Lo bueno dura más de cien años

Las Provincias, ANTONIO LUIS GALIANO |, 07-05-2010

Siempre hemos oído decir que «no hay mal que cien años dure». Por eso, aquello que perdura más de una centuria, por extensión, debe ser bueno o aceptable, máxime si es algo que no molesta intencionadamente y no se realiza por herir la sensibilidad de los demás.

Hace más de cien años; hace más de seiscientos que el maestro Vicente Ferrer, reclamado por el consejo oriolano, vino por esta tierra y propició que en lo alto de la Muela se entronizara una Cruz. Hace más de trescientos cincuenta y un año, documentalmente, que los justicias y jurados de la ciudad de Orihuela remuneraban al clavario de los capuchinos por subir a «los altos y montañas de la Muela» a bendecir los términos y a colocar corporales, palma bendita y cera «en las cruces que en ella había», para ahuyentar las tempestades. Hace más de trescientos cuarenta y siete años que el Cabildo Civil encomendaba al presbítero Gaspar Alemán el mismo cometido. Hace casi doscientos noventa y cinco años que se abonaba a Gregorio Oliva, capellán de la Ciudad, doce libras, once sueldos y seis dineros por la construcción de una Cruz de la Muela. Hace doscientos cincuenta y doscientos veinticinco años que la Cruz de la Muela aparece dibujada en lo grabados de Alagarda y de Palomino, respectivamente, así como más de doscientos veinte años que el historiador Montesinos llenó de cruces de la Muela los dibujos en los tomos de su ‘Compendio Histórico Oriolano’. Hace siglos que para poetas, novelistas, pintores, grabadores, fotógrafos y músicos, la Cruz de la Muela ha sido fuente de inspiración y, por tanto, fuente de cultura popular.

Así podríamos continuar haciendo referencias centenarias a un elemento que siempre ha sido un hito, como tal cruz de término, que de inmemorial ha formado parte del paisaje de Orihuela y de la Vega Baja, que ha sido un punto de encuentro de colectivos deportistas, senderistas y excursionistas, que es referencia topográfica, que ha sido y es un signo de identidad, que es algo consustancial con los oriolanos, no sólo por la interpretación esotérica que pudiera tener, bajo la interpretación espiritual personal, sino también, en su interpretación exotérica relacionada única y exclusivamente como un elemento más del paisaje.

En referencia al primero de los significados, cada uno que lo tome como quiera: no ofende a nadie, no hiere a nadie, no pretende molestar a otras creencias. Los que hemos tenido la ocasión de acceder a países en los que predomina la religión budista, si hemos querido penetrar en sus templos o monasterios, hemos tenido que descalzarnos con el riesgo, incluso, de coger hongos y otras infecciones, como en el monasterio Taung Kalat de Birmania, en el que, para llegar había que subir setecientos setenta y siete escalones llenos de excrementos y sangre de monos. Pero, si hemos querido acceder al mismo, respetuosamente hemos de dejar nuestros pies desnudos y si no, hemos tenido la opción de no subir porque podía herir nuestra sensibilidad o afectar a nuestra salud. Si en un templo budista nos han ofrecido una lámina de pan de oro para incorporarla al cuerpo de Buda, respetuosamente hemos hecho una inclinación y después con sumo respeto la hemos posado en dicho cuerpo. Pero, hemos tenido la libertad de no realizarlo, aunque siempre hemos procurado con el mayor respeto hacer lo que veíamos en ese lugar sagrado para ellos. Los que hemos tenido la fortuna de viajar a países en los que predomina la religión de Mahoma, si hemos querido acceder a una mezquita como la de Alabastro en El Cairo nos hemos descalzado a pesar de tener que posar nuestro pies en el frío suelo del lugar de las abluciones y en alfombras llenas de polvo, y si hubiéramos pensado que ello nos hería en nuestro sentimiento o podría perjudicarnos físicamente, era nuestra libertad no acceder. Si hemos querido penetrar en la mezquita de los Omeyas de Damasco, las mujeres no musulmanas debían cubrirse con túnicas usadas, previo pago por el alquiler. Incluso, en época del Ramadán hemos vivido las incomodidades que para los no musulmanes, tiene su estricto cumplimiento, durante un viaje. De habernos molestado u ofendido todo ello, no hubiéramos ido en esa época del año.

Todo lo anterior, nos demuestra que debe de primar la tolerancia y el respeto a los demás, para que así se respete lo nuestro. Por ello, este año, el día 2 de mayo se han cumplido los cien años de la construcción de la primera cruz de hierro por mi bisabuelo materno, Antonio Pérez Morell, entronizada en lo alto de La Muela el día de la Ascensión, 5 de mayo de 1910, por iniciativa de Inocencio Carretero Rebollo. Esta Cruz, no duró más de cien años, pero, sí se sumó a la presencia más que centenaria de cruces en dicho monte.

Ahora bien, fue destruida en 1936, a los tres años se repuso otra de madera y tres años después una nueva de hierro, con la colaboración municipal, que fue derribada en 1985, y sólo se tardó cinco meses en que fuera de nuevo parte de nuestro paisaje, por el empeño del Ayuntamiento. Por tanto, ni tres, ni seis años, ni cinco meses son cien años.

Más de cien años, muchos siglos ha estado la Cruz en la Muela como signo de nuestra identidad oriolana. Y de igual manera que respetamos otras creencias y costumbres, para poder acceder a un templo budista o a una mezquita y si no, nos quedamos fuera, y si nos molesta a nuestro interior una media luna cerramos los ojos. Pensamos que, al que le moleste la presencia de la Cruz de la Muela, porque pueda hacerle daño a su retina, que no la mire. Porque para nosotros, para los oriolanos y las gentes de la Vega Baja, no nos molesta verla. Muy al contrario, cuando levantamos los ojos al cielo, siempre diremos: «y arriba, en lo alto, la Cruz de la Muela».

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