Nostalgia marroquí

La desazón ha acabado por minar el estado de ánimo de estos inquilinos marroquíes, que viven en una casa ocupada en Martutene. Sopesan marchar a Jaén para ganar el jornal recogiendo aceitunas, pero ni siquera tienen para cubrir el viaje.

Diario de noticias de Gipuzkoa, Jorge Napal , 23-11-2009

vIVen sumidos en un permanente estado de abulia, con la esperanza de salir adelante, pero tropezando más de lo imaginable tras un propósito que no hay modo de materializar. El encuentro tiene lugar en Martutene, donde Hassan, Azis y el resto de miembros de esta atípica comunidad abren las puertas de su morada a este periódico. El ambiente de cordialidad preside la sala, rica en fragancias, impregnada por el aroma especiado que proviene de una olla en la que se cuece carne de vaca con patatas y zanahoria. Quienes residen en el número 59 de Martutene son miembros de una comunidad desengañada, que lo apostó todo a una carta al salir de su Marruecos natal, y dejan ahora pasar los días sin pena ni gloria, a la espera de una oportunidad que no acaba de llegar.

Parecen los protagonistas de la célebre película Los lunes al sol, pero con carné marroquí. “No hay trabajo, ni prestaciones sociales. No hay nada”, lamenta el joven Karim, el único que no quiere salir retratado en la foto. Se le agotó el paro en marzo. Dejó de pagar el piso en el que vivía de alquiler y durmió durante tres meses en un coche que finalmente tuvo que vender “¿Cuándo sale este reportaje?”, pregunta el joven. “Que la gente se entere de cómo estamos. La cosa está chunga”, suelta con una jerga adquirida sin demasiado esfuerzo tras sus múltiples trabajos temporales. Como él, miles de compatriotas abandonaron el país con una licenciatura bajo el brazo, y se reparten ahora por toda la geografía estatal, ganando unos euros a base de recoger fresas. El día para Karim y los suyos siempre comienza con una punzada de esperanza. Quizá sea hoy, se dicen, el día que comience algo a cambiar. Pero nada, nuevo tropezón. Pronto caen en la cuenta de que es más de lo mismo. Para el mediodía, la apatía y cierto escepticismo se adueñan de él y de sus compañeros que, pese a todo, reconocen no pensar ni un solo instante en la posibilidad de regresar a casa. “Supone una vergüenza”, declaran. Ellos descartan esa vía, pero saben que cada vez hay más compatriotas que en su día gastaron 6.000 euros para probar suerte y ahora intentan ahorrar otro tanto para regresar a su país, abatidos e inmersos en la más profunda depresión.

convivencia tensa

Reducidas dimensiones

No son ningunos recién llegados. Ni tampoco van buscando basura por las calles. Todos ellos gozan de una dilata vida laboral en Gipuzkoa, con un sinfín de contratos por ETT, mano de obra barata de la que se prescinde de inmediato en cuanto las cosas vienen mal dadas, como es el caso.

La vivienda suele ser el principal escollo para sentar la primera piedra de una vida más o menos digna, pero ellos al menos se quitaron ese quebradero de cabeza al encontrar una deshabitada. No son hombres, en todo caso, que vivan de brazos cruzados. “He mandado solicitudes a más de 500 anuncios y nada”, lamenta Hassan, que no deja de remover el contenido de la olla mientras sus compañeros fuman tabaco de liar. “Necesitamos que el Gobierno nos eche una mano”, comulgan los cuatro.

Karim, de mirada escrutadora y cazadora vaquera azul, admite que las trifulcas en las viviendas ocupadas suelen ser habituales, pero “no tanto porque haya desencuentros entre argelinos y marroquíes, como se dice”, sino por las reducidas dimensiones en las que se ven obligados a vivir, que propician el ambiente tenso y una convivencia, en ocasiones, insoportable.

Los habitantes de la casa hacen gala de su hospitalidad, y ejercen de anfitriones, ofreciendo al visitante lo poco que tienen.

- ¿Un té?

