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Richard Herring pone el bigote de Hitler a remojar
El Mundo, , 14-08-2009Acusaciones de racismo, colas en la taquilla y carcajadas a costa del Führer acompañan a la comedia más polémica del Fringe Es sabido que la especialidad de Richard Herring es el humor negro. Pero incluso para él, un monólogo cómico sobre Hitler es un peligroso campo de minas. El espectáculo en cuestión se llama Hitler moustache (El bigote de Hitler) y en él, Herring apuesta por explotar la vis cómica del dictador alemán, ridiculizar sus escritos y sus ideas y convertirlo en una especie de payaso de las bofetadas para solaz de los espectadores de Edimburgo.
No es la primera vez que Hitler se sube a un escenario del Fringe. Ya lo hizo en 2008 de la mano de Paul Webster, que se metió en la piel del dictador con un monólogo pronunciado en la antesala de la muerte. El éxito de la pasada edición le ha devuelto este año a la arena del festival.
Esta vez, sin embargo, alguien se atreve a presentar al tirano en clave de comedia y tal vez por ello ha tenido que hacer aterrizaje forzoso en Escocia. Básicamente por el ataque furibundo que dirigió a Herring hace unos días el crítico de teatro del diario The Guardian, que acusó al actor de hacer apología del racismo en el espectáculo.
Su acusación parece injusta por lo que se ve desde la platea de la sala donde El bigote de Hitler se representa hasta el próximo 31 de agosto. Desde la primera frase queda al descubierto la voluntad de Herring: rescatar el bigotito del Führer (que también es el suyo) de las garras del dictador y rehabilitarlo de una vez por todas para la comedia. «No creo que la culpa de todo la tuviera el bigote. ¿O sí?», esgrime con sorna.
El espectáculo arranca con el cómico analizando los daños colaterales que ha provocado sobre su vida dejarse crecer el bigotito de marras: si debe o no afeitárselo para las bodas de oro de sus padres, si ha sido sensato llevarlo puesto y si despierta en la gente pánico, risas o admiración. Herring compara los cómicos a los dictadores – «unos y otros son personas arrogantes que requieren una adulación constante» – y recita frases que parecen entresacadas del mismísimo Mein Kampf.
DERROTEROS. Son momentos en los que el actor se adentra por los derroteros peligrosos que le han acarreado las críticas de The Guardian, que le acusa de forzar la máquina de la ironía con comentarios racistas.
«Es cierto que yo digo en el espectáculo: ‘Quizá los racistas tienen razón’», explica Herring. «Pero no lo hago porque me lo crea sino para poner a prueba a la audiencia, que contiene en ese momento la respiración porque un tipo con el bigote de Hitler ha desafiado lo correcto y se siente incómoda al no saber dónde le puede llevar».
No es la única frase complicada. Herring recuerda por ejemplo su cólera cuando le robaron el iPod y grita en escena: «Quizás a Hitler le robó el iPod una persona judía. ¡Eso casi podría justificar el Holocausto! Casi. He dicho casi. Bueno, no habéis oído nada». Y sobre las disputas de la región autónoma india de Cachemira, espeta: «Qué fantástico sería que los indios y los paquistaníes se vieran a sí mismos como los racistas les ven. Dirían: ‘¿Pero por qué luchamos? Tú eres un paqui y yo también’». Esa frase, sí, es tremendamente incorrecta si se tiene en cuenta que «paqui» es el término más despectivo con el que se conoce en Inglaterra a las personas naturales del subcontinente indio.
Y, sin embargo, El bigote de Hitler no merece arder en el fuego de la inquisición. No sólo porque se ha convertido en la obra de moda en Edimburgo y cuelga todos los días el cartel de no hay billetes sino por la moraleja que lleva implícita la obra: la indiferencia ciudadana coloca a las democracias acomodaticias un poco más cerca del retorno del fascismo.
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