Narrar sin juzgar, un arte
ABC, , 02-09-2009El racismo siempre ha formado parte de la historia del cine. Su temática está muy presente y no importa la perspectiva con la que se mire porque no hay ocasión en la que no se aporte algo nuevo. El paso del tiempo sólo constata que el problema siempre preocupa y se tiene la sensación de no haber aprendido de errores pasados.
Partiendo de la estupenda «Matar a un ruiseñor», por la que Gregory Peck ganó el Oscar a la mejor interpretación por dar vida a ese abogado defensor del joven negro acusado de violación; o Edward Norton en «American history X», que da credibilidad a ese nazi redimido; llegando a la nueva película de Eastwood, «El factor humano», basada en el libro de John Carlin y que recrea la final de rugby de 1995 en Sudáfrica, centrándose en la figura de Nelson Mandela y en la unión entre negros y blancos.
Se observa cómo cada cierto tiempo el tema vuelve a originar grandes películas. En España ha habido varios acercamientos al tema – algunos muy notables – de la mano de Armendáriz, Bollaín, Saura o Chus Gutiérrez.
Otra visión del racismo
Con «Crash», Paul Haggis debuta en la dirección de un modo más que sobresaliente. La película obtuvo el reconocimiento de la Academia americana – al concederle tres Oscar: mejor película, guión y montaje, más tres nominaciones al director, banda sonora y actor de reparto – y el reclamo de un público que se vio reconocido entre los caracteres y las calles de una ciudad que parecía ser de cualquier lugar con vida propia. Haggis se atreve con el racismo abordándolo de un modo muy particular. Aunque es cierto que tiene todos los estereotipos sobre la temática muy presentes, consigue darles entereza y removerlos a su antojo a lo largo de todo el metraje. Siempre guarda un as debajo de la manga y consigue emplearlo del modo más apropiado para golpear al espectador. La realidad es un reclamo a todo lo que está trazado.
¿Quién obra bien, quién mal? La película no trata de culpables o inocentes; da un paso más, trata de personas que buscan subsistir y el modo en el que lo hacen. Es sencillo para el espectador verse reflejado en ciertas dudas que recorren el interior de cada personaje, las motivaciones son claras e intentan obrar según sus circunstancias.
Los Ángeles, protagonista
Llama poderosamente la atención que el verdadero protagonista de la película es la ciudad de Los Ángeles. Haggis la trata de un modo singular y saca provecho de lo que sus calles le ofrecen. Se apoya en una fotografía que refleja los diferentes colores de una ciudad que a veces parece no tener ley. Las múltiples escenas de noche no son en absoluto turbias, quizá inquietantes, pero los movimientos de cámara y sus luces acertadas consiguen que se integren dentro de la cotidianidad.
Todo está apoyado por un espléndido guión del propio Haggis con Bobby Moresco – sin olvidar que el primero fue candidato al Oscar por la adaptación de «Million Dollar Baby» – . Nada está resuelto de un modo banal o buscando una aceptación que ya de por sí tiene al resultar la historia tan palpable. Se atreve a jugar con alevosía con lo políticamente correcto, pero un segundo después consigue que todo dé un giro, en ocasiones sin retorno. Juega continuamente con el despiste para mostrar cómo la historia deambula en torno a esa sociedad que no es tan diferente en sus estamentos; todos saben a lo que juegan y lo que quieren conseguir bajo las máscaras que representan.
Los diversos argumentos que se suceden en la película están perfectamente ensamblados. Al ser tan coral recuerda a los filmes de Robert Altman – «Vidas cruzadas» – , que se desenvolvía como pez en el agua entre tantos personajes y sus recovecos. Las historias van y vienen, no hay respiro, cada uno llega a un límite y nada es lo que el momento anterior parecía. El odio, el rencor, la reconciliación, el dolor… Todos son parte de esa pescadilla que se muerde la cola para acabar torturándose. Los diálogos consiguen una crudeza difícil de digerir. No es un truco; simplemente se escucha la realidad a través de verdades, pero la verdad es amarga y por mucho que se intente ocultar está presente y golpeando todo aquello que no resiste en el silencio de la culpa. Haggis no intenta agradar, sino mostrar con mayúsculas todo aquello que late en la sociedad y que no importa el tiempo que haya transcurrido porque siempre está ahí.
La realidad funciona, parece estar por encima de la ficción, no hay arreglos que no cuadren, no hay finales con lazos, todos tienen una explicación, ninguno queda desunido, ninguno es irreal, todos son reconocibles. Es complicado encajar la película dentro de un género; son tantos los elementos que participan en esa amplia gama de matices que no se encasilla en ningún apartado de forma categórica. Hacerlo sería limitarla.
Ansia de poder
Haggis da la vuelta a toda la película para mostrar cómo es el poder; el ansia por él está inmersa en todas las vidas del relato. Ningún personaje está limpio de lo que sería la concepción de una sociedad: todos juzgan y son juzgados – los personajes, no Haggis – , no hay forma de librarse de aquello que esconden y les persigue en una cacería sin tregua. El miedo no tiene color de piel, todos viven presa de él, pero a la vez ninguno es culpable de sentir lo que siente. Se aprecia la lucha interior de cada personaje, aunque en partes les domine aquello que más odian y muestren reacciones hirientes. El reparto elegido es brillante, todos los actores destacan y saben a lo que juegan. Mención especial merece Don Cheadle y su implicación en el proyecto – es uno de los productores y el primero al que dieron el guión – . Sus registros son amplios, sus diálogos están recitados de un modo tan natural que no parecen ni siquiera interpretados. No permite que haya descompensación, todo fluye en la misma dirección: conseguir una gran película.
Desde Sandra Bullock hasta Ryan Phillippe no hay fisuras; cada uno sabe dónde está y descubre sus limitaciones – ¡qué bien se refleja en el personaje interpretado por Matt Dillon! – . No hay pequeños papeles, todos son importantes, un mero gesto siempre tiene un porqué. Es un acierto que cada actor interprete papeles tan diferentes a los que suelen realizar en otras superproducciones, permite que la veracidad esté aún más presente y las etiquetas queden fuera de cualquier encasillamiento banal.
El montaje tiene el dinamismo preciso, todo sigue funcionando, las transiciones son elegantes y funcionan. La elección de la banda sonora aporta ese punto añadido sin caer en el sentimentalismo. Y todo encaja, hasta la nieve en Los Ángeles.
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