"Reclamo mi derecho a ver gente pobre, que no la oculten en nombre de un ideal de espacio público para clase media"

Diario de Noticias, m. gonzález, 26-09-2009

pamplona. Profesor de la Universidad de Barcelona y autor prolífico, Manuel Delgado, premio Anagrama de Ensayo en 1999 con El animal público. Hacia una antropología de los espacios urbanos, forma parte de numerosos grupos de investigación sobre urbanismo. Polemista contumaz, este agitador de movimientos sociales visitó Pamplona para participar en un charla organizada por la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona como acto complementario de la exposición del artista pamplonés Eduardo Córdoba. Bajo el título La ciudad, espacios relacionales y topológicos , el artista pamplonés exhibe hasta mañana en el Batán de Villava 24 de sus creaciones, entre esculturas y pinturas, una obra que supone la traslación plástica de las ideas del propio Delgado sobre el espacio público.

¿Cuál es su ideal de ciudad?

Ninguno. Un ideal de ciudad tiene que ser por fuerza catastrófico porque la realidad nunca estará a su altura. Además, si tengo un ideal de ciudad, todos los que no se adapten a él quedarán automáticamente excluidos y yo defenderé siempre que en una ciudad no sobra nadie. Desconfío de cualquier tipo de utopía que presuma cómo debe ser una ciudad, porque no veo la forma de evitar que acabe excluyendo a todos los que no se parezcan a ese ideal

Hagamos el planteamiento a la inversa. ¿Qué es lo más negativo de las ciudades actuales?

A mí la ciudad me interesa poco, me interesa el espacio urbano, que no es lo mismo. Si a Pamplona le quitas los edificios, los puentes, los desagües, las infraestructuras… lo que queda es el espacio urbano, un tipo de intersección caracterizado por estar hecho de diagramas, entrecruzamientos… Me interesa ese tipo de vida social que se organiza justamente a partir de la inestabilidad, del movimiento, y que está hecha de desplazamientos mucho más que de emplazamientos. Es el espacio en el que las cosas se juntan, es la vida. Todo lo que me disgusta o todo lo que sea capaz de amar estará ahí.

¿Cómo se puede definir ese espacio público?

El espacio público son sus usos. Como decía Cortázar, un puente es un hombre cruzando un puente. Espacio público es el espacio de los entrecruzamientos, porque no hay otra cosa que una suerte de trama que no hace sino tejerse constantemente ante nuestros ojos. Lo que ocurre es que no estoy seguro de que la definición del espacio público como el espacio de los encuentros – y, a veces, de los encontronazos – sea la que se está imponiendo.

¿Cuál está triunfando?

Se impone una noción de espacio público que corresponde a un ideal. Al hablar de espacio público se habla de un espacio que encarna los principios del consenso democrático, lo que sería, por decirlo de algún modo, el acuerdo social pacífico entre seres libres e iguales que actúan siempre de una forma responsable. Ese espacio público, del que cada vez se habla más desde instancias oficiales, que se cuida y en nombre del que se alinean constantemente nociones como ciudadanía o civismo, no existe y como se quiere que exista a toda costa acaba siendo un espacio de exclusión.

¿En qué se diferencia del que usted defiende?

El espacio público que estamos defendiendo es el de la vida en acción. En tu casa puedes estar tres horas sentado ante la televisión, pero la calle es, básicamente, el espacio del transeúnte. Puede haber apropiaciones más duraderas, como un concierto de rock o gente jugando a la petanca, pero nadie vive en la calle, sino en su casa. Lo que ocurre fuera son otro tipo de cosas que implican un alto grado de incertidumbre para los individuos porque nunca saben lo que les va a pasar y están condenados a encontrarse con gente que no conocen, por tanto, es el espacio social por excelencia. Este espacio, el del encuentro de personas que por fuerza se someten a la mirada ajena, no es el espacio público oficial, que es disciplinado y disciplinante, así como desconflictivizado, tranquilo y pacificado, un espacio concebido para la clase media.

¿A quién excluye este modelo?

A aquellos que de una forma u otra no están a su altura, por ejemplo, los feos, los pobres, quienes lo emplean para hablar en voz demasiado fuerte de según qué cosas, las personas que tienen otro punto de vista o no se someten al prototipo de lo que debe ser el transeúnte ideal, que pasea, va y viene de trabajar, pero de una forma previsible, ordenada. De pronto, el espacio público, que debería ser aquel del que básicamente nadie podría sentirse excluido, pasa a ser un espacio de exclusión social. Esto está ocurriendo en todas las ciudades en nombre del civismo.

