Sin margen

ABC, FRANCISCO ESTUPIÑÁN, 09-05-2010

Cuando cruzas la calle, reconoces al muchacho negro de más de dos metros de altura que entrevistaron en las noticias del mediodía. Llegó en patera hace unos años desde el continente africano y, después de jugar al baloncesto en un equipo local, lo contratan en la NBA.

Ha conseguido hacer realidad el sueño que lo llevó a arriesgar la vida en mar abierto y, en poco tiempo, ha saldado las cuentas con la mafia que lo trajo hasta esta orilla.

Sus padres, allá en la aldea, muestran a sus vecinos, henchidos de orgullo, los teléfonos móviles que les regaló en su última visita.

Entras, por fin, en la tienda de los chinos. Es tarde, pero ellos no cierran hasta que la luna está bien alta. Compras por un euro la válvula que necesitas para la lavadora, que cobra una joven con cara de cansancio.

Te da por pensar que lleva todo el día detrás del mostrador, aunque ella, que apenas sabe hablar tu idioma, te atiende con una sonrisa maquinal mientras te envuelve el producto, un tubo plástico que, de seguro, no paga ni marca ni patente ni royalties ni nada, fabricado en una industria remota por otros chinos, menos afortunados que esta chica.

Cuando llegas a casa, la mucama peruana te dice que tu hermana espera que la llames y se despide hasta el día siguiente.

Sabes el porqué de la premura, pues la radio ha informado hace rato que un marroquí asesinó brutalmente a una adolescente brasileña en su pequeño pueblo costero, donde, hasta hace unos años, las puertas de las viviendas no se trancaban sino de noche.

Ahora permanecen cerradas siempre. Las formas de vida han cambiado desde que el pago de pescadores está cercado por la mejor zona turística.

Tras apaciguar las quejas nerviosas de tu familiar, enciendes la televisión y te recuestas en tu sillón favorito. Pero suena el teléfono y te preguntas, de mal humor, quién será a esas horas.

Reconoces de inmediato un acento fingido que te quiere persuadir de que su compañía ofrece la mejor conexión a internet.

Tú le respondes reiteradamente que no, que te basta con la que ya tienes. La voz desconocida, en un último intento por convencerte, desvela su deje subrepticio: «No podés vivir al margen de la globalización, ¿oíste?» Y ríes al escuchar el oxímoron imposible.

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