Mesa de Redacción

Hiyab

Deia, Asier Diez Mon , 26-04-2010

LOS políticos casi siempre caen en el mismo error: quedarse con lo accesorio, con los fuegos artificiales, y pasar de largo por el meollo de la cuestión. Hay ocasiones en las que sortean el problema por elevación, llevan el debate hacia un escenario irreal y se enzarzan en él en una suerte de cortina de humo que oculta sus fracasos. Ocurre en el caso de la niña madrileña, de origen marroquí, que tendrá que elegir entre el velo islámico el hiyab o el instituto. Aplicando una normativa interna que prohíbe a los alumnos llevar gorra, la dirección del centro, jaleada por la siempre sospechosa Esperanza Aguirre, niega a la joven la entrada si acude al instituto con la cabeza cubierta. Obviamente el punto del reglamento esgrimido no tiene ninguna relación con la religión, ni para restringirla ni para permitir la libertad de culto, pero el clavo es demasiado suculento para que los amantes del pensamiento único y enemigos por tanto del mestizaje ideológico y social. En defensa de sus derechos como mujer y de la supuesta sumisión al hombre que conlleva el hiyad, aunque ella dice que los hace “por sumisión a Dios”, un coro de voces se alza para mejorar su vida. Sin embargo, nadie le garantiza que dentro de unos años, cuando esté casada con un marroquí o un español, no sea asesinada por un déspota marido y se convierta en otro ejemplo del sonoro fracaso de la lucha por la igualdad. En el trasfondo también está el recelo a los inmigrantes, otra ecuación sin resolver que convierte los colegios con muchos alumnos extranjeros en guetos.

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