>MUNDIAL DE SUDÁFRICA / El contexto

Guerra abierta al inmigrante

La violencia xenófoba amenaza con dispararse en los barrios más míseros en cuanto acabe el campeonato

El Mundo, JAVIER BRANDOLI / Ciudad del Cabo Especial para EL MUNDO, 10-06-2010

La amenaza ha corrido de boca en
boca hasta llegar al mismo Parlamento
sudafricano. «Tras el Mundial
habrá una caza de extranjeros
». No es una guerra de negros
contra blancos; es, en este caso,
una guerra de negros contra negros.
Si se prefiere, es una batalla
entre pobres y más pobres. El Gobierno
ha decidido crear una comisión
interministerial para parar la
posible explosión de violencia racial
que se ha anunciado en un solo
mes en los barrios más míseros
de Sudáfrica.
«Yo no puedo parar en las paradas
de taxi de la ciudad ni vuelvo a
ir a Khayelitsha [el mayor gueto de
negros y mestizos de Ciudad del
Cabo] aunque me ofrezcan pagarme
10 veces el coste del servicio.
Tuve que mudarme de allí e irme
con mi familia a un barrio mixto.
El alquiler es mucho más caro, pero
al menos vivo tranquilo», explica
Fred, un taxista congoleño de
51 años que se vino hace 11 años a
vivir a Sudáfrica. «Hay mucho racismo
contra los extranjeros. Aquí
son racistas los negros, los mestizos
y los blancos», dice.
Fred ha oído la amenaza de que
tras la Copa del Mundo habrá una
caza de extranjeros. «Estamos
muy preocupados», asegura. Sobre
todo porque conoce casos de agresiones.
«Mi hermano tiene una relación
con una sudafricana. Fue
agredido y tuvo que cambiarse de
barrio. A mí, a veces, me amenazan
compañeros y me dicen que
me vuelva a mi país, que les quito
el trabajo», declara. Pero Fred no
contempla esa posibilidad: «No
puedo. Mis hijos nacieron aquí, no
saben francés. Mi mujer ha abierto
una peluquería con mucho esfuerzo.
Hay días que trabajo tres
días seguidos y duermo en el taxi
para poder ganar algo de dinero».
Fred paga 350 rands al día (35
euros) por el alquiler del vehículo.
Cuando llegó, trabajó en la construcción
del ferrocarril. Por su experiencia
previa en el Congo, llegó
a ser un capataz, hasta que un día
su jefe le dijo: «Tienes que irte. Tus
compañeros no quieren trabajar
contigo».
Douglas, un joven de 23 años,
explica una situación parecida. Se
vino desde Zimbabue, junto a su
hermano, y comenzó trabajando en
las cocinas de un lujoso restaurante
de Ciudad del Cabo. Pronto lo
ascendieron y dejó de limpiar para
atender las mesas. «No fue fácil,
muchos compañeros hablan en
khosa [idioma muy extendido entre
los negros en esta parte del país].
Me daban las órdenes en ese
idioma para fastidiarme», recuerda.
A la pregunta sobre si hay racismo
contra los extranjeros, responde directo:
«Lo hay entre los negros. Los
blancos te tratan bien, saben que
no les vas a quitar a ellos ningún
trabajo. Yo me tuve que ir a vivir a
un barrio mixto [blancos y mestizos]
para sentirme seguro. Él también
ha oído la amenaza de que habrá
ataques tras el Mundial para
echarlos del país: «La amenaza
aquí es constante. Los extranjeros
trabajamos mejor. No tenemos dinero
ni, a veces, papeles, y no podemos
permitirnos hacer mal nuestro
trabajo. Ellos piensan que les
quitamos su dinero».
Los ataques raciales en Johanesburgo,
por ejemplo, se han cobrado
decenas de vidas y el abandono,
obligado, de casas y enseres por
parte de los asustados extranjeros
que emigraban hacia zonas más
tranquilas. Las protestas sobre los
«robos de empleo» –por los bajos
salarios que cobran los extranjeros–
y por el reparto de servicios sociales
son una constante en las zonasmás
deprimidas del país.
El pasado lunes, un grupo de
eminentes líderes sudafricanos
anunció que «la xenofobia podría
entrar en erupción tras el Mundial
». El portavoz del Gobierno,
Themba Maseko, explicó que varios
ministerios trabajarán conjuntamente
para solucionar el tema y
advirtió: «No se tolerarán ataques durante el Mundial que puedan
avergonzarnos, cuando tenemos
los ojos de todo el mundo sobre
nuestras cabezas». Pero, ¿qué pasará
cuando esos ojos se hayan
marchado?
Una de las personas que más
abiertamente se ha enfrentado a
esta lucha fratricida entre el hambre
es el obispo metodista Paul Verryn.
Un destacado activista en pro
de los derechos humanos al que no
le tiembla la voz: luchó contra el
racista régimen del apartheid y puso
contra las cuerdas, en plena democracia,
a la mismísima Winnie
Mandela, en un juicio en el que se
la acusaba de haber ordenado la
muerte de un joven de 14 años,
Stompie Moeketsi, al que su «policía
personal» –que limpiaba «negros
impuros»– sacó de la misión
del sacerdote para asesinarlo.
Ahora, Verryn se ha convertido en
la esperanza de miles de zimbabuenses
que huyen del aterrador régimen
de Robert Mugabe y han cruzado la
frontera para instalarse en la ¿calmada?
Sudáfrica. Sin embargo, su
labor ha chocado frontalmente con
la realidad política y social sudafricana.
El obispo tiene cada día que superar
obstáculos y se ha vuelto a ver
en la encrucijada de luchar, como en
los tiempos del apartheid, contra el
poder establecido y contra una sociedad
que rechaza violentamente la
llegada de inmigrantes. En enero, la
policía se presentó en la misión y comenzó
a golpear a los refugiados
zimbabuenses. Los agentes sostienen
que escondían armas y drogas.
«Ahora son los zimbabuenses,
luego serán otros pobres y luego
tendremos un problema muy importante
», ha repetido en varias
ocasiones Verryn. Una advertencia
que recuerda a los famosos versos
de Bertolt Brecht.