El burka y la corbata

La Vanguardia, , 08-06-2010

Toni Coromina

Para parecer ciudadanos honrados, hay personas corruptas que se camuflan con una honorable corbata
No hace falta leer el resultado de las encuestas para descubrir los problemas que más intranquilizan a los españoles. Basta con salir a la calle y asimilar las preocupaciones de la ciudadanía. Entre los temas que encabezan el catálogo de inquietudes figuran el paro, el calvario de llegar a fin de mes, pagar los créditos y las hipotecas, las bajas pensiones, la corrupción, los flujos migratorios, la educación o el desencanto de la política, entre otros. En este contexto, resulta empalagoso, aunque lícito, el debate (a menudo interesado y electoralista) generado en torno al burka, una prenda ciertamente cuestionable, pero que que en todo caso no merece figurar en los primeros lugares del ranking de problemas que desasosiegan a la gente.

En Vic nunca he visto a ninguna mujer oculta debajo del burka, aunque su uso en otras partes no me agrada en absoluto, por discriminatorio y rematadamente feo. Pero si el dilema se halla en la ocultación de la cara en aquellos casos en los que la identificación personal es estrictamente necesaria, la cosa tiene fácil arreglo: establecer mediante una ley específica la obligatoriedad de no esconder el rostro con cualquier prenda, sin necesidad de citar el pasamontañas, el burka, el casco integral, la barretina de Jimmy Jump, la barba postiza, el peluquín, el tapabocas, la sábana fantasmal o lo que sea.

Puede ocurrir que algunas mujeres se vean tristemente obligadas a taparse la cara por la imposición arbitraria del marido o que se la cubran por decisión propia. Pero también es cierto que hay algunas prendas de uso cotidiano que pueden tener una clara connotación servil. Me refiero a la corbata, un complemento indispensable para encontrar trabajo y aparentar buena presencia. O para salir del agujero de la crisis. Sin ir más lejos, hace una semana, en estas mismas páginas, Daniel Arasa se sorprendía por la presencia de mendigos encorbatados en la calle, unas personas que hace tan sólo dos años disfrutaban de un empleo estable y vivían dignamente.

Para parecer ciudadanos honrados, existen personas corruptas que se camuflan debajo de un elegante traje (obsequiado por empresas adictas al cohecho) y una honorable corbata. Lo cierto es que hay individuos estupendos que llevan una espléndida corbata porque quieren y otros que la usan obligatoriamente. Pero sería absurdo prohibirla.

Ya sé que comparar el burka con la corbata es una exageración; pero, mientras tanto, ¿qué hacemos con el burka ideológico, el corpiño mental consistente en esconder la discriminación laboral de la mujer, el racismo de género, la injusticia, la tiranía, la explotación en todos sus variantes, la fabricación de armas en países democráticos (que luego se venden a los señores de la guerra para que exterminen a los parias), y una larga retahíla de oprobios capitales?

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