Tribuna Abierta

"Politizar" el Holocausto

Deia, * Historiador e investigador del IEP-FV, por IGOR bARRENETXEA marañón, 07-02-2010

NO ha lugar a que la utilización política de los actos que conmemoraban la liberación de Auschwitz se conviertan en un proceso de iniquidad y vaciado ético. Simon Peres declaraba, con motivo de este Día de la Memoria del Holocausto en el Parlamento alemán y con denostada convicción: “Rechazamos un régimen fanático, que contradice la Carta de Naciones Unidas, un régimen que amenaza con la destrucción, que se acompaña de plantas nucleares y misiles y que desata el terror en su país y en otros países”, aludiendo así al régimen iraní. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, paralelamente, acompañó estas declaraciones, en el campo de exterminio, con otras igual de implicativas: “No permitiremos a quienes niegan el Holocausto borrar o distorsionar la memoria”. Ambas frases revelan el enfrentamiento que sostienen Irán e Israel. Por un lado, Peres advertía de las inclinaciones belicistas del régimen iraní contra la existencia de Israel, mientras que, en esa misma dirección política, Netanyahu abanderaba la reivindicación de una memoria del exterminio que, en Irán, se niegan a admitir. Sin embargo, ambas cuestiones no son ajenas. Están íntimamente relacionadas.

La negación que se sostiene desde Irán de la existencia del Holocausto viene enmarcada en la tensión y amenazas que se han ido larvando entre ambos países a lo largo de estos años. No tanto por despreciar a los judíos como tales o por ser antisemitas. Israel ha utilizado convenientemente el Holocausto como un escudo defensivo moral y retórico. Aquellos que amenazan la integridad o la propia existencia de su Estado se han alineado a favor de esas tesis negacionistas. Y no es casualidad. Sin embargo, si aplicamos la razón, no parece que a Irán le interese mucho impulsar estudios sobre la verdad o mentira de lo ocurrido a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Más bien se trata de un arma psicológica que incide en reforzar el rencor y odio, para desnudar el victimismo israelí.

Para los iraníes, Israel se ha convertido en una amenaza en la vertebración de un Oriente Medio plenamente musulmán. Es el enemigo a batir. Una poderosa espina de los infieles que se sitúa en la misma garganta de un contexto abierto al fanatismo y a la violencia. Y, por supuesto, no soportan ese victimismo que subliman los judíos tras el cual se amparan para actuar a su antojo. En Israel, observando la otra cara de la moneda, viven una situación de tensión permanente. Sólo una reiterada demostración de fuerza les da seguridad. El perfil de un Estado como el suyo ha venido gestado por esa unidad y cohesión frente a un adversario común que le rodea, los pueblos árabes, y que en cualquier momento le puede engullir. Por ello, aunque en Occidente consideramos excesiva la forma de tratar a los palestinos, ellos lo asumen como acciones de legítima defensa. Los israelitas son un Estado fuerte, pero pequeño; armado, pero a la defensiva; firme, pero cercado. El referente moral del Holocausto es la piedra angular de un orgullo moral, ya no de un victimismo incauto (como ocurrió al principio, el Genocidio no podía ser una figura precursora del Estado de Israel porque significaba que los judíos habían ido como corderos al matadero y, entonces, ese Estado reclamaba guerreros). No es baladí pensar que el apoyo de Estados Unidos a Israel ha acabado por reforzar unos vínculos en los que el país americano ha acabado por asumir el Holocausto como parte de su memoria histórica (eso se demuestra con el amplio catálogo de filmes americanos dedicados al tema en cuestión). Pero es injusto patrimonializar la Shoah como un valor exclusivo y adaptarlo a un fin político porque implica que pierde parte de su naturaleza universal.

Los israelíes, al haberse convertido en herederos de aquellos judíos europeos (de todas clases, nacionalidades y condición), han tejido con ello un entramado ideológico que les garantiza un permanente crédito moral que no han sabido gestionar. La memoria del Holocausto sigue encarnando para Europa el peso de una conciencia de la que difícilmente podemos dejar de estar en deuda. Su recuerdo implica la conmoción de preguntarnos cómo pudimos hacerlo posible. Ahora bien, ¿es el Holocausto (o Shoah) el referente que debemos tener en cuenta a la hora de juzgar la relación existente entre Israel e Irán? No. Algunos intelectuales israelíes ya advirtieron del modo en el que se utilizaba la Shoah, no como un monumento al pasado y un marco de reflexión permanente, sino como una excusa para actuar. Y ahí está el peligro de orientar esta experiencia traumática como fundamento para la autojustificación de los crímenes que se han demostrado que el Estado de Israel ha cometido contra la población, a menudo indefensa, palestina.

El Holocausto tiene un reconocimiento universal y fundamental en la Historia del siglo XX y, por supuesto, como legado para el siglo XXI. Se expone como el aspecto más bárbaro y desolador que ha conocido Europa, y extender el aprendizaje que nos corresponde como seres humanos va más allá de esas fronteras temporales y espaciales. Pero si el Estado israelí quiere justificar sus actos en nombre del exterminio, entonces, hace que la tinta del humanismo que representa aquella experiencia terrible contra el pueblo judío quede en papel mojado. Utilizar la memoria del Holocausto como justificante de una política exterior agresiva y reactiva es despojarle de una parte de su significación.

Por ello, no nos podemos extrañar que, en lo malo, los iraníes se plieguen a la idea de que el exterminio sea una falacia. No lo fue, ni mucho menos, pero el odio y el desprecio que han generado las actitudes de unos y de otros ha derivado en convertirlo en un punto fuerte de esta guerra psicológica entre ambos países. Israel debería cuidar más el sentido y significado del Holocausto con el fin de que ese mismo respeto nos alcance a todos como seres humanos, y no subordinarlo a sus intereses y sea un aditivo para el uso de la violencia.

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