Tim Tzouliadis recupera la historia de miles de emigrantes estadounidenses que huyeron de la gran depresión hacia Rusia

El Periodico, ROSA MASSAGUÉ, 13-01-2010

A principios de los años 30, en Estados Unidos, la gran depresión había lanzado a las calles y carreteras a 13 millones de parados en busca de algo que comer. Eran los Tom Joad que
John Steinbeck describió magistralmente, camino de la soleada California. Pero hubo otros Tom Joad que han permanecido en el olvido total. Eran los miles de trabajadores que, abandonados por el sueño americano, emigraron a la Unión Soviética en busca del paraíso socialista. Para la mayoría, aquel paraíso acabó en un infierno de hielo en el gulag. Tim Tzouliadis (Atenas, 1968) rescata en Los olvidados la historia de esta emigración ignorada.
El plan quinquenal soviético necesitaba mano de obra cualificada. En los primeros ocho meses de 1931, de 100.000 estadounidenses que solicitaron emigrar a la URSS, 10.000 fueron contratados. Había de todo, ingenieros, mineros, carpinteros, electricistas, zapateros o mecánicos. Para la mayoría, un trabajo era el gran aliciente. Para otros, el motivo era el descontento con un país que había defraudado todas sus expectativas. También había comunistas convencidos o simpatizantes que veían cómo el capitalismo se hundía.
Béisbol en el parque Gorki
Henry Ford, el magnate automovilístico, también detectó posibilidades de gran negocio en la URSS y construyó una fábrica en Nizhni Novgorod para producir la versión comunista del Ford A. Despedía a obreros en Detroit y los bolcheviques los contrataban para la planta de la estepa rusa. Aquellos emigrantes llevaron consigo un poco del estilo de vida americano. El béisbol, por ejemplo, que jugaban en el moscovita parque Gorki. Sin embargo, aquellos jóvenes descubrieron pronto que el paraíso socialista no existía, mientras que las autoridades cayeron en la cuenta del riesgo de propaganda negativa que suponía tener a aquellos extranjeros quejosos, tanto si se quedaban como si regresaban.
Stalin ya había puesto en marcha la máquina mortífera del terror que también atrapó en su engranaje a aquellos emigrantes. A la mayoría se les quitó el pasaporte de EEUU y se les convirtió en ciudadanos soviéticos. Ya no eran trabajadores amigos. Ahora eran saboteadores y espías y el castigo no era otro que los trabajos forzados en el gulag y una muerte casi segura.
Por si fuera poco, la embajada de su país les volvió la espalda. El embajador Joseph Davies, un multimillonario de una extravagancia derrochadora sin límites, se convirtió en un exegeta de Stalin, sentado en primera fila en los vergonzantes procesos de Moscú, creyéndose a pie juntillas la sarta de embustes que servían para ejecutar a miles de ciudadanos. Todos los emigrantes o familiares de los desaparecidos que buscaban ayuda o información en la embajada salían con las manos vacías. Se les decía que ya no eran estadounidenses. Nada más pisar la calle, ante la puerta de la misma legación, les esperaba la policía secreta para detenerles.
La alianza de la URSS con Estados Unidos durante la segunda guerra mundial y la posterior guerra fría siguieron condenando al olvido a aquellas víctimas de la depresión primero y del estalinismo después. Algunos, muy pocos, sobrevivieron para contarlo, como Thomas Sgovio. Había llegado a Moscú en 1935 para reunirse con su padre, un activo comunista emigrado dos años antes. Thomas, que tenía 19 años, quería ser artista.
Delatado por una novia
A pesar de su activismo, su padre fue detenido. Thomas buscó ayuda en su embajada y como tantos otros fue detenido a la salida. El 2 de agosto de 1938, tres años después de haber zarpado de Nueva York, el joven artista iba apretujado entre los más de 3.000 presos que transportaba el vapor Indigirka a través del mar de Ojotsk, hasta el infierno de las minas de oro de Kolimá. Sus dotes artísticas le salvaron aunque no le ahorraron penalidades durante 10 años. Tras ser liberado, fue detenido nuevamente hasta ser puesto en libertad en 1954.
Consiguió salir de la URSS en 1960 gracias a su origen italiano. Sgovio regresó al fin a Estados Unidos, donde murió en 1997 a los 81 años. Pero en sus últimos días el destino le deparó un último golpe. Descubrió que quien lo había delatado había sido su novia, también estadounidense, convertida en informadora. El delito de Sgovio había sido decir que el poder soviético «se sostiene sobre el miedo».

LOS OLVIDADOS
Tim Tzouliadis
Trad.: Juan Manuel Ibeas
Debate. 521 págs. 24,90 €

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)