¿A dónde van los excluidos?

Los echan de una parcela del espacio público y van otra. Eso ocurre con los pobres, los jóvenes, las prostitutas… y no sólo es un problema de exclusión. Escandaliza que los jóvenes hagan esa apropiación de la calle, tumultuosa, masiva y escandalosa. ¿Por qué? Yo he vivido en la calle, pero a estos los han tenido toda la vida encerrados en casa estudiando, jugando con la nintendo o en clase de judo. Les han negado la calle. Acuartelar a los niños implica que cuando tengan 14 años se vengarán apropiándose de lo que siempre fue suyo, la calle.

¿Qué se puede hacer para evitar el fenómeno de la exclusión?

Nada, aunque hay que matizarlo. Lo que digo es que no se puede ocultar de este escenario lo que hace feo, lo que desmiente ese sueño ideal que han querido imponer de gente libre e igual, pero la gente no es libre ni igual. ¿Qué hay que hacer? Dejar que lo que existe pueda ser visible. Si hay pobres, yo quiero ver pobres. Me gustaría que no hubiera gente durmiendo en los cajeros, pero si hay gente pobre, ¡qué duerma en los cajeros! Yo reclamo mi derecho a ver pobres porque el hecho de esconderlos o echarlos de la ciudad no dejará de hacer evidente que hay pobreza. Puedo barrer la ciudad, la calle, porque molestan mi visión pero no dejará de haber por ello una miseria que condena a ciertas mujeres a vender sus cuerpos en público, sólo les obligarás a esconderse o a trasladarse a otro sitio. Lo que sugiero es que, puestos a hacer, algún tipo de propuestas esta sea: deja que lo que existe se vea, no lo niegues ni lo escondas. Si quieres luchar contra la pobreza o la prostitución, lucha, pero no contra los pobres ni las prostitutas, que es lo que está ocurriendo ahora en nombre de ese espacio público para clases medidas impoluto, perfecto, previsible, limpio y amable.

¿Esta situación se da con gobiernos de diferente ideología? ¿Hay un urbanismo de izquierdas y otro de derechas?

No. Hoy existe la pretensión de que un buen plan lo soluciona todo y que si sobre la maqueta imaginas un cierto mundo social, éste se convertirá en realidad. Un plan no lo arregla todo, no acaba limando desigualdades que son crónicas. En el fondo, el espacio público puede y deber ser el espacio del conflicto, donde las contradicciones sociales se ven, reclaman su derecho a ser visibilizadas, en lugar de acabar siendo una guarnición en sentido gastronómico, es decir, un complemento que permite hacer vendible ciertas iniciativas urbanísticas o inmobiliarias, y también en sentido militar, una protección que garantiza que los entornos construidos que están en venta puedan ser vendidos como seguros. Esto es lo que está ocurriendo con el espacio público: de ser un espacio para la vida acaba siendo un espacio para el control social. Uno acaba preocupándose por esa hipervigilancia que convierte el espacio público en espacio militarizado, con cada vez más guardias jurados, más cámaras…

¿El espacio público está pensado para el mercado?

Está pensado para las personas que han sido declaradas solventes y están a la altura de un paisaje adecuado.

¿Quién decide quién es solvente?

La guardia urbana, ¿quién si no?, pero siguiendo las normativas que dicen que se puede y que no se puede hacer, por ejemplo, dormir en bancos públicos, manifestarse en determinadas calles. ¿La alternativa? Que el espacio público sea accesible a todos, que es por defecto lo que quiere decir público.

Los inmigrantes hacen un uso generalizado de los servicios y dotaciones de las ciudades. ¿Debemos tomar ejemplo?

¿Por qué hay tanta gente que les tiene manía a los inmigrantes? Porque les tienen envidia. En el fondo lo paradójico es que están recuperando un espacio del que nosotros habíamos desertado. La calle, si no fuera por ellos, sería un desierto. Los inmigrantes son uno de los factores de dinamización del espacio público.

Pero eso puede deberse a que carecen de posibilidades económicas para disfrutar de otra forma de ocio.

