ARTÍCULOS DE OPINIÓN

Del eterno retorno

Diario Vasco, SANTIAGO AIZARNA, 25-08-2009

Allá por el 36, en Berlín, es decir en la misma ciudad en donde el entonces Führer de los alemanes tuvo que arrancarse una hebra de su bigotillo (que le dolió lo suyo) y un tal Jess Owens le desbrozó de sus neuronas el bonsai de su opinión sobre la absoluta superioridad de la raza aria über alles über alles in der Welt, otro fulano, negro también como la pólvora, un tal Usain Bolt, nacido en Jamaica para más señas, acaba de dar otro impresionante golpe (uno más en la larga lista dados en ese sentido) para ir afirmando y reafirmando que el tesoro de la superioridad étnica, al menos en esos terrenos deportivos, está más bien en territorios en donde la negritud se impone y fácilmente se advierte, que ya va siendo aplastante el dominio de la melanina, necesario componente de la fuerza, de la velocidad, de la armonía y destreza corporal, y ya aquellos héroes que cantó Píndaro, y que hicieron cincelar (dícese) esbeltos cuerpos iluminando a mentes y manos como las de Mirón, pertenecen a los albores de la Humanidad, casi allá por los tiempos en que el pithecantropus erectus empezaba a dar su primer vagido, y los territorios por donde esas minas se extienden y a las que no es preciso ir en plan de explorador a lo Livingstone porque ellos mismos saben ir (o venir) a donde les conviene, puede encontrarse quizá por donde el fabuloso reino de Saba, o las míticas minas del rey Salomón, las riquezas apabullantes de Ofir, etcétera, sin desdeñar mapas geográficos más sureños aún, que si el homérico Aquiles, el de los alados pies, nació en Jamaica como nos lo aseguraba Manuel Alcántara en su columna de la prensa diaria, debe de andar por ahí, por donde El Cabo rescata para sí y en singularidad modélica el plural tan extendido, una… ¿señora?, Caster Semenya, que ha hecho dejar en ridículo a toda la reata (que lo escribo sin ningún ánimo burlón u ofensivo) de sus seguidores, un como desfile de renqueantes carromatos tratando de seguir a la rutilante carroza, y que ha venido a poner en entredicho su sexualidad, expuesta en la prensa hasta con anécdotas divertidas…
Mística de la velocidad. Los místicos ese enjambre turbador o esa turba de enjambre, qué más da, (y reparen en que no digo ni «turba infame» o «turba canalla» como al hablar de «turbas» tantas veces llega a decirse) sabían mucho de vuelos. Lo sabemos a nuestra vez por el ejemplo más sublime, de lo que el de Fontiveros le dice a su Amado tras pedirle que le mate con su «vista y hermosura; mira que la dolencia / de amor, que no se cura / sino con la presencia y la figura», un amor de totalidad y de absorción de «ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados! / Apártalos, Amado, / que voy de vuelo», que el diálogo prosigue cuando la voz del Esposo se cabrillea gozosa en las cavernas auditivas de la Esposa, que «vuélvete, paloma, / que el ciervo vulnerado / por el otero asoma, / al aire de tu vuelo, y fresco toma». Vuelos, muchos vuelos en el rebullir de los sueños místicos que, aún no siéndonos así, más apegados como los más estamos a los polvos terráqueos que a los cúmulos y nimbos, que «¡Ay, nube envidiosa / aun de este breve gozo, ¿qué te aquejas?/ ¿Dó vuelas presurosa? / ¡Cuán rica tú te alejas! / ¡Cuán pobres y cuán ciegos ¡ay, nos dejas!» que se derretía en envidias el Fray de León, que leyendo o sin leer éstas y otras proclamas más o menos «estentóreas» (¡qué gran invento!, el más sublime y bárbaro barbarismo pero también el más maravillosamente ambivalente del léxico español desde los tiempos del mismísimo Nebrija, un palabro de dos filos nacido a la remanguillé en las neuronas surrealistas de aquel ímprobo ser que fue el tal Gil y Gil, de imperecedera memoria por tantos desaguisados cometidos en espectaculares protagonismos). Nadie o quién pudiera decir, digo yo, que nunca soñó en vuelos majestuosos, la gloria sublime de la gaviota sobre el estridor de las olas marinas o la bala en azor que fulmina a su objetivo de un zarpazo letal, obús que ni deja estremecerse a su víctima, al margen de los vuelos místicos -de los de los ortodoxos y de los de los heterodoxos que hasta don Marcelino, polígrafo por antonomasia, los dio por agavillarlos, que, ahora, después de habernos sumido en vueltas y revueltas, en circunloquios y evasivas prosísticas, venimos en hablar de ese prodigio de los estadios, la insoportable superioridad de un galgo que deja en evidencia a los restantes lebreles, que, escrita ya la palabra «insoportable», mi máquina neural (supongo) de ir atando asociaciones de imágenes (o simplemente de fonemas, o ¿quién sabe si únicamente de fonías, o de ruidos escasamente reseñables?…), me lleva al terreno de la sincrónica sincromática, a ese comienzo de la novela de Milan Kundera (La insoportable levedad del ser) en donde establece paralelismos entre levedad y peso, lo que, curiosamente, me parece que roza (todo lo levemente tangencial, o tangencialmente leve que la palabra «roce» pudiera venir a significar), con lo que aquí veníamos tratando, además (o, con) que hay una lucha entablada, desde los principios de todo hasta el final, entre levedad y peso, lucha más que entrevista pesante y pensante en la filosofía de Parménides para quien Kundera guarda el debido respeto, frases de Kundera que, en su mayor pesantez, vienen a parar al sentido del «eterno retorno» (problema no sé si ontológico, de ubicuísmo, filosófico, ético, o simplemente físico, problema de honduras y cuyos laberintos gustó de visitar, con tan intrigante intensidad, la voluntad investigadora y aventurera hasta el deliquio de ese otro excelente malabarista de las ideas que fue Mircea Eliade.
Juego de títeres. De todas maneras, colocado uno en el brocal del pozo de Berlín 2009 en donde la melanina ha dejado su rastro de marcas de ébano (y unos cuantos libros no sé si ya escritos todos pero seguro que, de todas formas se escribirán sobre Historias de melanina), vuelve los ojos a la lectura de los párrafos imprescindibles de ese libro sobre la insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, en donde se nos dice que «en el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad», y, también, que «si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad». Y, a continuación, casi sin dar tiempo a la asunción (en sus dos acepciones de adefagia y levitación) de ese pensamiento, la pregunta crucial: «¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad?» Pero, a vueltas con la historiografía del eterno retorno, de si retornará otro Usain Bolt que hará olvidar a éste (que sí que retornará), o cuándo retornará (que ya debe haber nacido), uno se pone a pensar si todo ello no encaja a la perfección en un juego o plan (¿nos atrevemos a decir «divino»?) donde se mueven los títeres que todos somos.

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