Desenterrando céntimos de euro de las cenizas

El Mundo, QUICO ALSEDO, 05-11-2009

Cañada Real. Los rumanos ‘rentabilizan’ los vestigios del incendio y se preparan para soportar el duro invierno en sus chabolas Así se las gastan en El Gallinero, la Calcuta rumana de la Cañada Real: hace apenas unas horas que han ardido 11 chabolas, y dos niños de no más de 12 años se afanan en arrancarle las tripas a un coche recién quemado. Objetivo: revenderlas. Tiran de los cables, rompen los plásticos, desmontan todo lo desmontable. Saben cómo hacerlo.


Al lado, sus padres hurgan prácticamente entre la ceniza para desenterrar pedazos de vida chamuscados: «Luego los llevamos a chatarría [sic]», dicen, con las manos enterradas entre escombros.


Cerca de allí, tres jóvenes rumanos meten como pueden una enorme nube de espaguetis de aluminio en un coche familiar. Lo empujan a presión y cierran las puertas resoplando. Lo llevan «a Vicálvaro», donde les pagan, dicen, una miseria: «Diez céntimos por kilo».


No es un día más en El Gallinero. Anoche, una «bola de fuego» de «más de 10 metros de alto» arrasó las chabolas de más de 10 familias, y la cosa no fue a más de milagro, porque «esto se pudo convertir en una antorcha», dice Javi Baeza, el célebre párroco de Entrevías.


La bola de fuego la vio bien María, que vive al lado y estaba con «unas amigas, las pipas y la cola» – comiendo pipas y bebiendo coca – cola – cuando «oí unos gritos, salimos afuera y vimos a la mujer con todo el pelo ardiendo, que nos decía: ‘Quítamelo, quítamelo’».


Mientras María, que parece una adolescente pero tiene ya dos niños, cuenta que «las llamas eran más altas» que un árbol de unos 12 metros, aparece el protagonista del día, Dumitru, el padre del hogar en que surgió el fuego, que se pone a vagar como melancólico por entre los restos de la macro hoguera.


Los flashes le acribillan pero el hombre, que acababa de salir de una furgoneta de la Cruz Roja con una litrona de cerveza en una mano y una escayola en la otra, parece ausente de puro desconsuelo.


Hace sol y la afluencia de cámaras comienza a convertir El Gallinero en el habitual parque temático periodístico. Lo aprovecha y muy bien Constantin, un avispado chaval de 21 años cuyo tercer hijo acaba de nacer – «la vamos a llamar Samantha, es un nombre español, ¿no?» – , y cuya chabola se quemó parcialmente, aunque sigue en pie.


«Mira, esto lo tiro, pero esto no», señala Constantin una pared completamente quemada. Un voluntario le explica que una pared así arde con apenas un poquito de calor, pero a él plin. Las autoridades han ofrecido a las familias que se han quedado sin casa realojarlas en un campamento, pero «ya saben que estos no se van de aquí», dice el cura de Entrevías.


Constantin sólo tiene una cosa en la cabeza: «Sólo necesito un mando de la Playstation, con eso vale para mis niños», explica mientras muestra una televisión a medio calcinar. Entretanto, y aunque no menos de 150 personas merodean alrededor, el fuego parece que se ha reanimado y hay una tímida fogata en el lugar en el que todo empezó, donde Dumitru, su mujer y su hija de dos años vivían, y vivirán en cuanto levanten de nuevo su casa.


«Ahí teníamos 300 euros, ropita, zapatos, todo», le dice Elena, otra damnificada, a un voluntario. «Necesitamos 400 euros en madera para levantar otra vez la chabola. Los gitanos de allá [señala a Valdemingómez] te cobran 40 euros por una tele y 100 por un frigorífico». Elena pide todos los días en Nuevos Ministerios, al lado del mercado que se coloca en la entrada del Cercanías. Saca «unos 10 ó 15 euros al día», y luego «una señora muy buena» le da «ropa y comida». Después le suelta al redactor, en un aparte: «Dame dies euros, purfavor».


Y ahora, a por más madera


Más madera. No es la guerra, sino lo que se necesita en El Gallinero para levantar las 11 chabolas caídas. Lo explica Florian, que hace de cicerone de Ilia y Daniela, que tuvieron la mala suerte de que se les quemara la casa tres semanas después de instalarse en España. «Estas chabolas se hacen con lo que pillas», dice – el castellano de Florian, como el de todos los rumanos que salen en este reportaje, está en realidad reconstruido – . «Primero usamos puertas de madera para las paredes, luego les ponemos por fuera lonas como las que usan los camiones, y por dentro ponemos mantas y alfombras… Es más o menos así». No hay que explicar que las lonas arden como papel de fumar y que las alfombras son el combustible perfecto para las chispas que puedan surgir, como ayer, de una vitrocerámica traicionera.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)