Vitoria habla más de cuarenta lenguas

El Correo, MARÍA REGO, 21-02-2010

Las canciones, las discusiones más acaloradas e incluso las declaraciones de amor. Todo suena diferente en función de la lengua en que se pronuncie: castellano, portugués, italiano, ruso, serbocroata, árabe, quechua, wolof, bambara, chino, urdu… y continúa la lista hasta completar las 6.000 que se calcula se hablan en todo el planeta. En Vitoria, una ciudad donde los extranjeros suponen ya el 10% – 23.906 ciudadanos a 1 de enero – de la población total, se pueden escuchar más de 40 pues «casi todas las naciones del mundo» están representadas en sus calles, apunta Luis Mendizábal, sociólogo municipal. Tres mujeres políglotas, una paraguaya, una congoleña y una mallorquina de padre chino y madre taiwanesa, afincadas en la capital alavesa relatan su experiencia a EL CORREO en el Día Internacional del Idioma Materno, que celebra hoy su décimo aniversario.

Dominga Carballo Paraguay

«Cuando me oyen hablar piensan que soy argentina»

Dicen que las mejores lecciones se enseñan fuera de la escuela y Dominga Carballo es un claro ejemplo de ello. «Nunca lo estudié, lo aprendí en la calle porque entonces los colegios no lo daban todavía como materia», explica esta paraguaya de 45 años. Se refiere al guaraní, la lengua que conservan sus compatriotas y que se ha extendido también a algunas regiones limítrofes de su país. «Mis hijas, en cambio, ya lo tuvieron como asignatura. Pero recuerdo que cuando traían dictados para hacer en casa, yo empezaba a leerlos y me decían que pronunciaba mal, me corregían», prosigue. Ella lo escribe como lo habla y eso no le impide comprenderse con sus paisanos porque, cuando se reúnen, dan rienda suelta al idioma para sentirse más cerca de su tierra, de donde salió hace más de un lustro. «Parece que estamos pocos, pero somos unos cuantos en Vitoria», asegura. En total, el colectivo latinoamericano suma en la capital alavesa unos 9.000 residentes que se comunican en aimara, quechua o maya, entre otros. Todos, además, son castellanoparlantes.

La lengua de Cervantes que maneja Dominga, sin embargo, tiene otro ritmo. Su acento no puede esconderse ni en un simple saludo pese a que contadas personas aciertan a la primera su procedencia: la mayoría «me dicen que soy argentina o incluso una vez me preguntaron si era brasileña». Esta mujer no tiene nada que ver con el país de la samba y de los carnavales aunque sí entiende el portugués. Pero tampoco «lo hablo», matiza. Eso sí, ahora se enfrenta a un nuevo reto idiomático pues no le queda más remedio que abrir bien los oídos para lidiar con el euskera que su «varón» de cuatro años ha empezado a chapurrear en la ikastola. «Se parece un poco al guaraní. Nosotros llamamos ‘taita’ al papá y vosotros le decís aita», apunta. La complejidad de la lengua paraguaya, aclara, se encuentra en que cuenta con «muchos acentos nasales» aunque «si se aprenden, luego ya no se olvidan». Su belleza, añade, en la «dulzura» que consigue que las poesías y la música «suenen muy bien».

Masengo Inamfumu Congo

«El idioma puede cambiar el sabor de una conversación»

