'Invictus' o el rugby contra el 'apartheid'

El Mundo, JULIO VALDÉON. ESPECIAL PARA EL MUNDO, 14-12-2009

Morgan Freeman borda el papel de Nelson Mandela en el nuevo filme de Clint Eastwood Nueva York


Clint Eastwood no para. Como Frank Lloyd Wright, otro héroe americano, cosecha muchos de sus grandes triunfos a una edad imposible. Tras noquear a la audiencia con Gran Torino, e inmerso en el rodaje de Hereafter, vuelve con un sólido biopic sobre Nelson Mandela.


Invictus, ambientada en los años inmediatamente posteriores a la salida del líder sudafricano de la cárcel, a sus primeros años de gobierno, pone el acento en la copa mundial de rugby de 1995, hábilmente manipulada por Mandela en pos de la ansiada reconciliación nacional.


Porque ésa es la palabra clave de Invictus: la reconciliación, el perdón, y a ella consagró Nelson Mandela buena parte de sus esfuerzos. Como recuerda A. O. Scott en The New York Times, si la venganza ha sido el plato fuerte de Eastwood en decenas de memorables películas, de Sin perdón a Mystic river, ahora los focos iluminan la pasión contraria, mucho más dura de alcanzar por cuanto exige mucha más grandeza.


Para comprender bien Invictus, conviene viajar mentalmente a la Sudáfrica terrible del racismo institucionalizado. Considerada durante décadas como un emblema del apartheid y odiada por los negros, la selección sudafricana de rugby logró el milagro de catalizar las ansias de cambio de un país en el vórtice del desastre, que bien hubiera podido acabar emponzoñado en una guerra civil fratricida y que, afortunadamente, apostó por su supervivencia.


Mandela comprendió que un triunfo de la escuadra nacional en la Copa del Mundo bien podía servirle para vender ante sus compatriotas una nación distinta, en la que los viejos pendones del odio se metamorfoseaban en emisarios de libertades.


A conseguirlo, a convencer a sus mosqueados colaboradores, y también a los rubísimos jugadores, de que Sudáfrica bien merecía de su generosidad, se aplica esta cinta clásica, inteligentísima por cuanto se centra en detalles minúsculos antes que en los grandes movimientos de masas, épica sin perder el gusto por el lirismo, calibrada al milímetro, que alcanza sus metas durante buena parte del metraje y desarrolla un interesante discurso sobre el arte de la política que rechaza por idiotas los postulados de quienes creen que puede gobernarse sin reconocer la esencia del mal o ensuciarse.


Invictus, al cabo, es una película excepcional, enfrentada al maniqueísmo, una cinta pasmosa, emocionante, hasta que de pronto, sin previo aviso, todo se desinfla en una media hora final entregada a esos indignos subrayados melodramáticos que hasta entonces había sorteado con tanta eficacia. La buena noticia, si cabe, es que Clint Eastwood sabe hacer buen cine incluso cuando no lo logra, incluso cuando las movidas presupuestarias, el afán recaudatorio de los productores o su propia e infrecuente debilidad lo empujan a tirar de unos trucos romos.


Mención aparte merece un Morgan Freeman inmenso, tan inmiscuido en las esencias de Mandela que logra que olvides al verdadero, que termines por creerte que su criatura es la original. No hay impostura en su actuación, y sí toneladas de sensibilidad, carisma, fortaleza y coraje, la confortable y asombrosa alquimia propia de un actor superdotado.


A su lado brilla Matt Damon, a estas alturas el histrión, junto con DiCaprio, más importante de su generación, que lo mismo pone voz en Ponyo que ejerce de agente indestructible en la saga Bourne, engorda para The informant!, asombra en El buen pastor o lo borda en The departed.

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