Sudáfrica revive sus fantasmas. El asesinato de Eugene TerreBlanche, líder de la extrema derecha sudafricana, cierra una etapa
El último de la tribu
La Vanguardia, , 07-04-2010Eugene TerreBlanche, líder de la extremaderecha sudafricana asesinado el pasado sábado, era el último de la tribu afrikáner. “Nosotros queremos compartir la tierra, no el gobierno. Ustedes no cederían Barcelona a los jamaicanos, los zulúes o los xhosas”, afirmó en una entrevista concedida a este corresponsal en Pretoria en julio de 1989.
En Sudáfrica comenzaba a soplar entonces un viento de cambio. El presidente Pieter W. Botha, de quien no se podía sospechar ninguna debilidad reformista, acababa de anunciar una reforma. Pero lo que preocupaba al sector más extremista del régimen del apartheid era la designación de Frederik De Klerk como líder del gubernamental Partido Nacional, la fuerza política que institucionalizó el apartheid en 1948. De Klerk fue el sucesor de Botha y el dirigente que cerró el libro del apartheid.
La entrevista con TerreBlanche, facilitada por un empresario blanco con todo tipo de contactos, se celebró en un momento difícil para el líder ultraderechista, tomado entonces a chacota por la prensa de la comunidad anglófona a causa de un lío de faldas. Para colmo, se supo que uno de los encuentros entre el supuestamente fogoso afrikáner y una periodista había terminado en una juerga que provocó diversos desperfectos en un intocable monumento afrikáner.
En su despacho del cuartel general del Movimiento de Resistencia Afrikáner, fundado en 1970, TerreBlanche se rodeó para la ocasión de lugartenientes armados. La sala estaba presidida por la bandera de la formación, una esvástica negra, blanca y roja, y las paredes no se sabe si oirían pero sí hablaban: eran un homenaje pictórico a los comandantes bóers de las guerras contra los británicos de finales del siglo XIX y principios del XX.
Buen orador y con una voz atronadora, TerreBlanche dijo a modo de introducción: “El Congreso Nacional Africano – el partido de Nelson Mandela-no es una nación, es un grupo de comunistas y asesinos”. Y lo dijo porque en Namibia, administrada ilegalmente por Sudáfrica, se había alcanzado un acuerdo para que el territorio accediera a la independencia. “Es la mayor traición de la historia; los 65.000 afrikáners que viven allí serán gobernados por comunistas”, añadió.
Las obsesiones de TerreBlanche, ex policía y descendiente de hugonotes franceses, no se limitaban a los negros. También tenía munición para la prensa liberal y los judíos. “Los periódicos publicados en inglés y liberales comenzaron hace tiempo a destruir los sentimientos de la nación afrikáner. Y los judíos nunca lucharon al lado de mi pueblo contra los británicos, sino que querían conseguir el oro del país”, afirmó.
TerreBlanche acertó al menos en una cosa. “Si el Partido Nacional gana las próximas elecciones – como ocurrió el 6 de septiembre de 1989-,entregará el país. Primero habrá un gobierno interino; después, el principio de ´un hombre, un voto´. Estoy seguro de que vamos hacia la capitulación”.
Pero, ante el entusiasmo de sus lugartenientes, añadió algo en lo que no acertó: “Estoy seguro de que la reforma de Botha conduce a Sudáfrica a una de las revoluciones más sangrientas habidas en la historia de África”.
En 1992, el presidente Frederik De Klerk anunció solemnemente en una ceremonia en los jardines del Parlamento, en Ciudad del Cabo, que el libro del apartheid se había cerrado para siempre. Mandela fue elegido presidente en 1994, en unas elecciones multirraciales. TerreBlanche, cuyo grupo asesinó a 21 africanos en la transición, dio con sus huesos en la cárcel durante tres años. Y De Klerk confesó el año pasado, junto a Mijail Gorbachov, que su partido aceptó la transición a la democracia porque el comunismo había desaparecido del mapa.
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