Las influyentes amistades del coronel Sandberger
El Correo, , 25-04-2010La brillante y meteórica carrera de Martin Sandberger, primero como abogado y más tarde como fanático coronel de las SS, parecía haber llegado a su fin el 10 de abril de 1948. Ese día, el juez estadounidense Michael Musmano, en uno de los últimos juicios realizados en Nurenberg, condenó al ex oficial a morir en la horca tras ser hallado culpable de crímenes de guerra y contra la humanidad.
Pero el hombre que dirigió un comando asesino en Estonia entre 1941 y 1943 tuvo suerte. Aunque la sentencia fue ratificada dos años más tarde por el gobernador militar Lucius D. Clay, Sandberger, que había confesado durante el juicio haber ordenado el fusilamiento de más de 400 judíos, vio como la pena capital era conmutada en 1951 por una cadena perpetua.
Fue entonces cuando se puso en movimiento una extraordinaria campaña para obtener la libertad del antiguo oficial de las SS. El entonces vicepresidente del Bundestag (Parlamento alemán), el socialdemócrata Carlo Schmid, que había sido profesor de Sandberger, recordó que su brillante alumno habría sido un excelente funcionario público si el país no hubiera caído en manos del nacionalsocialismo.
«Sólo su ambición lo llevó a inscribirse en el cuerpo de guardia personal de Hitler, pero a pesar de ese aspecto negativo, hay que darle a Martin Sandberger una segunda oportunidad en la vida. Estoy convencido de que la cárcel lo ha cambiado», dijo el político cuando exigió la libertad de su ex alumno.
El apoyo final que le abrió definitivamente las puertas de la prisión en 1958 provino del entonces presidente del país, Teodor Heuss. «La gracia es uno de los aspectos más hermosos del Derecho», aseguró el líder liberal al pedir a la Justicia estadounidense que excarcelara al ex coronel de las SS.
Sandberger se convirtió en un hombre libre en enero de ese año y, desde entonces, sus huellas desaparecieron de la faz del territorio teutón y nadie volvió a mencionar su nombre. Pero no se había ocultado, ni tampoco abandonado su país como lo hicieron cientos de sus ex camaradas, que encontraron refugio en estados latinoamericanos como Argentina y Chile.
Un honorable abogado
El hombre que fue sentenciado a morir en la horca trabajaba como abogado en Stuttgart. Fue allí donde lo localizó en 1970 la Fiscalía de Stuttgart, que intentó reabrir un proceso en su contra por haber ordenado el fusilamiento de judíos, comunistas, gitanos y paracaidistas en Estonia y por la ejecución de un oficial alemán que había disparado contra una foto del Führer. Todo inútil. Su defensor, Fritz Steinacker, que también lo fue de Josef Mengele, alegó que su cliente ya había sido condenado a muerte y posteriormente indultado, una situación legal que impedía, según acuerdos entre los aliados y el Gobierno, volver a juzgarlo.
Sandberger desapareció otra vez hasta que fue encontrado por un periodista de la revista ‘Der Spiegel’ en una residencia de ancianos, también en Stuttgart. «Mientras el mundo sigue con atención el proceso contra John Demjanjuk, un importante criminal nazi vive sin ser molestado. Martin Sandberger, condenado a muerte después de la guerra por haber cometido miles de asesinatos, se libró de la horca», anotó el semanario el pasado día 3.
El reportaje revivió nuevamente en Alemania una vieja polémica que arroja una oscura sombra sobre la imagen de la Justicia. No hace mucho, una corte de Aquisgrán condenó a cadena perpetua a Heinrich Boere, un anciano de 88 años, por haber asesinado «de forma arbitraria» en Holanda a tres civiles. En Múnich aún prosigue el juicio contra Demjanjuk, un pobre diablo ucraniano que fue obligado a trabajar como guardia en el campo de exterminio nazi de Sobibor.
Pero Sandberger se escapó de la horca. ¿Justicia tuerta o falta de interés? Quizás ambas cosas. Cuando Alemania se unificó y recuperó su total soberanía, muchos acuerdos válidos en el país ocupado por las cuatro potencias vencedoras tras la guerra, se modificaron o eliminaron, como el pacto de transición firmado en 1995 y que regulaba todas las cuestiones jurídicas entre los aliados y la República Federal.
Ello hubiera hecho posible un nuevo proceso contra Sandberger, pero nadie se interesó en abrirlo, una actitud que permitió al ‘monstruo de Estonia’ vivir los últimos años de su vida en un asilo de ancianos, donde su nombre verdadero se podía leer en el buzón del correo. «¿Después de todo este tiempo siente vergüenza?», quiso saber ‘Der Spiegel’. El último gran asesino de las SS con vida respondió: «Prefiero no hablar de eso». Sandberger no alcanzó a leer el reportaje sobre su existencia y sus crímenes. El anciano murió el 30 de marzo pasado a la edad de 98 años.
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