Una Ciudad de los Niños sin banderas

Diario Sur, AMANDA SALAZAR, 31-12-2009

Si el hermano Carlos Fernández regresara para visitar su legado en Málaga, se sorprendería al ver la variedad de idiomas y colores de piel que pueden verse ahora en la Ciudad de los Niños. La multiculturalidad ha llegado a esta casa de los Hermanos Obreros de María, colaboradora de la Junta de Andalucía, donde más de la mital de los chicos acogidos en régimen interno son extranjeros. Así lo confirma el hermano José Miguel, subdirector de la Ciudad de los Niños, que indica que de los cincuenta menores internos, sólo una veintena son españoles. Los más numerosos son los de nacionalidad marroquí, mientras que de origen subsahariano alojan a dos chicos.

Muchas cosas han cambiado desde que hace 25 años llegasen los primeros niños a este hogar situado en la finca de Los Asperones en Málaga. Entonces, había casi 200 menores en régimen interno y la mayoría eran huérfanos o de familias con dificultades que no podían hacerse cargo de sus vástagos. Pero todos ellos eran malagueños. Ahora, destacan los que han llegado en patera y esperan impacientes cumplir la mayoría de edad para tener todos los papeles en regla y poder salir a buscar un trabajo con el que ayudar a sus familias al otro lado del Estrecho. Los pocos españoles que quedan siguen siendo de familias con pocos recursos de barrios marginales de la ciudad como Los Asperones o La Corta.

Acogida difícil

«Los chicos que tenemos aquí son los que tienen más dificultades para encontrar una casa de acogida, es decir, adolescentes – hay aproximadamente 37 – , con una edad ya de por sí problemática, a lo que se une el hecho de ser extranjeros y que muchos llegan sin conocer una palabra de español», indica Inés Gutiérrez, trabajadora social del centro.

Los chicos pueden permanecer en la Ciudad de los Niños desde los tres años hasta que cumplen la mayoría de edad. Hasta entonces, los responsables de la entidad intentan darles una educación para que salgan con conocimientos que les permitan una oportunidad en su independencia forzosa. «Animamos a los que muestran interés con los estudios para que, si quieren, puedan ir a la universidad, aunque la mayoría prefiere aprender un oficio», indica el hermano José Miguel.

En tiempos de bonanza económica, era fácil encontrar un empleo para estos jóvenes. «Casi todos salían colocados en la construcción o el sector servicios», afirma Gutiérrez. El problema es que ahora apenas hay posibilidades laborales para ellos. «Muchas personas que quieren solidarizarse con nosotros nos preguntan cómo pueden ayudar les decimos que el mejor apoyo es un contrato laboral para estos chicos, porque además coincide que tenemos un gran grupo de chavales a punto de cumplir los 18 que tendrán que irse pronto», continúa. La Junta les ofrece una plaza en pisos tutelados cuando salen de la Ciudad de los Niños. Pero son pocas plazas que también se reparten entre los jóvenes que atienden otras ONG; y no hay para todos.

A pesar de las dificultades, al hermano José Miguel le queda la satisfacción del trabajo bien hecho. «Es un orgullo que los chicos se labren un futuro y vuelvan aquí para saludarnos o para traer regalos a los nuevos pequeños», dice. El vínculo con la Ciudad de los Niños es importante. Al fin y al cabo, durante muchos años son su única familia.

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