RETRATOS EN LA TRINCHERA / II / EMILIANO DE TAPIA / Sacerdote de la prisión de Topas

Cuando la exclusión tiene cura

El Mundo, PEDRO SIMÓN, 10-01-2010

Comparte su casa parroquial con presos que están de permiso, ex reclusos, toxicómanos y gente sin hogar Salamanca


Un día llamó a su puerta Marcelino, todo huesos y el alma cortada al bies, que en el morral sólo traía un cáncer chungo que puso en la mesa para compartir como hogaza de pan. Porque el hombre no tenía más.


Otro día tocó el timbre Kazen, analfabeto marroquí y drogodependiente, que descubrió que existía el agua caliente cuando estuvo en prisión. Kazen, que llegó con las alas llenas de perdigones y hoy hasta vuela.


Un tercer día sonó el teléfono desde el hospital y le pidieron plaza en el arca. Porque había un ser desparejado que nadie quería y nadie reclamaba, y sólo existía una persona que fuera a decirles que sí.


- Es un preso de 32 años. Tiene el cerebro dañado por un virus y usa pañales. Tú dirás. ¿Qué hacemos con él, Emiliano?


- Bueno, bueno, pues traedlo acá.


Entramos en un hogar distinto y el primer mandamiento de este evangelio de brazos con marcas dice así: «Queda terminantemente prohibido entrar en el barrio».


El cartel colgado en la salita de la comuna avisa como semáforo en rojo. Por algo lo puso ahí bien a la vista Emiliano de Tapia, sacerdote que se calienta los pies entre vidas de escarcha.


Una noche la emprendieron con él a botellazos en este hipermercado salmantino de la droga donde tiene enclavado su templo y su casa. Otro, le intentaron atropellar por denunciar el tinglado. Le han rajado las ruedas del coche en el barrio para que se calle. Los niños que han crecido con la coca en la mesa le llaman «hijo de puta» y «chivato» y la emprenden a patadas con él. Febril Navidad, padre.


Queda terminantemente prohibido entrar en el barrio.


El barrio es Buenos Aires, un arrabal salmantino donde la mitad de las 350 viviendas que lo conforman están relacionadas con el tráfico de estupefacientes, hay un colegio fantasma vacío de niños y malcrecen cerca de 200 menores analfabetos.


«Cuando llegué aquí hace 15 años, pensé: ‘Esta casa no puede ser sólo mía. Hay que abrirla a la gente’», cuenta Emiliano de Tapia, párroco de Santa María de Nazareth y sacerdote de la prisión de Topas. «Y a ello nos pusimos: aquí viven ahora conmigo 11 personas, gente que sale de permiso de la cárcel, gente que terminó y no tiene adonde ir, gente como Marcelino… El evangelio tiene un nombre, y ese nombre es tarea de humanización».


Emiliano se remangó nada más llegar y cavó una trinchera en la iglesia desde donde plantarle cara a los narcos. Ha levantado una ludoteca y una guardería, que cayeron como obús en zona enemiga. Da la tabarra a las instituciones y, aunque esté feo, señala con el dedo. Veamos.


«Bueno, la lacra del barrio es la droga. Los que trafican son víctimas y pequeños culpables. Del millar que vive aquí, 500 personas están relacionadas con el negocio. Entre los 11 que compartimos casa, muchos han estado enganchados. Es más. Conocieron a los que venden dentro de Topas. Por eso está prohibido entrar en el barrio. Porque, para putearnos, les tientan con esa mierda».


Llegamos tarde, subimos al coche de Emiliano rumbo a Topas con una nigeriana que regresa a prisión después de un permiso, y volvemos a la casa – parroquia con dos internos que van a gozar de un puente extramuros. Uno es canario y el otro es chino. Si no tuvieran a alguien que se hiciera cargo de ellos estos cuatro días, no serían autorizados a salir. Les pasa a casi todos los reclusos que son foráneos y no tienen a nadie en Salamanca. El sacerdote tiene la llave que abre.