Eso vale también para los jóvenes y el famoso botellón. La calle va siendo de los que no pueden pagar otra cosa. ¿Y vas a negarles el derecho a la calle? ¿No es público el espacio?

¿Pamplona va en esa línea?

Dudo mucho que escape de una lógica prácticamente universal. ¿En esta ciudad qué se fabrica? Lo que vende una ciudad hoy por hoy no puede ser otra cosa que su imagen, lo único de lo que puede obtener un cierto beneficio, y eso pasa por ponerla en venta convirtiendo a sus habitantes en poco menos que figurantes de un spot y, claro, hay que estar a la altura de ese anuncio.

¿Volver al campo es la solución?

Huir, ¿por qué? Sería una impostura por mi parte decir lo que se debe hacer, pero si alguien cree que le han robado la calle, que le han expulsado de ella, ¿qué debe hacer? Recuperarla. Es proyecto de espacio público ideal del que hablamos no se cumple. Las calles no están más pacificadas ahora que antes. Continúan siendo lugares conflictivos porque la vida es conflictiva y eso no se evita ni con un proyecto ni por decreto. No se puede impedir porque la calle es el proscenio y si hay conflictos se darán en ella, como sucedió en París durante los incidentes que sacudieron las banlieues . Ni siquiera en Europa tenemos esa tranquilidad soñada.

Cierto orden para organizar la convivencia parece necesario…

Claro que sí, pero eso no se consigue a partir de esconder lo que no gusta. Si llego a la conclusión de que la pobreza es mala intentaré dotar al mundo de instrumentos para combatirla, pero la solución no es ocultarla. Esta es la exigencia del orden, de más policías y jueces, que el fondo ignora cualquier cosa que evidencia que existen problemas sociales.

¿No hay un término medio entre la conveniencia del orden y la utopía de querer solucionar todos los problemas sociales?

¿Cómo no estar de acuerdo en que el objetivo sea reducir o hacer desaparecer asimetrías sociales que afectan a las mujeres o a ciertos grupos étnicos o de edad? Pero eso no se logra a base de normativas cívicas, sino con principios que organicen la sociedad de otra manera. Es más fácil enviar la Policía a sacar a los pobres y prostitutas de la calle que plantear la urgencia de un mundo un poco más justo y amable. El discurso del orden lo que hace, básicamente, es empeñarse en negar cualquier cosa que desmienta esta tranquilidad de clase media, que no puede verse desacatada bajo ningún concepto, pero no implica que las injusticias dejen de existir, sólo que dejen de verse. Hay injusticias, asimetrías, que afectan a muchos sectores, entre otros al de las mujeres. La calle no es igual para una mujer que para mí. Yo soy un varón blanco de clase media, el rey de la creación, a mí nunca me mirarán de forma grosera ni me agrederán sexualmente ni tampoco me parará la Policía como a un varón de clase media pero de piel oscura. El espacio público no es para todos igual. Con ese tipo de políticas de orden sólo pueden evitarse los síntomas pero no la enfermedad.

Pero los ciudadanos tienen urgencias. La vecina con una prostituta trabajando en el portal de su casa quiere una solución.

Contando con que su marido puede ser cliente… ¿Es tanto pedir que se busquen las fuentes de los problemas? Hay prostitución, por desgracia, pero lo que escandaliza es que se muestre en público. Los problemas no se solucionan con la Policía ni podemos convertir todo en un problema de orden público. Ese tipo de discursos llevó al poder a según qué tipo de gente que prometió ley y orden.

¿Está hablando de una amenaza real de dictadura?

En el fondo todas las dictaduras han podido existir con un consenso social que exigía orden, y algunos lo querrían ahora, los del ‘esto con Franco no pasaba’. Esta situación puede volver a darse ahora porque el discurso del orden acaba generando básicamente totalitarismo. Claro que también depende de lo que consideremos dictaduras. Sarkozy y Berlusconi son dictaduras ¿Cuál es su línea? Tolerancia cero. No son dictaduras en el sentido torpe y grosero de las que hemos conocido. El fascismo ya no es esa cosa tosca, así ofensiva, de mal gusto, que hemos visto en la historia. Ahora es mucho más sutil, es un fascismo amable, guay, posmoderno, que se proclama en nombre de la necesidad de limpiar las calles. Esto no es una pesadilla, está ocurriendo incluso en nombre de gobiernos de izquierda, que acaban sucumbiendo a la presión de una opinión pública que exige limpieza.

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