MARGINALIDAD / Así viven

Paradojas en El Gallinero

El Mundo, MARTA BELVER, 05-02-2010

Los niños del poblado chabolista no saben qué son los ‘kleenex’ ni los bolis, pero tienen tele y lavadora en casa. A la puerta proliferan los detritos humanos Una niña de unos tres años sostiene en su manita sucia un juguete artesanal que consiste en un trozo de botella de plástico con una pelota de tenis mugrienta dentro. En la nariz se le apelotonan los mocos. Pero si se le pone en la manita libre un pañuelo de papel para que se los suene a lo más que atina es a agitarlo con una sonrisa enorme.


La pequeña que no sabe lo que son los kleenex es uno de los 500 habitantes amontonados en El Gallinero, un asentamiento chabolista a sólo 12 kilómetros de distancia del reloj de la Puerta del Sol. En estas favelas madrileñas la escuela es la calle; y en esta calle embarrada hay detritos humanos a las puertas de los simulacros de casas.


Al lado de la niña de los mocos otro niño con un palmo más de altura observa hipnotizado cómo un bolígrafo va dejando marcas sobre un bloc de notas. Cuando se le da la oportunidad de que sea él quien haga los garabatos agarra el instrumento que lo tiene abducido igual que si fuera la primera vez que tocara uno. Si no lo es, no parece otra cosa.


Aunque no saben escribir ni cómo limpiarse la nariz, la mayoría de los niños de El Gallinero tienen televisión, antena parabólica y lavadora en los chamizos en los que viven apiñados con sus padres y hermanos; algunos también disponen de frigorífico, infernillo y hasta placa vitrocerámica.


Y en esta paradoja recurrente, alrededor de los chamizos de lata y cartón equipados con electrodomésticos se acumulan restos de excrementos de personas. Los únicos cuartos de baño que se utilizan en muchos metros a la redonda son, y eso cuando procede, los de las series de ficción que se emiten en la pequeña pantalla.


La de Giorgica y su familia es de pocas pulgadas, en blanco y negro y se ve con nieve. Pero se ve. Frente a ella están pegados sus dos hijos mayores, de cinco y tres años, a la hora en la que los niños con water en casa suelen estar en el colegio.


Fuera, la madre empuja con una escoba los desperdicios que hay junto a su hogar hasta depositarlos en una vaguada atiborrada de basura. No se encuentra ni a 10 metros de distancia del colchón desde el que los niños ven la tele, que es prácticamente todo el mobiliario de la estancia.


En el miniporche de la entrada, Giorgica («rumana, pero no gitana, ¿eh?», aclara) está cocinando una especie de puré de olor indescriptible sobre una placa de inducción. Ni en su rudimentaria casa ni en las de sus vecinos hay toma de agua ni conducción de gas, pero todo el poblado está enganchado mediante cables, que en ocasiones chisporrotean sobre el suelo, al tendido eléctrico que pasaba por allí.


Al filo del mediodía de ayer, aunque la mañana se había levantado amenazando lluvia, parecía el momento de la colada. Las mujeres de este barrio sui géneris transportaban en barreños el agua que cogen de una fuente cercana y la introducían manualmente en las lavadoras que centrifugan como las que hay en cualquier vivienda de ladrillos.


La niña del kleenex y el niño del bolígrafo tendrán ropa limpia que ponerse hoy, incluso con olor a jabón, cuando se despierten en su casa con equipamientos. Pero al salir a la calle para no ir al colegio probablemente se encontrarán una deposición a la puerta. O puede que la dejen ellos. Así son las paradojas de El Gallinero.


El ‘plató’ de las chabolas


A los habitantes de El Gallinero ya les resulta natural posar para cámaras de vídeo y fotógrafos, pero se preguntan quién les quitará la montaña de basura y ratas con la que conviven diariamente


Los habitantes de El Gallinero apenas distinguen entre una cámara de vídeo y una de fotos, pero sí saben que cada dos por tres se arremolinan unas cuantas a las pseudopuertas de sus chabolas desportilladas enfocando a algún señor trajeado. Se escuchan clics, se prodigan los flashazos y la comitiva de zapatos de piel desaparece.


«¿Pero quién de todos es el que va a quitar eso de ahí?», pregunta una mujer de pies churretosos en chanclas de goma. Eso, además del decorado de una suerte de plató al aire libre, es una gigantesca explanada de basura entre la que corretean ratas que si pasan rápido se confunden con conejos. Hay pañales de bebé usados, colchones mugrientos, piezas oxidadas de motores… cualquier desecho que uno sea capaz de imaginar.


Ayer visitó este poblado de rumanos al lado de la A – 3 David Lucas, el portavoz del Grupo Municipal Socialista en el Ayuntamiento de Madrid. Y junto a esa montaña de inmundicia recordó el contenido de la carta que remitió la semana pasada al alcalde, Alberto Ruiz Gallardón, reclamándole medidas urgentes para los residentes de este asentamiento chabolista.


«La retirada de las toneladas de basura y las ratas que invaden el poblado; la construcción de cuatro letrinas provisionales donde los niños puedan hacer sus necesidades; y el acondicionamiento de la fuente existente, que incumple todas las medidas higiénico sanitarias», enumeró entre las más prioritarias.


A la llegada del grupo de políticos y periodistas a la zona, anunciada el día previo, una dotación del Servicio Especial de Limpieza Urgente (SELUR) del Ayuntamiento de Madrid estaba trabajando en ese inmenso basurero habitado en el que no debe resultar fácil decidir por dónde empezar.


Mientras, los residentes de El Gallinero se dejaban fotografiar o grabar en vídeo sin tener mucha idea de cuál de las dos funciones realizaba la cámara en cuestión. Pero conscientes de que ante un objetivo se sonríe. A ver si eso les libra de ese otro eso: la montaña de inmundicia.


El Defensor del Menor insiste


>El Defensor del Menor, Arturo Canalda, insiste en que «no es tolerable la situación que se vive» en el poblado chabolista El Gallinero e insta a las autoridades competentes a que hagan un esfuerzo para «realojar a las familias».


>Un representante de la institución infantil visita desde hace siete meses todos los asentamientos de la Cañada Real, incluido éste, para «pulsar los casos más duros y poder actuar de forma individual».


>«Pero la solución tiene que ser drástica. Y espero que se tome antes de que ocurra una desgracia», concluye Canalda.

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