«Hay excluidos porque hay excluyentes», sentencia mientras corta queso y se lo ofrece a Marcelino. «Uno de los pilares del cambio es acoger a los demás. No cabe otra manera de estar, de ser y de vivir».


Cayó como un meteorito en la zona el sacerdote en 1994 y todo lo sacudió. En la Salamanca que a él le importa, el cura de pueblo cuenta que había que levantar tres barricadas: contra la soledad del mundo rural («las residencias convierten a los mayores en pájaros de jaula»); contra los «narcos» de Buenos Aires; y contra el futuro negado a los presos.


Así que se afanó en la empalizada y le salió un mecano que lo conectaba todo. Hoy trabajan 23 personas en un pequeño proyecto que refulge. La empresa se llama Algo Nuevo. Cómo se iba a llamar si no.


«Es una empresa de economía social, no capitalista, por la que ya han pasado 400 personas del mundo de la exclusión», aclara Emiliano de Tapia. «Su tarea es la de repartir menús y llevarle comida, en el campo o en la ciudad, a las personas que no se pueden valer por sí mismas. Damos 280 comidas al mes… No está mal, ¿verdad? La economía no puede ser un compartimento separado de lo social. Algo Nuevo intenta ser un instrumento, una manera de vivir, para que las personas que no han tenido la posibilidad de hacer una vida normalizada la puedan hacer».


A los fogones, una cocinera que salió de la cárcel. Repartiendo el condumio a domicilio, cuatro chavales en paro del barrio. De pinches de cocina, dos ghaneses que pasaron por prisión. Codo con codo trabajando, la gitanería que vivió en el filo entre estos pisos.


De la cabeza de Emiliano ya han salido la Asociación de Desarrollo Comunitario de Buenos Aires, la Asociación para el Desarrollo del Campo de Salamanca y Tierra de Ledesma, los cursos de alfabetización en el suburbio, las charlas de hábitos sociales y un centro de día para mayores. Anda el arrabal haciéndose un lifting. Con el cura – prismáticos listos y en primera línea – , tratando de ganarle terreno a esa marea negra que avanzaba en el gueto hasta que se topó con un dique.


«Se nos han muerto dos en casa, gente mayor que no tenía donde estar y que al final terminó aquí… En el mundo hay víctimas y gente que es parte del Sistema. Yo no soy víctima. Yo soy parte del Sistema. Y no me puedo quedar de brazos cruzados».


Lo comenta Marcelino por lo bajinis. Marcelino, que lleva por ahí dentro abrochado un cáncer y va arrastrando los pies con un libro en la mano y una almena de dientes derrotados. Lo dice el taxista Justino, libre desde hace dos meses, con una patología mental y el retrovisor escacharrado. Nos lo cuenta Vicente, que dejó a un «guardia entero plomeado» en sus días de escopeta furtiva y orujo. Y asiente el francés Falusi mientras friega los platos y sueña en voz alta con ver a sus tres hijas.


Sí, con Dios se habrán cruzado de largo mil veces por las aceras. Pero la exclusión tiene cura.


- Emiliano es la hostia.


ELMUNDO.es


Vídeo: Testimonio de Emiliano de Tapia.


De cómo servir en el ‘hipermercado’ de la droga


>En los 80 montó el Cristo en defensa de la escuela rural, contra el ingreso en la OTAN y contra los cementerios nucleares en los pueblos. Ahora sigue con la droga en el cuerpo. Lo cuenta poniendo un queso en la mesa y una pinta de vino. Este cura sirve.


>En el ‘hipermercado’ de la droga de Buenos Aires (Salamanca) viven 1.100 personas. «El enemigo no es el vecino. Son la subdelegación del Gobierno, la Junta de Castilla y León y el Ayuntamiento. Ellos son los que pueden cambiar algo y no hacen nada».

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