner. Al fútbol llegan de un modo natural, pues es el deporte que se jugaba, con los pies descalzos, en Soweto. El paseo en autobús de la selección sudafricana produjo tal pellizco de locura, que su entrenador, Parreira, intentó en la rueda de prensa de ayer desactivar un tanto las expectativas para liberar de presión a sus jugadores. Como entonces, también ahora surge la inmensa figura tutelar de Nelson Mandela, que estará hoy en el Soccer City. Y que, de igual forma que inspira a los sudafricanos, obra sobre el rival un efecto casi intimidatorio. En ese sentido, el seleccionador mexicano Javier Aguirre confesó tal devoción por Mandela, que podría llegar a contagiar a sus aguerridos futbolistas una cierta resignación ante el torbellino histórico. Una cosa es jugar un partido ante un ambiente espléndido y hostil «un infierno» como el que ha prometido Parreira, y agriar por añadidura al equipo anfitrión a las primeras de cambio. Otra bien distinta es sostenerle la mirada a un mito: de Aguirre se habría dicho que ya tenía, por anticipado, una cierta mala conciencia por la posibilidad de enturbiar con una victoria mexicana ese pálpito colectivo que en Sudáfrica todavía orbita alrededor de Mandela.

El ex presidente sudafricano Nelson Mandela recibió ayer al internacional portugués Cristiano Ronaldo y al seleccionador luso, Carlos Queiroz, en su residencia de Johanesburgo. Ambos aceptaron la invitación del premio Nobel de la Paz, de 91 años, y fueron acompañados por el presidente de la Federación de Fútbol de Portugal (FPF) Carlos Godinho.

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