Problemas políticos

El goteo de refugiados llega a Galicia

La Voz de Galicia, María Cedrón, 23-08-2009

Cuatro personas que han pedido ayuda a España cuentan la historia que las ha traído hasta la comunidad tras huir de Chad, Congo, Camerún y Colombia

Cuatro personas que han pedido ayuda a España cuentan la historia que las ha traído hasta la comunidad tras huir de Chad, Congo, Camerún y Colombia

«No es un sueño verte obligado a abandonar tu país. Pero las cosas cambian». A Mahonde se le corta la voz. Va aparcando la conversación por segundos, toma aire, mira al suelo, se emociona. Pero continúa. Tiene 26 años. Es licenciado en Física y Química. También hizo Matemáticas Aplicadas. Su español aún no es fluido. En Chad, su hogar, hablan árabe y francés. Pero, poco a poco, va dejando escapar las palabras. Despacio, como cuenta su historia. Pronto hará un año que llegó a España. Fue en septiembre. Vino en avión. Aterrizó en Barajas. Allí pidió asilo y entró en el programa de integración de personas en situación de vulnerabilidad que gestiona la organización sin ánimo de lucro Accem a través del Fondo Europeo para los Refugiados (FER). Estuvo en Sevilla, pero acabó desplazado a Galicia, a A Coruña. Esa es la única ciudad gallega en la que la oenegé tiene uno de sus centros de acogida a refugiados (CAR). Son pisos en los que viven y reciben ayuda las personas que acaban de llegar. Galicia tiene cinco plazas. En lo que va de año fueron ocho los refugiados que llegaron a la comunidad.

«Egoístas»

Acostumbrarse a vivir en Galicia, en España, en Europa, no es sencillo. Todo cambia. «No es fácil vivir solo. Ser egoísta. – relata este joven del Chad – Nosotros no somos egoístas, no comemos solos, no caminamos solos».

Mahonde pertenece a la etnia peul. Vivía en la región de Mayo – Kebii, al suroeste del país. Justo en esa área su familia tenía una empresa de ganadería. Pero no le gusta hablar de lo que ocurrió. Es duro recordar. «Tenía dos hermanos. Ahora están muertos, igual que mi padre porque era amigo de la gente que estaba antes en el poder», explica. Tuvo suerte. Pudo escapar al conflicto entre el Gobierno y las tropas rebeldes que vive el Chad, un Estado con 11,1 millones de habitantes. «Hay que continuar. Ser fuerte. Los amigos que tengo ahora y la vida en esta tierra son una nueva familia. Estoy contento por tener amigos de verdad», comenta.

Ahora están estudiando su petición para obtener el estatuto de refugiado. El trámite puede alargarse durante años. Mientras espera, sus días comienzan a las cinco de la mañana, la hora en la que los musulmanes hacen su primera oración. Corre un rato, revisa las noticias del día y a las nueve va a buscar trabajo. Los domingos, lunes y jueves tiene partido, en Bastiagueiro. «C’est la vie».

El joven Mahonde llegó a España en avión. Guillaume no. Vino andando, en camión, en lo que pudo, cruzando el desierto desde el Congo. Su ruta se prolongó durante tres años. Fue duro, muy duro. Atravesó Centroáfrica, Camerún, Nigeria y Argelia hasta llegar a Marruecos. «Era profesor de kárate. Los militares eran mis alumnos», explica en francés. Sus problemas empezaron cuando se negó a enrolarse, a coger un arma para ir a matar a gente de otro Estado. «Eso era lo que no quería, no podía hacer eso, disparar contra otros», apunta. Por eso escapó. Cogió a su hijo y puso rumbo al norte.

El camino fue una odisea. Es fácil que los que componen la caravana queden a su suerte en medio de la nada. Pero logró llegar a Marruecos. «Un día, cuando ya habíamos llegado al Estado norteafricano, hubo una redada militar. Comentaban que venían para llevarnos otra vez al medio del desierto. Una mujer me dijo que le diera al niño, para protegerlo, que lo cuidaría», recuerda. Fue una actuación desesperada. Había perdido a su hijo, pero la Cruz Roja le ayudó a localizarlo. «Lo encontraron en la frontera con Melilla y lo acogieron en una familia», explica.

El hombre pidió un estatuto de refugiado en ACNUR Rabat. Le fue concedido en el 2007. Con un programa para reagrupar familias vino a Galicia, junto a su hijo. Hace un año que ya tiene papeles, que es legal. Pero todavía le falla el idioma. Está a la caza de un trabajo y, al mismo tiempo, aprende español. Mientras, aguarda para volver a estar con su hijo. «Está bien cuidado con la familia de acogida, lo puedo ver, conoce quién es su padre», explica. Porque aquí ya no tiene miedo.

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