Reyes de su propia vida
El Correo, , 21-12-2009Ya no se esconden. Quieren vivir la vida que por un momento se les fue de las manos. En plena adolescencia Andrés, Julián, Juan Carlos, Frandi y Sege entraron a formar parte de una banda de Latin Kings en Alcalá de Henares. Hoy han logrado salir y quieren contar su experiencia a otros jóvenes, para evitar que pasen por lo mismo. Se preparan para impartir en colegios e institutos de Bilbao un programa de prevención de la violencia social con bandas juveniles impulsado por la Asociación para la Resolución de Conflictos y la Cooperación (ARCO).
«Al principio todo era fácil», recuerda Andrés, colombiano de 20 años y padre español, que entró a formar parte de la banda con 16. Su primer contacto con los Latin Kings fue «gracias a unos amigos.». Escucha sus propias palabras y se ríe con ironía: Ni eran sus amigos ni tiene por qué darles las gracias. «Te explicaban las cosas sólo por encima, te lo pintan todo muy bonito, pero en cuanto estás dentro es una cosa totalmente distinta», dice. Como él, otros chavales buscan en la banda una forma de afianzar su personalidad y sentirse parte de un grupo. «Yo me lo tome como una religión – afirma Andrés – hubo un momento en que para mí no había nada más importante de que la banda».
Lo cierto es que en algunos aspectos los Latin Kings no se diferencian mucho de una secta. «Tenían su biblia, que te la tenías que aprender obligatoriamente si no querías recibir», dice Andrés. Se les inculcaba a golpes una conciencia de grupo: «Si falla uno fallan todos. Si tu compañero la caga tu también recibes». La disciplina es férrea cuando se trata de la unidad del grupo, pero se relaja cuando toca «vacilar, consumir drogas o robar».
Juan Carlos llegó de Guinea Ecuatorial con 14 años. «Entonces me encantaba robar, ir de fumada, pasar el rato. Acababa de llegar y no sabía lo que era una banda – cuenta – pero me lo pintaron bien, me comieron el coco diciendo que ellos me iban a ayudar, que era su hermano, que si no tenía de comer ellos me darían, que si no tenía casa me echarían una mano. cosas así». Todos coinciden en que al principio la banda les ofrece lo que quieren oír. Pero la «hermandad» del principio se convierte en una dura tiranía en la que los de abajo están sometidos a los arbitrios de sus superiores. «Tienen tu vida en sus manos», resume Frandi, un dominicano de 18 años que luce en su cara las marcas de aquel dominio.
Coronación
«Llegó un momento en que mi color de piel ya no se veía, todo era morado», recuerda Julián en referencia a los brutales castigos con los que los jefes de la banda imponen disciplina entre sus bases. Si no te aprendes la literatura – como ellos llaman a su doctrina – , golpes; si no reportas cada día, golpes; si no cumples con las cuotas – 2,5 euros a la semana para un fondo común «que acaba en manos de los jefes» – , golpes. «Al final te acostumbras a que te peguen», dice Frandi, un dominicano de 18 años que entró en la banda casi por casualidad. «Llegas a creer que te hace más duro, pero no es así», añade Andrés. La única manera de evitar ese maltrato continuo, con el que los Latin Kings alimentan su ira, es ir ascendiendo en el escalafón de una banda que copia la jerarquía monárquica más arcaica. Julián llegó a ser Rey y Santo de su banda, pero sólo tras pasar por una macabra ceremonia de coronación.
«Había llegado mi día, lo deseaba muchísimo, estaba loco por llevar un 360», relata este joven colombiano que se crió entre bandas en el barrio más conflictivo de su Cali natal. El ritual era simple, los candidatos a reyes tenían dos opciones: o demostrar que conocían la doctrina de los Latin Kings o resistir estoicamente una lluvia de golpes. «Sólo uno de los siete aspirantes se sabía bien la literatura, así que preferimos los golpes.», cuenta Julián. «Iban pasando los demás y sólo se oían gritos. Empecé a ponerme muy nervioso, tenía miedo, pensé en echarme atrás pero no podía, había allí más de cien personas que se me hubieran echado encima si digo que no quiero pertenecer a los Latin Kings». Cuando entra en detalles, su relato resulta estremecedor. «Cinco reyes me rodearon y empezaron a pegarme todos a la vez, me daban en el estómago, en los testículos, yo grité de dolor un par de veces pero no paraban. Fueron sólo cinco minutos pero me parecieron cinco horas.» Tras esta sádica prueba de resistencia, «no podía ni levantarme, pero cojeando y amoratado me pusieron el anillo de Rey». Una mueca de dolor aún latente cruza la cara de Julián. ¿Mereció la pena? «No», responde contundente.
Sin embargo, aquel anillo le dio mucho poder entre los miembros de la banda. Tanto como para hacer a sus compañeros lo que le habían hecho a él. «Ya no me volvieron a pegar, pero yo sí tuve que castigar a muchos que eran mis amigos». Da fe de ello Juan Carlos, que recibió una puñalada en la pierna del propio Julián y hoy se sienta con él en la misma mesa para contar su experiencia. El guineano quería dejar la banda. Había intentado salir de aquel ambiente escapando unas semanas a Soria, pero al volver tenía a sus ‘hermanos’ esperándole a la puerta de su casa. Una tarde estaba en el sofá con su hermana pequeña cuando llamaron al timbre. «Llegaron unas chicas que dijeron que se harían cargo de la niña mientras yo bajaba a ‘hablar’ con mis compañeros», explica. Cuando bajó se encontró la navaja de Julián y los golpes de sus compañeros, que venían a «castigarle» por querer desertar. El que fuera jefe del grupo cumple condena en un centro de semi – internamiento por aquella agresión. Aún se emociona al mirar a los ojos a Juan Carlos: «En ese momento me di cuenta de que lo quería dejar, estaba roto por dentro.».
Pero abandonar los Latin Kings no es sencillo. «Para entrar se abren las puertas del cielo, pero para salir la puerta es como el agujero de una aguja», recita Julián. Hay muchos que quieren dejarlo, «pero no se atreven porque bajan de casa y tienen a la banda ahí, en el parque». Ellos han tenido la suerte de que la asociación ARCO se cruzara en su camino. Su empeño en sacar a estos chavales de la violencia está dando frutos y quieren que su ejemplo sirva para «vacunar» a otros que corren el riesgo de ser captados por la banda. Su director, Rafael Marcos, ya ha detectado en Bilbao pintadas de grupos Latin Kings. «Están ahí – asegura – . Por eso es importante atajar el problema antes de que surja. Marcos está convencido de que «cada euro que se invierte en prevención, ahorra mil en medidas represivas».
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