HABITACIÓN SIN VISTAS Relato de un recorrido por la Barcelona del realquiler que se oferta en los locutorios de barrio
Pareja latina busca habitación
La Vanguardia, , 24-11-2009VIOLETA MANNERS MOURA – Barcelona
ara buscar habitación en Barcelona hay básicamente P dos opciones: internet o las carteleras de los locutorios de barrio. Este artículo relata la experiencia de una mujer joven que trata de encontrar una habitación para ella y su pareja siguiendo las ofertas colgadas en las carteleras de los locutorios del Raval y el Eixample. Un recorrido que le abrirá las puertas de un cuarto mundo que convive oculto con el primero, el de la Barcelona turística.
El primer anuncio en el que repara encaja más o menos en el perfil: “Se alquila habitación a persona sola o pareja, (pref. bolivianos)”. La acepción pareja tiene aquí su significado más lato y significa, de modo indistinto, un hombre y una mujer, madres, padres e hijos o, simplemente, dos personas que quieran compartir el mismo espacio.
CALLE SANT PAU. 350 EUROS Amor y un candado La propietaria que recibe a su potencial cliente le ofrece los 50 metros cuadrados de su piso. No hay más espacio. En un listado colgado por detrás de la puerta de entrada están los nombres de las cinco parejas que allí viven y que, según el plan, limpian el piso por turnos. En el fondo, esto es una versión ligeramente mejorada de las camas calientes. Aquí, a cambio de 350 euros, se obtiene el derecho de uso exclusivo de un cuarto cerrado con un gran candado dorado. No hay sobreocupación, asegura la propietaria, pese a la lista que hay detrás de la puerta. Jura y perjura que en estos
50 metros no viven más de seis personas.
CALLE RIERA BAIXA. 350 EUROS Peces para un acuario En la calle hay comercios de ropa en segunda mano tan cara como la de primera y en la esquina se reúnen grupos de chicos magrebíes. En frente hay una tienda de material paramilitar y accesorios skin.En las escaleras, llenas de basura y colillas, dos chicas asiáticas bromean a costa de los visitantes. En el piso, un hombre de unos 50 años con una camiseta demasiado corta, abre la puerta. Al fondo hay un comedor algo sucio y un acuario con agua sin peces. Detrás de una puerta semi cerrada acecha una litera con colchas de un blanco avejentado. Aquí viven él, su mujer y los tres niños, dueños de la litera, de los juguetes, de los casetes VHS y de las docenas de muñecas que desnudas, sin cabeza y sin ojos, observan desde el fondo del salón sentadas en un sofá.
En la habitación libre está la carcasa metálica de una cama sin colchón, una estantería sin estantes, un cubo con ropa y agua sucia y un suelo de azulejo que debe de haber sido blanco. El baño y la cocina, los enseñará después de cobrar el alquiler de preferencia a una pareja de latinos. Si se quedaran en el piso serían siete personas.
CALLE PALOMA. 170 EUROS Alquiler por cabeza El techo bajo del pasillo, de unos 50 cm de anchura, está forrado de ropa tendida. Una mujer abre la puerta y enseña los 40 metros cuadrados en los que ya viven dos latinos yuno eslovaco que esperan sin ansiedad los nuevos inquilinos.
El distribuidor es muy estrecho y sólo cabe una persona. No obstante, cabe aquí una mesa de formica con cuatro bancos en donde se come y se ve la tele. La habitación tiene una ventana bien aprovechada pues por ella salen todo los vapores de la cocina y allí también se cuelga toda la ropa lavada del piso. Allí, entre estratos de grasa y polvo, a los nuevos inquilinos les espera una litera de la que ha desaparecido la parte de arriba. Aquí el alquiler se cobra por persona y no por habitación. Si se quedasen serían cinco inquilinos.
CALLE DE LA CERA. 300 EUROS Felices juntos, más el inquilino Por encima de la calle, de las motos, los locutorios y los mercadillos vive una familia que alquila techo y un hogar acogedor por el mismo precio. Son bolivianos jóvenes, humildes y alegres, y viven con su niño y un guardia jurado que trabaja de noche. En la habitación libre, y sin ventana, vivía antes el tío del niño, que volvió a Bolivia por falta de empleo. Las paredes son de piedra y hormigón desnudo y el pavimento es de linóleo. Lo que la casa tiene de fría, antigua y oscura, lo tiene también de limpia, agradable y acogedora. Los caseros justifican la sencillez del piso mientras cogen el niño en los brazos: “Somos gente de bien, igual que la casa: sencilla, sin lujos pero cuidada. Es que somos inmigrantes…”, sonríen. Si se quedaran en la casa vivirían seis personas.
CALLE HOSPITAL. 320 EUROS Condominio cerrado Por el aspecto del portal del edificio uno podría creer que nadie vive en él. Pero en realidad, cruzado el umbral, da acceso a un estrecho y oscuro laberinto de entradas y escaleras. Parece una colmena donde hay ropa colgada por todas partes hasta el punto que no se alcanza a ver el cielo. Aquí se esconde un barrio en miniatura donde gente entra y sale con prisa, esquiva y ocupada.
Después de muchos corredores, entradas y escalinatas se alcanza un edificio en mal estado, alto y sin ascensor. Algunas ventanas iluminadas dan idea de la altura de esta finca. Allá arriba vive una pareja de ecuatorianos mayores y su inquilino de 50 años. La primera pregunta de la mujer materializa su preocupación por alquilar a sudamericanos o, por lo menos, a quien suela “tratar con latinos”. Se excusa, cansada y desilusionada, y se justifica por la sencillez del piso despojado y vacío. Las paredes cambian entre tonos de colores oscuros por tohanda la extensión del piso y se perciben desniveles sutiles por debajo del linóleo que también varía. Hay un sólo lavabo minúsculo que sólo ocupa la anchura de la ducha cuadrada. La habitación para alquilar no es pequeña y está bien amueblada con la mayor y más barata cama de Ikea flanqueada por un armario y una ventana de donde se cuelga la ropa y que da para otra vivienda cubierta de sábanas volantes. Al lado de la salida están los pocos objetos de decoración: fotografías antiguas cubiertas con polvo y aguantadas por muñecos. El trastero también está en alquiler. De vivir aquí serían seis personas.
EN BARCELONA Debajo de la escalera Para la perrita yorkshire es una mansión, para su hijo de 14 años, un agujero. Para ella es su hogar.
Es dominicana, tiene 31 años y vive debajo de una escalera con su hijo y su perrita. Ella es el reverso de este mercado: en lugar de ofertar, demanda habitación. Busca un cuarto para los tres pero huye de los servicios sociales pues teme que se le quiten el hijo por las condiciones en las que vive.
Pasó los últimos meses de habitación en habitación hasta que consiguió este espacio de lo que se enorgullece por haber hecho
del altillo una habitación para su hijo en donde “por lo menos puede tener su privacidad.”
En cambio el chico está desesperado y amenaza constantemente con irse a un centro de acogida por todo lo que le falta y que ella no le puede dar. Los 700 euros que gana no llegan para nada. Llora y suspira: “La perrita, pobre, ella está bien. No sabe nada. Si no fuera por el animalito… Son los mejores momentos del día”.
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