Desde otra mirada

Un minarete en mi ventana

Deia, 07-12-2009

Es bien conocido que los suizos votan para decidir casi todo, sana costumbre democrática que ejercen sin mucho entusiasmo pero sí con frecuencia. La pasada semana decidieron prohibir la instalación de minaretes. Libertad de religión y mezquitas sí, pero alminares no. Así que los suizos no oirán al almuédano llamando a la oración desde el minarete, torre que a mí sí podrían plantarme delante del balcón. También a mí me gustaría poder votar estos aspectos de nuestra organización social; no tengo duda alguna sobre el resultado. Un minarete aquí o allá creo que es pura anécdota en la Europa actual, similar aunque en el anverso a la eliminación del crucifijo en las aulas dictada por el tribunal de Estrasburgo. París, Madrid o Londres, como muchas ciudades europeas ya conocen las mezquitas, tantas que algunos piensan que tal vez estemos invitando al invitado a ser invasor. Porque en esto de la libertad religiosa no existe reciprocidad alguna. No me refiero a lo que el corazón siente y cree, sino a la organización de nuestra convivencia. En ningún país musulmán, desde la poblada Indonesia hasta los occidentalizados Túnez o Marruecos, existe posibilidad de organizar una iglesia aun sin púlpito ni campanario; aquí pueden empezar a pedirnos la sustitución de las fiestas cristianas, el viernes por el domingo, ramadán oficial, la sharia como norma legal y los minaretes para anunciarlo, mientras, en ellos yo sigo siendo mujer – humano de segunda con obligación de velo, chador, niqad o burka según el caso, y con problemas hasta para llevar pantalones. No existe atisbo alguno de quid pro quo con ellos. Así y todo, nuestro problema no son los musulmanes sino nosotros mismos, los europeos, que hemos abandonado nuestros valores porque ya no creemos en nada, y en la nada podemos terminar. Existen musulmanes como el erudito turco Fethullah Gülen que ven en la cultura y el diálogo entre los seres humanos la única vía efectiva para conseguir un verdadero acercamiento, la llamada alianza de civilizaciones aunque sin el disolvente relativismo posmoderno del señor Rodríguez ni un cosmopolitismo ilustrado manifiestamente insuficiente. Necesitaríamos auténtica altura de miras espiritual como la de Teilhard de Chardin, la de Urs von Balthasar y sin duda también la del hombre bueno Fethullah Gülen. Mientras tanto hemos de conformarnos con que los suizos taponen uno de los huecos de nuestra europea carencia de valores.

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