En África, la segunda comunidad con más extranjeros en Vitoria, con casi 6.000, se escucha el lingala en muchas de sus canciones pese a que sus hablantes se hallen en el Congo, de donde es originario y donde nació Masengo Inamfumu. «Es muy sonoro y la gente lo canta aunque no sepa lo que están diciendo, lo que significa», relata esta dicharachera mujer sin problemas para traducirlo pues se trata sólo de una de las seis lenguas que aparecen en su currículum. Suahili – el más hablado en su pueblo – , kisanga – heredado de su madre – , inglés – lo estudió en la escuela – , francés – Congo fue colonia francesa – y castellano – lo aprendió al llegar al País Vasco hace casi una década – lo completan. «Y de aquí a tres años ya me manejaré con el euskera», comenta entre risas poco antes de entrar a clase. Cursa segundo en el centro cívico de Arriaga y fue una de las cuatro «supervivientes» que logró aprobar el primer año. «La única arma que tenemos para aprender una lengua es ‘chapucearla’ porque, en cuanto te corrigen, avanzas un poco más. Aquí sois muy reservados, tenéis miedo a hacer el ridículo y a equivocaros, pero hay que lanzarse», argumenta Rebecca, como la conocen algunos. «Me bautizaron así, pero en la dictadura de Mobutu quitaron todos los nombres cristianos», aclara.

Su español se convirtió en casi perfecto en tan sólo seis meses, el tiempo que trabajó como cuidadora de un pequeño vitoriano. «Sin ninguna academia», recalca. También ayudó al aprendizaje que estuviera «obligada a entenderlo y a hacerme entender». Su hija de 7 años parece que sigue su carrera, ya que a su corta edad se defiende en tres idiomas y «hasta que no empezó a ir al colegio y a relacionarse con otros niños, hablaba mejor en francés que en castellano», recuerda.

Esta experiencia confirma, a juicio de Masengo, la teoría popular de que «cuanto antes se ponga una persona a estudiarlos, mejor, porque de mayor se hace más difícil». Pero, entre tanta variedad lingüística, ¿con cuál se queda esta congoleña? «Con la que más sientes es con tu propia lengua y, además, es muy importante mantener las raíces. Según la que uses, puede cambiar tanto el sabor de una conversación…», reflexiona. Sus compañeros la esperan en clase con un ‘kaixo!’ en los labios. Y por si alguno habla suahili, prepara un ‘jambo!’ como respuesta.

Chih Hsin Mallorca

«Me he sacado el EGA y este verano me pongo con el chino»

Cuando Chih Hsin viajó con su familia a Pekín hace casi veinte años los vecinos de la capital china – en la alavesa viven unos 650 – «nos miraban como diciendo ‘vosotros no sois de aquí’ aunque nuestros rasgos eran orientales», cuenta. Sin embargo, vestían como occidentales y eso les delató. En Vitoria, donde reside, ocurre al contrario: nadie diría que es mallorquina, tal como pone en su DNI. Estas confusiones se aclaran con una explicación tan sencilla como que su padre nació en un pueblo de Shanghai, su madre en Taiwan y se conocieron en España – primero estuvieron en la isla y luego se mudaron a Euskadi – donde tuvieron a sus tres pequeñas. «Me considero más vasca que otra cosa», afirma esta licenciada en Bellas Artes. Y como prueba de ello, el pasado diciembre se sacó el título EGA y ha empezado a dar clases en un euskaltegi. «Siendo profesora es cuando realmente disfrutas de un idioma y cuando más aprendes», reconoce al mismo tiempo que admite que sus alumnos se sorprenden al conocer que ella va a ser su ‘andereño’.

«Una vez iba por la calle hablando en euskera con una amiga y de repente nos paró un hombre, un ‘euskaldun zaharra’ muy majo para preguntarme cómo es que sabía euskera». Ésta es sólo una de las anécdotas que acompañan a Mónica, el nombre castellano por el que algunos la tratan, aunque también suele llamar la atención que su chino sólo sea «de andar por casa». «Mi padre se enfadaba porque no lo hablábamos y ahora me doy cuenta de que sería una pena perderlo. Yo puedo mantener una conversación, pero no sé leerlo ni escribirlo», expone mientras practica la lengua con sus sobrinos. Por ello, ya tiene una meta para los próximos meses si es que el inglés, que estudia en la Escuela de Idiomas, le deja tiempo. «Prometo que este verano me pongo a ello».

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