12.000 personas siguieron la «rave» olímpica en la Plaza de Oriente
¿Qué hay que hacer para ganar?
La Razón, 03-10-2009Madrid – «Lo mismo que hay corazonadas, hay presagios. Segundos antes de que Jacques Rogge dijese el nombre de Río de Janeiro, un niño lloraba desconsoladamente. No había ninguna razón aparente; después sí la hubo. Él no lo sabía, pero sus padres, y miles de madrileños, se hubieran puesto a patalear a su imagen y semejanza si no fuese porque hay edades en las que es mejor suspirar y llorar que tirarse al suelo fruto de una rabieta más que justificada. Rogge pronunció Río y nadie se rió; más bien, al contrario, algunos se quitaban la gorra con el lema 2016 y otros se despojaban la camiseta en silencio. «Otra vez y van dos consecutivas», se lamentaba un joven que llevaba España en las mejillas y logo de la capital de la frente.
Yo, si fuera miembro del COI, me evitaría pasar por Madrid al menos hasta cuatro o cinco mesecitos, hasta que se nos pase el disgusto. Vale que somos una ciudad acogedora, amable y abierta pero ayer, y lo que nos dure, sinceramente, a estos señores y señoras les estamos empezando a coger manía.
Horas antes, con la Plaza de Oriente transformada en una «rave» olímpica, confirmó lo que defendía uno de los vídeos promocionales de la candidatura: esta ciudad tiene miles de madrileños con carné de distintas nacionalidades.
Una mexicana botaba por Madrid, no por Río: «Llevo viviendo ocho años aquí, es mi ciudad», y parecidos argumentos utilizaban cubanos, ecuatorianos, colombianos… «Los argentinos estamos con Madrid», se leía en una pancarta. En ese momento no conocían más fronteras que las que separan un barrio de Madrid de otro. La alcaldesa en funciones, Ana Botella, no dejaba de sonreír orgullosa por la exposición de la delegación española y, sobre todo, por las palabras de José Antonio Samaranch: «Ha sido lo más emocionante», afirmaba, no sin destacar la elocuencia y los vídeos de presentación.
Mientras, un poderoso «lobby» brasileño se movía por la plaza a ritmo de samba. No eran muchos pero sí los suficientes para hacer ruido y que el amarillo y el verde empañara el rojo–España.
Uno de esos adolescentes con pantalones a la altura de la entrepierna anticipaba: «Esto va a ser horrible». Lo dijo después de aplaudir la eliminación de Chicago – «¡Obama no es infalible!» – , exclamó y gritar «sayonara» a Tokio en el mejor estilo de Schwarzenegger en «Terminator», mirando de reojo a esos brasileños que se mostraban a las cámaras de televisión haciendo de la arena de la Plaza de Oriente una suerte de Copacabana sin mar.
En esos momentos, entonces sí, entró el pánico escénico: o Río o Madrid. Y la gente se convirtió en analistas olímpicos de estos señores, que para mí, eligen las sedes pensando dónde quieren pasar sus vacaciones.
Surgió el temor, cierto, de no repetir en el mismo continente, la inquietud, nada alejada de la realidad, de que ningún país de Iberoamérica había sido sede de unos Juegos Olímpicos. Y ocurrió. La plaza enmudeció. El silencio y las lágrimas iban calle Arenal y Mayor arriba y, como hacemos siempre los madrileños, en las buenas y en las malas, nos fuimos de cañas… Hasta 2020, ¿no?
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