¿Necesitamos emigrantes?
La Verdad, , 18-08-2009Los defensores de acoger a los emigrantes lo justifican como un deber que tenemos con los desfavorecidos de otros países porque los españoles también han emigrado antes. Esto último es cierto pero hay diferencias que conviene puntualizar. Dejando a un lado la colonización de América, que requiere un tratamiento aparte, hay que destacar la que está más próxima que se produce en dos períodos del siglo XX. En las primeras décadas de la centuria la emigración española se dirigió al continente americano, principalmente a Venezuela y Argentina. Fueron a quedarse, a ocupar tierras de escasa demografía que necesitaban nuevos pobladores.
En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado se produce la segunda oleada de emigración, esta vez a Europa. Alemania es el país elegido mayoritariamente, pues es el que más ha sufrido las pérdidas humanas en la Segunda Guerra Mundial y sufre escasez de mano de obra, al tiempo que inicia un gran resurgimiento económico. Los españoles van a suplir este déficit de personal; dejan su familia aquí, envían con su trabajo abundantes remesas de dinero, lo que será un factor importante en el despegue económico de nuestro país, y finalmente, al cabo de unos años se vuelven a su tierra.
La España que ha visto llegar en los últimos veinte años cinco millones de emigrantes no es la América deshabitada ni la Alemania destrozada por la guerra. En un país donde había casi tres millones de parados, al menos teóricamente no tenía que haber habido puestos de trabajo para extranjeros. Y sin embargo los ha habido. ¿Por qué? Pues en primer lugar porque se produce un desarrollo espectacular de nuestra economía, con la creación de nuevos empleos sobre todo en construcción y en agricultura, pero también en otros muchos sectores del mundo laboral. Tal demanda de trabajo podía haberse cubierto con los parados pero no ha sido así. Durante los años de esta década se ha dado la paradoja de ser España el país de Europa que recibía mayor número de emigrantes y, al mismo tiempo, tenía la cifra de desempleo más alta del continente.
Semejante incoherencia se ha producido porque a partir de los primeros años de la democracia empezamos a tener la sensación de que somos ricos. Casi todas las familias quieren que sus hijos estudien en la Universidad y la Formación Profesional se desprecia como trabajo de pobres. Primero se rechazará trabajar en el campo, después en la albañilería, en la hostelería, limpieza, cuidado de ancianos, etc., etc. Así que tienen que venir extranjeros a cubrir los puestos que los españoles no quieren.
Es cierto que estos emigrantes han creado riqueza y han colaborado al desarrollo económico de España. Pero la emigración no era la mejor solución; ahora con la crisis ya se está viendo, nos sobran extranjeros y no sabemos qué hacer para que se marchen a su país. Pero el problema es que gran parte de ellos, sobre todo los marroquíes, han venido a quedarse; se traen la familia, compran vivienda y terminan por adquirir la nacionalidad española. Sus hijos, copiando de los españoles, aspiran a estudiar en la universidad y rechazan los trabajos que realizan sus padres. Cuando la primera generación de emigrantes se jubile habrá que traer más emigrantes que los reemplacen en los empleos actuales. ¿Será posible seguir esta cadena indefinidamente? Es evidente que no.
¿No hubiera sido mejor tomar otras medidas? Como educar a la población española en la idea de que los trabajos que desprecian no son nada deshonrosos, reformar los subsidios de desempleo y crear puestos de trabajo adecuados a nuestras demandas internas. Australia y Nueva Zelanda representan un buen ejemplo. En Australia ni siquiera para la recolección de la uva llaman del exterior a trabajadores temporeros, dan vacaciones en la Universidad y realizan estos trabajos los estudiantes. En España esto es impensable, aquí somos mucho más ricos y los papás no pueden consentir que sus hijos hagan trabajos indignos. Pues o cambiamos la mentalidad y hacemos nuestros trabajos sin necesidad de pobres que nos sustituyan o estamos preparando una bomba de relojería que nos explotará en el futuro.
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