CATÁSTROFE ENTRE LA MISERIA / Escapando del infierno
Los haitianos se lanzan a un éxodo por tierra, mar y aire sin rumbo fijo
El Mundo, , 22-01-2010Las réplicas sísmicas empujan a huir de la ciudad a los habitantes de la capital Puerto Príncipe
Nico Chaille camina entre la basura mirando el mar. En este putrefacto lugar, hasta los que están acostumbrados a convivir entre ratas de dos palmos, toneladas de residuos y perros famélicos, improvisan mascarillas subiéndose la camiseta hasta la nariz. En este caso el antifaz resalta aún más unos profundos ojos blancos y vidriosos que miran cómo se esfuma la última oportunidad de embarcarse y abandonar este infierno en que se ha convertido Puerto Príncipe.
Detrás de él varios edificios parecen una réplica de hormigón de un enorme club – sandwich. Acaba de zarpar un destartalado barco de hierro, con más de 3.000 personas a bordo, camino de Jeremie, en el extremo más occidental de la isla de La Española. Un trayecto por el que pagaron 500 gourdas por emigrar (menos de 10 euros).
El último terremoto de magnitud 6.1, el pasado miércoles, terminó por empujar a la población fuera de la ciudad, iniciando un éxodo difícil de cuantificar pero fácil de ver. Lo hacen en barco, en autobuses, en avión o a pie con los bultos sobre la cabeza. Ayer mismo, tres nuevas réplicas volvieron a meter el miedo en el cuerpo a los habitantes de la capital. Incluso entre los haitianos corre de boca en boca que un gran sismo, mayor al del 12 de enero, podría llegar en cualquier momento. Un rumor sin fundamento que alguien atribuyó a un «sismólogo haitiano» que nadie conoce, pero que no hace sino aumentar el desconcierto.
De este modo, la población ha comenzado un éxodo hacia cualquier lugar que los acoja. El más accesible es República Dominicana, pero el ansiado por todos es Florida. Sin embargo, la costa de EEUU está a unos 1.500 kilómetros de mar que requieren de 15 días de navegación. En todo caso, a través de una grabación que sale de los aviones que sobrevuelan la ciudad, Estados Unidos ya dejó claro que no está dispuesto a permitir una llegada masiva de haitianos e insiste en repetir por altavoces: «No emigren por mar, porque es peligroso y, además, si los americanos les atrapan, las consecuencias serán aún peores».
Aún así, Nico Chaille sabe que a pocos kilómetros de Puerto Príncipe se están construyendo cayucos que viajan varias millas adentro hasta un barco grande. Allí prenden fuego a la pequeña barca y continúan el viaje en la gran embarcación, con la que intentarán llegar a Miami. Un intento que se repite cada mes, pero no ahora que la zona está tan vigilada.
El principal problema se concentra en la frontera de Jimaní, hasta donde siguen llegando camiones abarrotados de angustiosos haitianos. Familias enteras se amontonan en los autobuses para sufrir recorridos de hasta seis horas, cargados de bultos y empapados en sudor con las escasas pertenencias que han logrado salvar. La emisora local Radio Metropole confirma que las tarifas para huir se han disparado. «Es que no hay combustible», explica un conductor al frente de un tap – tap, el autobús local.
El paso fronterizo que separa Haití de la República Dominicana consiste en una simple verja reforzada con soldados que abren y cierran al compás de la incesante corriente de vehículos y peatones. Hasta siguen llegando haitianos camiones cargados de indocumentados. Cuando la policía fronteriza quiere hacerles retroceder, una voz grita: «¡Heridos!». Acto seguido, les permiten pasar hasta el hospital de campaña, levantado en una zona especial, donde son atendidos.
Ayer, la policía fronteriza detuvo a un grupo de personas que traficaban con niños para llevarlos de mendigos a Santo Domingo. Otros días son falsos heridos los que acaban con sus huesos en la cárcel.
Fuentes del organismo de migraciones de la ONU estimaban ayer que un millón de haitianos intentaría dejar Puerto Príncipe en el próximo mes. A la espera de su turno, familias enteras viven dentro de los contenedores, entre aguas putrefactas. Muchos de los que se van dicen que viajan a pequeñas granjas de parientes, forzados por el hambre, ya que la ayuda humanitaria internacional no ha llegado aún a la mayoría de la población.
Pero nuestro hombre se ha quedado solo y vaga frente al mar con la vista perdida. Lleva desde hace muchos días la misma camiseta y pantalón polvorientos con los que tuvo que huir de su casa hace 10 días. Bajo los escombros quedaron su padre y su mujer. No tenía nada antes. Ahora, mucho menos.
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