F.JAVIER BLÁZQUEZ RUIZ

Raza y racismo

El autor señala la necesidad de impulsar y adoptar medidas concretas, proactivas y eficaces contra toda manifestación racista

Diario de Navarra, F. JAVIER BLÁZQUEZ RUIZ ES PROFESOR TITULAR DE FILOSOFÍA DEL DERECHO EN LA UPNA, 27-03-2010

P OCOS conceptos a lo largo de la historia han suscitado tanta controversia y han generado tantos conflictos, como acontece con los de “raza” y “racismo”.
Hasta el punto de que la Unesco, tras la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, se pronunció explícitamente en los años 1950, 51, 64 y 67, a través de sucesivas declaraciones sobre la “cuestión racial”, afirmando reiteradamente que la idea de raza era un claro sinsentido, carente de cualquier fundamento y validez, tanto de carácter científico, como moral o jurídico.

De hecho, el concepto de raza es simplemente una mera abstracción. Comenzó a utilizarse como herramienta metodológica para organizar información biológica, pero está privada de cualquier valor, tal y como ha demostrado el desarrollo del conocimiento científico y en especial el avance de la investigación genética, que ha logrado evidenciar que la diversidad es lo propio de todos los seres humanos. El Proyecto Genoma Humano así lo pone igualmente de manifiesto.

Sin embargo, a pesar de que no existen razas en términos biológicos, sí existen por el contrario prejuicios, pensamiento y discurso racial, que se han erigido habitualmente en nutrientes de ideologías perversas. A partir de las cuales emerge tanto el racismo como las prácticas racistas, con sus múltiples atuendos y prácticas. Ideologías que de una u otra forma intentan legitimar, estratégicamente, mitos y principios tales como: jerarquía, superioridad, inferioridad, desigualdad, diferencia, con el fin de ejercer continuamente relaciones de poder y dominación social.

Ante lo cual, como advertía Lévi – Strauss en Raza e Historia, las diferencias naturales y la diversidad de culturas no entrañan peligro alguno para los grupos sociales. Por el contrario se erigen en signos ostensibles de pluralidad y de riqueza humana. El racismo como concepción jerárquica surge después, deliberadamente, cuando a partir del reconocimiento de la diferencia, se impone por la fuerza, de forma coactiva, la tesis de la desigualdad de esas culturas. Y a continuación se ejerce una relación de dominio y exclusión, basada en un supuesto, pero infundado, sentimiento de superioridad.

Lamentablemente, ni el discurso ni las subsiguientes actitudes racistas se han basado precisamente en el conocimiento, proximidad y respeto del otro, sino más bien en su ignorancia y discriminación. Y en realidad, queda todavía mucho camino antirracista por recorrer.

Además es preciso evitar la ilusión y optimismo que conllevan las críticas desmitificadoras. Porque no es suficiente con analizar sus errores o desvelar la confusión que presiden los argumentos y planteamientos racistas. Es necesario además impulsar y adoptar medidas concretas, proactivas y eficaces contra toda manifestación racista. Entre otros, y especialmente en el ámbito jurídico, a través de la creación y posterior aplicación rigurosa de normas sancionadoras de actitudes y comportamiento excluyentes. Normas que reciban el apoyo así como el inexcusable compromiso por parte de los diversos representantes políticos, más allá de sus planteamientos o intereses partidistas.

Pero también es fundamental incidir en la Educación, porque el racismo y la discriminación no radican ni provienen de los genes. Los prejuicios y las actitudes excluyentes no son innatos, ni tampoco se heredan biológicamente sino que se aprenden, y eso significa que son enseñados. No se pueden adquirir de otro modo. De ahí la relevancia de la escuela y del ámbito educativo, así como la necesidad de contar con formadores dispuestos y comprometidos en el proceso de desvelar y desactivar prejuicios. Con el fin de educar a ciudadanos que aprendan a convivir en plano de igualdad, a conocer al otro, a reconocerlo en su diversidad, y a respetarlo.

Sólo así podremos aspirar a construir y fraguar una sociedad abierta, tolerante, solidaria, multicultural, impregnada de valores y principios democráticos. Capaz de reconocer y respetar el derecho a la diferencia, pero integrándolo armónicamente. Y a su vez, cuando sea preciso, limitándolo o condicionándolo a la asunción de valores y principios inequívocamente democráticos. Principios y valores de carácter ético y jurídico, que permitan proteger y salvaguardar la dignidad de cada persona.

Sólo así será posible evitar que las palabras de R. Aron puedan seguir vigentes cuando afirmaba : “Los hombres son raras veces contemporáneos de su propia historia. Siguen invocando una ideología mucho tiempo después de que ésta ha sido desmentida por los acontecimientos”.

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