y Madonna

Diario de noticias de Alava, por Miguel sánchez-ostiz, 02-09-2009

A la cantante Madonna la han abucheado en Bucarest por pedir que cesara la discriminación contra los gitanos. Era mucho pedir. Dicen que jugó con fuego. No, tocó un tema sensible . Podía haber tocado el tema, ardiente siempre, de los judíos rumanos, pero en Rumanía quedan muy pocos judíos, aunque los temas sensibles relacionados con su pasado abundan: del régimen filo nazi, al disparate de Ceaucescu y a su misma Revolución del 89, pasando por los años negros del comunismo soviético y los conflictos e incomodidades territoriales.

Es un lugar común, un chiste casi, decir que Rumanía es un país ex comunista gobernado por ex comunistas. De no haber mediado la ley Tucu, por ejemplo, que permite el acceso a los archivos de la Securitate, seguiría habiendo securistas en el gobierno, los partidos, la prensa, la televisión y hasta en la Patriarchia. Un pasado no suficientemente aireado. Ningún país lo tenemos del todo ventilado. Necesitamos leyes de memoria Histórica, necesitamos legajos, archivos, reconocimientos, olvidos… Es Oscar Wilde quien escribe que el único deber que tenemos con la historia es reescribirla.

A Rumanía le costó admitir, frente a Europa, su participación en el Holocausto judío, los progroms de enero de 1941 (incluida la matanza del matadero de Bucarest) y las deportaciones a Transnitria. Ahora mismo, tratan de reivindicar de forma pública, con todos los honores, al general Antonescu responsable directo de las deportaciones y los progroms , fusilado en 1944, aunque su imagen se venere en los muros de la biserica Mihai Voda.

Pero estábamos con los gitanos que, por cierto, también fueron deportados en masa a Transnitria, además, claro, de que en Rumanía estuvieron sometidos a un régimen de esclavitud hasta mediados del siglo XIX. La suya es la historia más desconocida de Europa, por ocultada, como la masa de leyes existentes dictadas en su persecución.

Si los judíos en Bucarest son pocos, y sus sinagogas y casas de oración están defendidas como fortines, los gitanos en cambio son muchos, más de lo que las estadísticas oficiales admiten. ¿Un 20%? Bastante más de lo que a los rumanos, nacionalistas y ortodoxos, les gustaría que fueran. Bastante más de los que a los europeos que ya tenían los suyos propios, les gusta ver pululando por sus ciudades, a la husma, al descuido, al hojeo: Italia, Irlanda, Francia, España… enconos que no cesan.

Y sobre todo, los gitanos se ven mucho. Hasta hace unos años estaban recluidos (con asignación de residencia) en el campo y en regiones remotas y fronterizas, junto con otros grupos asociales y marginales, pero ahora invaden la ciudad de Bucarest, y en sus calles resultan tan omnipresente como ineludibles. Están por todas partes.

Basta caminar al azar por las calles de Bucarest para encontrárselos ocupando casas, recorriendo las calles chatarreando, paragüeando, comprando vidrio, vendiendo, mendigando, exhibiendo lacras espantosas, mutilaciones, narices cortadas, trabajando de barrenderos y de jardineros, vendiendo flores o lo que sea, pero vendiendo, cambiando, con sus grandes sombreros de lujo, sus pantalones anchos, sus faldas de amplio vuelo y sus trenzas con dijes plata antigua, sus miserias y riquezas, sus carricoches tirados por caballejos, sus infaltables fragonetas y sus Porsches 4×4, sus grandes negocios y su pobreza sin salida, prostituyéndose en las callejas (pocas) de Dudesti, lo que queda del antiguo barrio judío (se dice “histórico”) de Bucarest, por donde estuvo la Crucea de Piatra, viniendo domingueros y festivos desde el extrarradio, ocupando casas en ruinas con riesgo cierto, clasificado, de derrumbe por seismo, en el termitero humano de Ferentari; o te sientas a sus mesas, como en La Pecchia, un estupendo restaurante gitano del centro de Bucarest, o en el jolgorioso Tormen, de Elisabetha, donde hacen sus negocios – el cambio de moneda fuerte y la compraventa de oro – y les atienden sus abogados, gestores, lo que sean, los mismos que acuden al trasiego de los juzgados penales de Stirbei Voda… Las estadísticas demuestran que ni siquiera resultan significativos en los pequeños delitos. Gitanos. Sombríos unos, alegres otros. Omnipresentes e Invisibles. Aparte. Cuanto más lejos mejor. Arrastrando leyendas de infamia, rebeldes, humillados, violentos, con esa violencia que solo tiene el maltratado por sistema. Desconocidos, sobre todo desconocidos. ¿Sabemos cuántos grupos étnicos tiene la raza gitana en Rumanía?

Los gitanos están por todas partes. Los usan hasta para provocar, ocupándolas, la ruina de casas muy hermosas y poder así derribarlas y construir, especular, construir, poniendo delante el cartel infame de la constructora española: “¡Pasión Inmobiliaria!”

Los usan, a los gitanos, y si se portan mal, los apalean. Y los gitanos, curioso, no se dejan. No se dejan reprender.

Lo peor del racismo es la inadvertencia, ese mecanismo que hace que el prójimo, el Otro, molesto, se haga invisible. No exista. Si no puedo acabar con él, deportarlo, obligarle a que se vaya, no lo veo. Así es como los ataques a los gitanos – linchamientos, incendios, expulsiones – se ocultan, se tergiversan, no se ven, se minimizan, se reducen a episodios aislados, se les acusa de provocar los incidentes con su presencia, se les culpa de males que no existen.

Sabiendo lo que pasa en Rumanía con lo gitanos, el abucheo de Madonna cuando pidió el cese de la discriminación gitana, es de una lógica aplastante. Tampoco los queremos aquí. Es del dominio público.

Para saber algo de lo que esconde el abucheo a Madonna, un repulsivo asunto que nos concierne por miembros de la especie humana y por europeos, recomiendo la lectura de Enterradme de pie. La odisea de los gitanos , de Isabel Fonseca (Editorial Anagrama). Por algún lugar hay que empezar.

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