Prostituta en cinco minutos

La Verdad, RUTH HERNÁNDEZ, 07-02-2010

Una mujer espera a sus clientes, en ropa interior, acostada en la cama de un club. :: MARTIN OESER / AFP

«¡Coño, y encima eres española! ¡Empiezas mañana mismo!». La frase la espeta el dueño de un burdel y la destinataria soy yo misma: una periodista que quiere averiguar cómo funciona el mundo de la prostitución y que, sin quererlo ni pretenderlo, y en menos de cinco minutos, sale de un club con trabajo. Trabajo de puta, pero trabajo a fin de cuentas.

«Tienes que pagar 50 euros por noche por la habitación. Con los beneficios de las copas vamos al 50%. Todo el dinero que saques con los clientes es tuyo. Cuando vengas, subes a la habitación, te arreglas y bajas a la cafetería a trabajar», explica el responsable sobre las condiciones laborales con la misma tranquilidad que si regentara una librería.

«Las primeras semanas no descansarás y, después, tus días de libranza se te comunicarán con varios días de antelación. Lo único que tienes que traer es tu DNI». El DNI y el cuerpo, claro, que a fin de cuentas es lo que vale.

Al salir del lupanar, un cliente que había escuchado la conversación comenta: «Hay muy pocas españolas en los clubes. Casi todas son extranjeras. Estarás muy solicitada».

De la mano de un ‘contacto’

Antes de que me ofrecieran este empleo ya había recorrido numerosos burdeles de Alicante y Murcia. Quería descubrir cómo viven las trabajadoras del sexo y todo lo que gira en torno a este mundo, enraizado en la sociedad e increíblemente normalizado. Un buen contacto me había permitido adentrarme en este adictivo universo repleto de placer, extravagancias, drogas y dinero. Muchísimo dinero. La primera noche inicio una ruta por varios clubes para charlar con las chicas. En el primer intento, pincho en hueso. «Mi jefa está aquí y no me deja salir», me dice la joven.

En el segundo lugar hay más suerte. Una morena de mediana estatura, ojos negros y con un vestido muy ceñido abre la puerta de mi coche. Anni abandonó Colombia hace ya ocho años para emprender una nueva vida en España. «Tenía 19 años. Mi familia estaba endeudada hasta las cejas cuando decidí venir a prostituirme. Localicé a un hombre español, a través de mi tío, que me arregló los papeles y me pagó el billete de avión. Cuando empecé a trabajar en el ‘puticlub’, le pagué mi deuda y aquí sigo», cuenta, en apariencia satisfecha por el giro que dio a su vida.

«No creo que lo deje nunca. Después de tantos años no sé hacer otra cosa y tampoco quiero aprender. Es una profesión más y, como en todos los trabajos, unas veces te lo pasas bien y otras mal».

De la tierra cálida de Colombia doy el salto a Europa del Este. Rumania vio nacer a Andrea hace 22 años. Sus ojos esmeralda, sus cabellos dorados y unas curvas de escándalo hacen que tiemble el suelo que pisa. Trabajaba en una tienda de ropa para ganar 100 euros al mes. Una amiga, que se había marchado dos años antes a España, regresó a Rumanía a visitar a su familia montada en su propio coche, vestida con ropa de marca y con las llaves de su piso en Torrevieja. «El nivel de vida es muy caro y los sueldos son mínimos allí. Como todos los países pobres son corruptos, siempre estamos en crisis. Cuando mi amiga me contó cómo vivía aquí, vi claro mi futuro. Soy joven, estoy muy buena y en una hora gano más que lo que ganaba allí en un mes. Por eso ya no quedan rumanas en Rumanía», se ríe a carcajadas.

Andrea mantiene a sus padres, a su hermana, a su marido y a sus dos hijas. «Mi familia cree que trabajo de cocinera en un hotel, pero mi marido sí sabe a lo que me dedico. Mientras le mande dinero, no le importa que fornique con otros», explica con naturalidad.

Esta joven manda cada semana dinero a su familia. «Antes de la crisis enviaba 1.500 euros semanales. Ahora, depende del flujo de trabajo, suelo mandar unos 500. Un día normal puedo ganar 300 euros».

Desde que Rumanía entró en el año 2007 en la Unión Europea «es muy fácil venir». El proxeneta, aunque sigue existiendo, ya no es el único medio para iniciarse en la prostitución. «La mayoría sabemos a lo que venimos. Normalmente, el viaje y los trámites para conseguir el DNI los gestiona una amiga que ya está aquí. Si no tienes antecedentes penales, no tienes problemas. Es un buen negocio. Si me cuesta 2.000 euros traerte a España y buscarte trabajo y casa, tú me das 5.000 euros o lo que acordemos», explica. Trámites cerrados y a trabajar.

