Contra los fundamentalismos

La Razón, 04-01-2010

Con el fundamentalismo islámico en España se pasa a menudo del discurso buenista al belicista sin transición. Y, precisamente porque es un problema grave que va para largo, requiere de miradas equilibradas que huyan de esos extremos. Ni sirve para nada mirar hacia otro lado y no ver el peligro de una ideología que usa la religión y la cultura para objetivos políticos, cuando no terroristas, ni es útil disfrazarse de cruzado ni empezar a hablar de «infieles» y adoptar el lenguaje del enemigo real que tenemos, con lo cual habríamos perdido la batalla definitivamente porque habríamos sacrificado los valores occidentales que ahora tanto esgrimimos contra ese monstruo: la tolerancia, la pluralidad, la libertad… Se debe odiar el fundamentalismo islámico en nombre de la democracia, no de otro fundamentalismo. Ni se va a ninguna parte ignorando que el Islam no se ha secularizado como lo hizo el cristianismo –y que por esa razón conserva un componente teocrático que es una amenaza para la convivencia universal (esto es para el propio mundo árabe)– ni tampoco llamando «traidor» al que reconoce los vestigios del contacto con el Islam en nuestra cultura y hasta en nuestro idioma. Decir con Carlos Fuentes que Alá está en el «olé» de nuestra lengua no es doblegarse a Al Qaida. Como no es racismo distinguir con Giovanni Sartori el multietnicismo deseable del multiculturalismo amenazante cuando la herencia que porta el inmigrante es la fe en Guerra Santa.

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