Lunes sin hambre en Santa María

El párroco José Ángel y su red de voluntarios proporcionan comida caliente a medio centenar de personas solas y sin recursos

El Correo, I. OCHOA DE OLANO, 25-08-2009

El párroco de Santa María está enganchado a la providencia. Cree en ella de forma ciega y los motivos le asisten. En el invierno pasado, la buena ventura a la que tanto se confía se encarnó en la voz de una mujer, al otro lado del teléfono. «Tengo bastante alubia de segunda, pero soy buena cocinera. ¿Qué le parece si se la voy preparando y usted se la da a la gente que necesite comer?» La alianza, que con el tiempo se ha visto ampliada y fortalecida con otros dos fogones y otras cuatro manos divinas, ha permitido acuñar una máxima sagrada en lo alto de la colina de Vitoria: los lunes no hay hambre en Santa María. Medio centenar de personas, todas solas y sin recursos, lo saben y lo celebran.

Lo hacen pronto, sin dejar al reloj margen para que llegue si quiera a las 13.00 horas. Cuando el estómago está hueco, se impone el horario inglés de comidas. Este mediodía (por ayer), los convidados son sensiblemente menos que otros días. La comunidad árabe, la más numerosa en los lunes de olla caliente, está de ayuno diurno forzoso. Y así seguirá hasta que expire el recién iniciado mes de Ramadán.

Hoy, como casi siempre, hay alubias o garbanzos, a elegir, pan, un refresco y un yogur de una remesa aportada por el Banco de Alimentos. El potaje es cosa de Julia Arregui, 83 años, la última mujer – providencia que ha tocado a la puerta de la sacristía de Santa María. «Un día, después de hablar con ella, apareció aquí con un carro de la compra y dos pucheros llenos de alubias cocinadas. ¡Había venido desde Errekatxiki, donde vive!», cuenta el párroco, José Ángel López de Lacalle, bautizado por muchos como el ‘padre – patera’ de Vitoria, mientras se remanga para servir el menú al goteo de ‘invitados’ – casi todos hombres – que llegan para almorzar.

Alubia de Monasterioguren

José Ángel ha restringido a Julia la preparación de comidas a dos kilos una vez cada quince días y él mismo se ocupa de ir a recogerla a su casa. «Tengo unos primos en Monasterioguren que cultivan alubia y yo suelo ir a seleccionarla. Para vender sólo interesa la que está bien llenita, entera y limpia. La que retiro, la de segunda, no está bonita, pero sí buena. Un día les pregunté que qué hacían con ella. Me dijeron que la tiraban y decidí quedarme con ella. En mi casa la comemos, pero nos sobra… Yo preparaba comidas en un restaurante. Se me da bien y cocino más a gusto para muchos que para cuatro. Cuando no me quedan, pues preparo arroz con verduras o espaguetis», cuenta bajo la promesa incumplida de no dar realce a su filantrópica labor.

Aunque sus comensales aprecian la calidad de sus potajes, ignoran que son de cuatro estrellas. No en vano, durante años fue cocinera en el NH Canciller Ayala. En su aportación desinteresada para matar el hambre todos los lunes en lo alto de la colina le ayudan otras dos mujeres, la madre de uno de los más de cincuenta voluntarios de Santa María que proporcionan alimento, sosiego y asesoramiento a inmigrantes, ancianos y prostitutas, y «otra señora que, nos decía, se aburría los domingos», explica el sacerdote. Ninguna de las tres, curiosamente, pertenece a la parroquia, pero sí han oído del empeño y el coraje de su responsable en abrazar a los olvidados.

Noche a la intemperie

Luis Fernández, 48 años, coge sus pertenencias, encerradas en una mochila, tras dar cuenta de un menú en la antaño sala de los canónigos de la parroquia, convertida hoy en un comedor. Le ha sabido a gloria bendita después de dormir, a cielo abierto, en la plaza Santa Bárbara. Nació en Valladolid, se crió en Asturias y ahora está de paso por Vitoria sin rumbo certero.

Trabajaba como alicatador hasta que un accidente de moto y la separación de su mujer le dejaron incapacitado y en la calle. «Cobro 587,60 euros al mes por la invalidez. Con eso no se vive. Menos aún bajo un techo. Aun así, cuando necesito, pido, no robo», recalca. Conoció el comedor del padre José Ángel hace unos días y «aunque también vienen ‘manguis’ y chorizos, el ambiente es de hermandad, bonito. Nada que ver con Cáritas, a donde fui a que me diera alojo un domingo y me lo negaron», insiste en denunciar.

Fuera le aguarda su compañero de calle y de comedor, Alberto, el nombre ficticio de un vitoriano de 38 años sin domicilio desde los 15. «Mi madre se murió unos años antes. Mi padre se desentendió de mi. Cuando, al poco, se murió, me fundí la herencia en heroína y cocaína. Ahora llevo ya dos años sin consumir», apostilla esperanzado.

- ¿Qué le pide al futuro?

- Soy seropositivo. Tengo la pierna mal (explica mientras señala una muleta). El mes que viene me tienen que evaluar y espero cobrar una minusvalía. He pensado apuntarme a Etxebide, a ver si me toca un piso de alquiler y lo pago con lo que me den…

Ojalá. La tanda más bulliciosa se ha marchado. En el comedor sólo quedan dos personas. Comen distanciados y sin mirarse. Entretanto, Pavel y Adriana recogen las sobras. El primero es un colombiano de 29 años que recaló en las Antillas Holandesas y en Málaga antes que en Vitoria. Le ha ido bien. Tiene un trabajo estable como montador de muebles. Aun así, no se ha olvidado de sus duros comienzos. Lejos de ello, «siento la obligación de ayudar».

Algo similar le ocurre a Adriana Vivenza, una ecuatoriana de 35 años, madre de cuatro chavales que sobreviven por su cuenta, al otro lado del Atlántico, con lo que ella les envía. Apenas lleva un año en la ciudad y, pese a que sólo ha encontrado trabajos ocasionales, en Santa María encuentra apoyos para sosegar su corazón y arrestos para serenar otros. El hambre no sólo se mata a bocados en Santa María.

i.o.olano@diario – elcorreo.com

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