El ruido y la furia

El Correo, PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA, 01-10-2009

D espués de la diversión llegan los problemas. Es una de las tres o cuatro leyes inexorables sobre las que se sostiene el universo. Así, después de la fiesta llega la resaca, después del enamoramiento llega el matrimonio y después de alterar un poco el orden público con los amigos en plan horda justiciera llegan las citaciones judiciales. El mundo es así, qué le vamos a hacer. Un centenar de vecinos de La Arboleda lo acaban de comprobar. Ellos salieron a protestar por la llegada de una familia gitana, armaron mucho escándalo, se fueron creciendo animados por el eco de sus propios berridos y el asunto terminó yéndoseles de las manos. Hubo amenazas, sabotajes, insultos y más cosas. El resultado: un centenar de imputaciones por acoso.

En aquellos días de ruido y furia, los vecinos se quejaron de que los medios les satanizaban. Por lo que se ve, también la Policía y los jueces les tienen manía, ya que el número de imputados es llamativo. En La Arboleda, cien personas componen un porcentaje elevado de la población. Entre los invitados a dar cuenta de sus actos están el presidente de la asociación de vecinos y una teniente de alcalde del Ayuntamiento de Trapagaran. No parece que su responsabilidad sea la misma. Que a un particular le dé por promover representaciones vivientes de ‘La jauría humana’ es malo, pero es peor que un cargo político cometa a sabiendas ilegalidades, como negarles a unos ciudadanos el empadronamiento al que tienen derecho.

Deberían calmarse definitivamente las cosas en Trapagaran. Los vecinos deberían esperar a que alguien cometa un delito para acusarle de ser un delincuente, los niños no deberían verse involucrados en las violentas supersticiones de los adultos y el resto de vizcaínos deberíamos volver a coger el funicular de La Reineta para regalarnos con alubiadas memorables. Nos dicen que en La Arboleda se han sentido a veces maltratados por una opinión pública que les acusaba de racistas, algo que afirman no ser. Lo celebramos mucho. Y más ahora, cuando la secuenciación del genoma nos sugiere que las razas, sencillamente, no existen.

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