Reportaje en DEIA

Dar la espalda a los Latin Kings

Tres ex pandilleros compartirán con estudiantes vascos su violenta experiencia en la banda

Deia, 09-12-2009

Bilbao

SABES lo que le dicen a uno? Que, para entrar, la puerta es tan grande como el cielo, pero para salir, más pequeña que el agujero de una aguja". La advertencia, que los Latin Kings ejecutan navaja en mano, la recuerda ahora Julián, un chaval que llegó a ser coronado rey y que cumple condena por apuñalar en el muslo a un pandillero que quería desertar. Recién cumplida la mayoría de edad, este monarca callejero ha abdicado y trata de reconducir su vida lejos de quienes le han hecho perder, centrifugada por la espiral de la violencia, parte de su juventud. Al igual que él, Andrés y Juan Carlos también han logrado dar la espalda a la banda latina. Los tres cuentan a DEIA su dura experiencia antes de hacerlo, de la mano de la Asociación para la Resolución de Conflictos y la Cooperación, Arco, en centros educativos vascos.

Julián > 18 años

“Si digo que no quiero que me coronen, seguro que me matan”

Un tatuaje de una corona, símbolo de los Latin Kings, ilustra su espalda. La tinta, que ahora le encantaría tornar invisible, certifica su reinado en una banda que le captó con sólo 14 años. “Se metió un amigo y por no dejarle solo… Me gustaba y entré. Luego ya vi que no era como pensaba”. La filosofía que le vendieron resultó ser una patraña. “Decían que si uno no tenía casa, se la daban con el dinero que pagábamos, dos euros a la semana, pero todo se lo quedaban los reyes más altos de Madrid, se lo gastaban en ropa, drogas, coches…”, detalla.

A pesar del desengaño, no es fácil echar marcha atrás allá donde la disciplina se enseña a puñetazos. “Si uno no bajaba al parque, nos pegábamos una paliza entre nosotros porque si falta uno, fallan todos. A los que habían faltado les iba peor”, precisa con la naturalidad de quien se ha criado en la violencia. El “miedo” de las primeras citas lo fagocitó la rutina. “Uno se va acostumbrando, llegaba y decía: Bah, un castigo, no pasa nada. Es lo que pretenden, hacerse duros para no sentir nada cuando les dan”. Él, en cambio, sí sentía. Ira. “Si me pegaban a mí primero, sentía rabia y me desahogaba con mi compañero. Era una confusión bien grande”.

Lejos de privilegios, el día que le erigieron rey, este chico colombiano recibió más palos. “Tenía que haberme aprendido su literatura y, como no me la sabía, cinco reyes me golpearon cinco minutos sin parar. Si me daban en mis partes o en mi estómago, gritaba, pero no paraban. Así fue mi coronación”, resume, ajeno a la angustia que en cuerpo ajeno siembra su estremecedor relato. Antes de asumir el cargo, dudó. “Pensé ¿Qué hago yo aquí?, pero si digo que no quiero que me coronen, seguro que me matan. Así que dije que sí y comencé a recibir golpes”. Su familia callaba. “Yo creo que lo sabían, pero nunca me dijeron nada. Mamá ha sufrido muchísimo. Ahorita la veo muy contenta y yo también lo estoy”, señala.

Superada la paliza, era Julián quien tenía la sartén por el mango. “Me sentía poderoso, me gustaba mandar”, reconoce. Sin embargo, él también recibía encargos. “Un compañero quería salir de la banda y un rey superior me mandó clavarle una mariposa porque para salir de ahí tenía que firmar con sangre. Me dijo que si no lo hacía, a mí me iban a hacer el doble o más. Le fui a buscar con otro, nos metimos en un colegio cerrado y comenzamos a agredirle muy bruscamente. A mí se me escapó, bueno, se me escapó no, le clavé la navaja en el muslo. Cuando terminamos, me asusté y le acompañé al médico”, confiesa.

Ahora que cumple condena – quince meses en un centro semiabierto y tres de libertad vigilada – se arrepiente de su delictivo pasado. “Lo más grave es lo de ese chico, pero antes ya tuve unas cuantas condenas por agresiones y robos. Cuando estaba en la banda estaba hecho un vago. Podía haber hecho muchas cosas en vez de desperdiciar mi tiempo así”, admite. Tras pedir “muchos perdones” a su víctima – “ahorita andamos juntos”, dice – , Julián tiene, por fin, planes de futuro. “Quiero sacarme la ESO y estudiar electrónica”, sueña en alto.