«Somos su capricho»

Estas chicas, criticadas por muchas mujeres y veneradas en silencio por muchos hombres, llevan un tren de vida alto. «Esta profesión es muy golosa. Mientras mi ‘empresa’ aguante, la guerra sigue. Si en una semana gano 1.000 ó 2.000 euros, ¿crees que voy a ponerme a cuidar viejos o a limpiar casas?», argumenta la chica mientras se enciende un cigarro. En este negocio todos ganan. «El único que paga es el cliente. Nosotras somos su capricho, a veces una obsesión, y cualquier capricho cuesta dinero», añade.

Una hora de sexo sale por 120 euros, y cada media hora adicional son 50 euros. Estas son las tarifas estándar. El obligatorio ‘pack’, compuesto por dos toallas pequeñas, un preservativo, una sábana y jabón líquido, añade a la cuenta otros 10 euros.

Irina y su marido dejaron atrás el frío de Rusia hace 4 años. Ella es prostituta en un club y su marido trabaja de portero en el mismo burdel. «Él me lleva y me recoge. Los días que libro los paso con él», aclara.

A pesar de ser el oficio más antiguo del mundo sabe adaptarse mejor que cualquier otro sector a las necesidades cambiantes de sus clientes. No obstante, hay cosas que no cambian. Casi todos los dueños de estos templos del deseo son hombres, pero también existen mujeres que los regentan. Sin ir más lejos, un conocido burdel de Murcia «es dirigido por una chica de 26 años; el mito de la vieja madame ha desaparecido hasta de las películas», revela Anni.

Normalmente, «cada club tiene dos encargados: uno controla a las camareras y el otro está pendiente de las putas. El jefe no suele pasar por aquí. Cuando hacen alguna redada, al que se llevan a dormir al calabozo es a nuestro responsable».

«Si vamos fuera del club, el polvo le sale muy caro al cliente. En una noche se pueden gastar 2.000 euros. A la cena, en un restaurante caro, le sumas 300 euros por hora en una suite del local. La botella de champán cuesta 200 euros, 100 para mí y otros 100 para la casa, y si el cliente quiere cocaína sigue subiendo el contador», asevera Irina.

Perversiones sexuales

«En una hora puede hacer lo que quiera. Cuando termina el tiempo, si ha llegado al orgasmo o no, es su problema. Muchos ni lo buscan. Sólo les acariciamos un poco y a otros, por la coca que se han metido, ni se les levanta. Una práctica sexual muy frecuente es que dos o más chicas nos masturbemos entre nosotras», añade la rusa. Dispares fantasías y perversiones, generalmente desconocidas por sus novias o esposas, son saciadas por estas mujeres.

«A muchos hombres les encanta que les sodomicemos con objetos y otros nos piden que les peguemos, o que les hagamos la famosa ‘lluvia dorada’. Si no les haces estas cosas, no ’llegan’», revela Andrea. «Si el cliente quiere alguna desviación sexual más fuerte, como maltratarnos o cosas peores, la chica es la que tiene la última palabra», añade la jóven.

Otro ingrediente esencial y lucrativo es la droga. Sin embargo, «a todas las chicas no les gusta. Por eso, los clientes que quieren tomar coca eligen a una prostituta que también consuma. Es algo normal. A nadie le gusta drogarse solo», admite Irina.

A partir de las 16:30 horas estos clubes, que funcionan oficialmente como hotel o cafetería, abren sus puertas hasta las cuatro de la madrugada entre semana y una hora más tarde los fines de semana. «Empresarios y hombres con mucho dinero vienen sobre las cinco de la tarde, para así poder estar en casa a las nueve o las diez de la noche. Se toman sus copas, hablan, se acuestan con nosotras, se duchan y se van temprano porque sus mujeres los esperan. Cuando llegan dicen que han tenido un día muy duro o que los clientes son muy pesados», bromea Anni.

Pero la crisis también se deja ver en este negocio. Muchos clubes, que han visto mermar sus arcas, hacen ofertas de dos copas por una o invitan a bocadillos. Promociones y rebajas para retener a su amplia cartera de clientes. «Y en lugar de darte 500 euros por ir a cenar y pasar un rato en la cama, ahora te dan 300 ó 400. Acordamos el precio con cada cliente dependiendo de la confianza que tengamos, los regalos que te haya hecho, si te gusta… Todos esos factores influyen en el precio final», reconocen las tres chicas. «Si uno te dice que este mes le ha ido mal y no tiene dinero, le cobras menos», ejemplifica Irina.

Una doble vida. Estas eternas amantes, obreras del sexo a destajo, pasan sus días de libranza con sus parejas, sus hijos y sus amigas. Lo mismo que hace cualquier persona para evadirse y desconectar de la rutina diaria del trabajo.

Al preguntarles a estas tres chicas si cuando están descansando tienen ganas de hacer con su pareja lo mismo que hacen en el club de alterne, la reacción es prácticamente idéntica. Carcajadas y un «sí» rotundo. «Nadie se cansa de eso, ¿o tú sí?», me pregunta Andrea mientras se pinta los labios antes de girar sobre sus tacones y regresar al local.

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