Apenas han transcurrido unos minutos desde nuestra intromisión en el piso, siempre con la incertidumbre de la acogida, pero el breve espacio de tiempo es suficiente para descubrir unas personas que dan muestras de su humildad y laboriosidad a partes iguales, arrinconando por unos instantes el quebradero de cabeza que les ocasiona su peliaguda situación laboral. La cocina está razonablemente limpia. Sus moradores, que ocupan esta vivienda desde hace un año, aseguran que no es fruto del azar, que se reparten las tareas.

-¿Es cierto que en esta misma vivienda han estado alojados algunos menores del centro de Deba?

Se miran, pero responden sin titubeos. Dicen que ni hablar, que no quieren saber nada de “los chicos del pegamento” , que ya no tienen tiempo de “jugar a otros juegos”. Resopla mientras da respuesta Hassan, de 45 años, y retoma el hilo de la conversación Azis, de 47, que combatió durante doce en el Sáhara y salió de su país con una diplomatura que de nada le sirve aquí.

- ¿Y qué hacen en todo el día?

Jamal, de 36 años, sentado en el sofá mientras fuma un pitillo de liar, explica que justo cuando tiene lugar la visita de este periódico barajaban la posibilidad de desplazarse a Jaén para ganarse el jornal recogiendo aceitunas. Quieren probar suerte, pero ni siquiera tienen lo suficiente para cubrir el gasto del viaje. En Gipuzkoa, entretanto, rascan algún euro mediante la venta de chatarra.

Dentro de esa colección de pequeños detalles que se muestran con toda su elocuencia, sorprende a primera vista colgando de la pared de la cocina un póster de la Real Sociedad, equipo del que se declaran fervientes seguidores. “En Marruecos se dice que este deporte lo inventaron los pobres, pero ahora es manejado por ricos”, apostilla Jamal, que vuelve a colocar en el epicentro de la tertulia el dichoso desempleo. “Estamos dados de alta en Lanbide, pero no hay nada que hacer. No hay respuesta”.

Azis también cuenta con un denso currículo. Ha sido soldador por ETT, trabajó durante medio año como operario en Hendaia y en la construcción en Hernani, una ocupación de la que guarda muy mal recuerdo porque fue estafado y no le pagaron ni un euro. Sus amigos le sugieren que dé el nombre de la empresa que se valió de sus servicios gratis, pero prefiere no desvelarlo. “Ellos tienen el poder”, reflexiona en voz alta mientras se lía otro pitillo.

Jamal también arrastra su propia frustración. Llevaba medio año cobrando el paro e, inopinadamente, el cobro se suspendió hasta nueva orden. Está esperando a que se solucione el papeleo. “¿Quién nos ayuda ahora?”. Ninguno de ellos tiene ingresos ni respuesta y cada dos semanas reciben la ayuda de Cáritas.

La charla se prolonga, y Azis, que da sobradas muestras de su incontinencia verbal, aprovecha un receso para salir al balcón, junto a un paraje boscoso donde hay ropas recién lavadas colgadas de unas cuerdas.

Azis regresa, y mira al periodista con cara de pedir una oportunidad. Va y vuelve por un largo pasillo del que cuelga un cuadro firmado por un tal Fontainer, que en su día pintó sobre el lienzo a tres vacas pastando junto a un lago. En la sordidez del habitáculo, el cuadro parece una alegoría del mundo mejor al que se aferrran sus inquilinos. “No nos fuimos de nuestro país escapando de la miseria”, precisa Azis tras una nueva bocanada.

-¿Por qué lo hicieron entonces?

Azis comienza a lanzar imprecaciones contra Mohamed VI, el rey de Marruecos. “Vivimos en un país rico que tiene pescado de sobra. ¿Pero quién se lo queda? Han muerto muchas personas intentando escapar bajo camiones, en pateras. ¿Todo eso le importa a Mohamed?”.

Azis, que sólo pide democracia para su país, se calma unos minutos después de dar rienda suelta a su amargura. Sus compañeros se disponen a comer, y él les sirve el alimento, bendito alimento.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)