IÑAKI IRIARTE LÓPEZ
Permitir el Yihab
Diario de Navarra, , 22-04-2010H ACE unos meses publiqué en este mismo periódico – ver Diario de Navarra, 28 – I – 2010 – un artículo titulado ¿Prohibir el burka? donde se sugería la necesidad de luchar contra esta prenda, llegando incluso, si fuera necesario, a su completa prohibición en los espacios públicos. Durante estos días se está planteando un caso a primera vista relacionado con esa cuestión, pero en realidad completamente diferente.
Una chica de dieciséis años ha decidido, en contra la opinión de sus propios padres, acudir al instituto en Pozuelo cubriendo su cabeza con un pañuelo, el yihab. La joven ha sido expulsada porque la normativa del centro impide cubrirse la cabeza con pañuelos, gorras, sombreros o lo que sea. En solidaridad, cinco compañeras suyas se han presentado en clase cubiertas de la misma guisa.
¿Qué hacer ante estos casos? Más allá de si las razones que movieron al instituto a establecer la citada norma tenían que ver o no con el propósito de prohibir la exhibición de símbolos religiosos en las aulas, ¿debería permitirse el uso del yihab o, más bien, habría que defender el derecho de cada centro escolar a establecer las normas que considere precisas para el mantenimiento del orden y la convivencia en su recinto? Todos hemos oído el caso de colegios e institutos donde se exige a los alumnos que dejen el móvil fuera, a fin de que el desarrollo de las clases no se vea constantemente interrumpido. ¿No es este caso análogo? ¿No se trata de evitar que el alumnado vaya a clase disfrazado y las aulas se conviertan en un carnaval étnico? A mi entender, no. Aunque a muchos pueda resultarles chocante, pienso que, en este caso y otros similares, el yihab debería ser escrupulosamente tolerado. Y que las normas del instituto deberían cambiarse para permitirlo. Comprendo los reparos de aquellos que ven en el yihab una especie de burka a escala reducida y que temen que el primero sea sólo una avanzadilla del segundo, de manera que una vez nos acostumbremos a él proliferen las mortajas hasta los tobillos. Sin embargo, entiendo que uno y otro son prendas muy diferentes. El yihab no oculta el rostro – algo clave en nuestra cultura – , no impide el reconocimiento de quien lo lleva. Tampoco supone una cárcel para la mujer. No proclama su inferioridad respecto al marido o el padre, ni simboliza el acatamiento de su autoridad. A diferencia del burka, el yihab no significa fanatismo, ni está ligado a una cultura y una política que niegan a la mujer el derecho a la educación, al trabajo, a la libre expresión de su personalidad, a su participación en pie de igualdad en todos los ámbitos de la sociedad. Sencillamente, es un símbolo de sumisión personal a Dios.
Vivimos en una época extraña. Los jóvenes, que paradójicamente suelen ser los más críticos con eso que a veces y de manera enigmática se llama “el sistema” y otras “el capitalismo”, muestran un adocenado seguidismo hacia los dictados de modas fugaces. Todos reconocemos a cada uno el derecho a vestir y hacer con su cuerpo lo que quiera, a constituirse en un espejo viviente de los estilos más pintorescos. “¿Vestir como si se formara parte del reparto de la Familia Adams? ¡Claro! ¡Pero si es un atuendo ideal para asistir a una recepción con altos mandatarios mundiales! ¿Imitar a los concursantes de un programa de televisión? ¡Una muestra de personalidad! ¿Llevar los pantalones por las rodillas? ¡Atuendo propio de un dandy! ¿Rastas, ha dicho? Le aconsejo que se las tiña de diferentes colores. Si no, no llamará ya la atención.”
Modas cada vez más efímeras se difunden sin que nada las frene. Se acatan con una docilidad preocupante, incluso por aquellos que han hecho de la antiglobalización una bandera – y, confesémoslo, también una moda más. Entiéndase, no sugiero ni de lejos recortar esa libertad. Lo que me contraría es la impresión de que lo único que está mal visto es la exteriorización de algún tipo de compromiso con lo trascendente, hacer visible la necesidad de un ser sagrado. Se diría que hoy se puede pregonar cualquier cosa menos la fe y que, en el fondo, lo que de verdad incomoda de una adolescente con yihab, no es que lleve la cabeza cubierta, ni que sea musulmana – aunque no dudo de que a una minoría sea esta circunstancia la que, en realidad, le moleste – , sino que insista en creer en algo superior a todo lo humano. Me pregunto si ese grado de compromiso en una joven católica produciría la misma antipatía y creo que, en lo esencial, sí. Al parecer, con dieciséis años se debería adorar a Bob Marley, a Tokio Hotel, a cualquier futbolista. Y si a alguno le da por dárselas de profundo que idolatre al Ché Guevara o a su propia tribu. Pero, ¿a Dios? Por favor, qué falta de decoro.
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