A recapacitar le ayudó, antes de ingresar en el centro, el presidente de Arco, Rafael Marcos. “Me dijo que podía seguir en la banda o buscar soluciones. Decidí tomar esta salida y no me arrepiento”, afirma. Tan concienciado está que va a dirigir el área de juventud de la asociación, que se presentará esta semana en Bilbao. “Quiero ayudar a otros a evitar situaciones arriesgadas”, explica. Para quien ya esté dentro, ofrece un consejo. “Que le diga a la Policía que quiere salir y no le dejan. Y si puede desaparecer un tiempo de su barrio, mejor”.

Andrés > 19 años

“Nadie prefiere los golpes a estar con su familia, tranquilo”

Apenas estuvo unos meses atrapado en su telaraña, pero fueron suficientes para darse cuenta de que lo mejor era escapar. “Allí sólo hay dos opciones: o te quedas en el mismo sitio y recibes palizas o vas ascendiendo”, sintetiza este chico colombiano, que se metió en los Latin Kings con 16 años por “la desocupación y la presión grupal”. “Yo no tenía ni puñetera idea de lo que se hacía ahí, simplemente entré y lo vi con mis propios ojos”, avala.

Lo que Andrés vio es que se gastaban su dinero en “fiestas” y que cuanto más escalaba uno en la jerarquía, menos golpes encajaba. Honesto, desmiente, sin embargo, que le bautizaran a puñetazos. “A veces por televisión se exagera. Eso de que te meten una paliza o tienes que hacer alguna misión antes de integrarte es pura mentira”, asevera este damnificado de la crisis, que “hace poco trabajaba de embalador en una fábrica”. Aunque a él no le encomendaron agredir a nadie, sí le mandaban “atraer a más gente. Si no la traías, recibías”, zanja.

Deseoso de esfumarse, aprovechó una visita de los Latin Kings a su casa para poner punto y final. “Fueron muy cantosos, mi familia se dio cuenta, yo quería apartarme y era la ocasión perfecta”. Antes, pidió a uno de ellos que “dejara claro todo arriba” para que no le molestaran. “Eso sí, me dijo que desapareciera un tiempo. Estuve ocho o seis meses por Colombia”. Libre, accedió a colaborar con Arco para predicar con el ejemplo. “La gente no es tonta. Nadie prefiere los golpes a estar con su familia, tranquilo. Eso sólo te lleva a problemas, a deudas y a que tu vida dependa de una gente a la que ni siquiera le importa”.

Juan Carlos > 17 años

“Me decían que si quería salir, tenía que pagar con la sangre”

Tiene una cicatriz en el muslo y otra, más profunda, en el alma. La primera se la hizo Julián, pero él le disculpa. “Soy su amigo, me pidió perdón y todo lo hizo porque le mandaron”. La segunda, aún si curar, es el vestigio de su paso por los Latin Kings. “Me engañaron diciéndome que eran una familia, que ayudaban a quien lo necesitaba, y me metí”. Sólo tenía 14 años. “A robar sí iba. A peleas no, porque iban con cuchillos y machetes a por los Ñetas y otras bandas”. Aunque la violencia no le gustaba, a veces se veía forzado a utilizarla. “Si me quedaba parado, pagaba yo”. Fruto de aquel infierno, le condenaron a diez meses de libertad vigilada por pertenecer a la banda y aún tiene pendiente algún proceso judicial.

Durante los tres años que estuvo enganchado, Juan Carlos trató varias veces de huir. Pero ni siquiera su escapada a Soria sirvió para darles esquinazo. “Quería alejarme, pero no me dejaban. Mandaban misiones para que me cogieran y me amenazaban. Me decían que si quería salir, tenía que pagar con la sangre, que matarían a mi familia… No tenía a nadie que me ayudase a salir y a mi madre no le contaba nada para que no se preocupara”.

Arrepentido de haberse “metido en la droga”, haber “robado y participado en movidas”, este adolescente de Guinea Ecuatorial que estudia electricidad tiende la mano a quien esté inmerso en ese túnel sin aparente salida. “Les ayudaría a que tuvieran una oportunidad”, se ofrece y deja constancia de lo difícil que es olvidar a los Latin Kings. “Yo no puedo ir por Madrid centro. Si me ven, me matan. ¿Tú crees que si esa gente se entera por el periódico, me podrá hacer algo?”.

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