La conciencia de Occidente
Diario de noticias de Gipuzkoa, , 28-08-2009el reconocimiento de los demás en su plena humanidad, en el plano individual y en la pluralidad de culturas, es una de las mejores definiciones de “civilización” que conozco. De hecho, cuando negamos la pluralidad nos acercamos a la barbarie, al no progreso. Cuántas justificaciones se siguen esgrimiendo como algo legítimo para someter a una población diferente; cuántas se esgrimieron en la dictadura franquista con los vascos, en las colonizaciones de América y África, con las masacres de judíos por los nazis, de los armenios por los turcos o de los tutsis en Ruanda, los indios y negros en Estados Unidos, en Sudáfrica? Sólo desde el respeto a la pluralidad de las personas y culturas cabe una verdadera unidad de la humanidad.
La esencia de este necesario respeto a la identidad global de la persona quedó recogida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos como fuente de inspiración para las legislaciones de todos los países de mundo. Sin embargo, los que mandan de verdad trabajan por sus intereses inoculando el individualismo, el miedo al diferente y la lucha de todos contra todos sin ninguna conciencia, enmascarándolo como “civilización”.
En el lado occidental, Samuel Huntington es un paradigma de esta estrategia imperialista y amoral que tanto éxito político sigue cosechando desde que escribiera El choque de civilizaciones , un artículo que luego tomó forma de libro (1996). El atractivo de sus tesis reside en la simplificación sesgada que hace de la complejidad del mundo en el que actualiza el “espíritu de las cruzadas” desde un planteamiento de buenos y malos, por un lado, y de esencialismos por otro, que resulta muy peligroso a pesar de su poca consistencia y de lo que es peor aún, sin conciencia.
Este profesor de Ciencia Política presentó sus ideas a partir de la caída del Muro de Berlín: en adelante (siglo XXI), ya no se enfrentarán bloques políticos sino estilos culturales agrupados en países. A partir de aquí, se mezcla lo que él entiende como la esencia de nuestra civilización para presentarla como una propuesta política indisolublemente unida a los rasgos culturales occidentales del momento. Huntington afirma que nuestro bienestar está amenazado y receta su remedio: “La supervivencia de Occidente depende de que los estadounidenses reafirmen su identidad occidental. Las civilizaciones chocan entre sí, estamos en peligro de muerte y tenemos que defendernos” uniéndonos “contra los desafíos que plantean las civilizaciones no occidentales”.
Pero su planteamiento no es coherente ni real. No es coherente porque señala varias civilizaciones o “grandes culturas” pero desde criterios muy diferentes: en unos casos la geografía, en otros la religión o la lengua, además de obviar las lacras de nuestra decadencia. Y es irreal porque no existe una “civilización occidental” estática (ninguna lo es) en la historia como para colegir un ejemplo único y válido. Ni siquiera el número de civilizaciones es inalterable porque las culturas son vivas, se transforman e influencian entre sí con el paso del tiempo. ¿A qué periodo histórico apela Huntington para modelizarnos?
Tampoco el conflicto bélico es la única realidad para entender la historia y las relaciones internacionales. Existen otras variables en torno a la colaboración y el enriquecimiento intercultural de las personas y los pueblos, al margen del criterio de la confrontación que sus seguidores siguen manteniendo, erre que erre, empeñados en avivar “ejes del Mal” sin atender a las verdaderas causas de nuestra decadencia. Son los mismos que mintieron en la invasión de Irak y deploran la llegada al poder de Obama. No es válido como planteamiento de soluciones reducirlo todo a un enfrentamiento secular entre nuestro modelo – homogéneo, el mejor – y el resto, a la manera que lo pinta Huntington, como si el resto del mundo fuese patrimonio de los bárbaros violentos.
A raíz de los atentados del 11 – S hacía falta alguien que canalizase la rabia y el odio, aunque lo hiciese desde una propuesta carente de conciencia ética y sin pensar en las imprevisibles consecuencias de la demonización de otras culturas e ideas. La postura ante los inmigrantes o las culturas nacionales sin Estado son ejemplos bien actuales de estas ideas, alentadas por partidos políticos muy concretos.
Este planteamiento amoral tiene su contrapunto en Rodion Raskolnikov, el arquetipo literario del que se sirve Fedor Dostoyevsky en Crimen y castigo para mostrarnos el valor de la conciencia universal. En esencia, este joven estudiante quiere demostrar que la conciencia no es innata en el ser humano, sino un producto cultural como lo entendía Nietzsche en su teoría del Superhombre (Rodion quería ser uno de ellos). Para ello, planea el asesinato de una mujer que acaba complicándose, siendo dos las mujeres asesinadas. Pero él está seguro de haber vencido a la conciencia sin sentir remordimientos por estos crímenes llegando a afirmar que “tengo la conciencia tranquila”.
Acaba condenado en Siberia y, poco a poco, experimenta que más allá de la conciencia ética sólo se encuentra la locura, pues los humanos somos dueños de las acciones y omisiones que decidimos, pero no de su moralidad. Leyendo a Dostoievsky, las sibilinas arengas del politólogo de Harvard y los crímenes del protagonista de la novela no están tan lejos cuando éste se debate para salir de su atolladero moral: “Decididamente, no comprendo por qué es más glorioso arrojar bombas contra una ciudad sitiada que asesinar a hachazos a una persona”. Los instigadores de tantas políticas violentas que campan por el mundo también afirmarían que tienen la conciencia tranquila; pero la única razón es porque la tienen averiada, como Raskolnikov.
Al final, acaba encontrando el amor en Sonia cuando aún le quedaban varios años de condena; entonces, todo cambia para él y desaparecen definitivamente los fríos razonamientos y sus contradicciones en medio de las penurias que sufre para abrirse definitivamente a una humanidad plena.
El problema que subyace en Occidente es que hace tiempo que nos dejamos ilustrar por contravalores centrados en un liberalismo económico que lo supedita todo al máximo beneficio, incluso cuando el modelo está en crisis y aunque produzca monstruosas injusticias en forma de muertos de hambre y de desamor. Tampoco parece que esto nos produzca problemas de conciencia, y eso que Huntington proponía al cristianismo como valor de la civilización de Occidente. Eso sí, de manera frentista y excluyente. O dicho con vocación de cambiar las cosas, “no es signo de salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.” (Jiddu Krishnamurti).
(Puede haber caducado)