* Los Springboks unieron a blancos y negros - RAFAEL RAMOS * Budd, la atleta del apartheid DEPORTE Y POLÍTICA / 11 . MUNDIAL DE RUGBY DE SUDÁFRICA(1995)

Los Springboks unieron a blancos y negros

La Vanguardia, RAFAEL RAMOS - Londres. Corresponsal , 12-08-2009

La historia no se escribe en un momento, pero hay momentos que definen y escenifican la historia. En el caso de Sudáfrica, uno de ellos se produjo la tarde de San Juan de 1995, cuando el presidente Nelson Mandela, vestido con una gorra y una camiseta verde de los Springboks, entregó la copa de campeones del mundo de rugby al capitán François Pienaar, un afrikáner de pura cepa. El mundo entero vio plasmada la imagen de la reconciliación en un país que acababa de poner fin al apartheid y cuya capacidad para enterrar el pasado era vista en la mayoría de foros internacionales con escepticismo.

La Sudáfrica del 95 había celebrado el año anterior con éxito sus primeras elecciones democráticas (con aplastante victoria del Congreso Nacional Africano, como en todas las posteriores), las masas de negros oprimidos contaban con dar la vuelta a la tortilla y obtener una prosperidad que les había sido negada hasta entonces, muchos blancos sucumbían al miedo y emigraban a Inglaterra, Australia, Canadá y Estados Unidos, y muchos de los que se quedaban seguían viendo la sociedad desde una perspectiva racista y reaccionaria. El país estaba al borde de la bancarrota, y su capacidad de solvencia financiera era muy discutida. Por un lado había resistencia, por otro, ánimos de revancha. El crimen y el sida causaban estragos.

Pero cuando Mandela se vistió de Springbok y estrechó la mano de Pienaar en un gesto de grandeza reservada a los hombres extraordinarios, resultó evidente que algo muy importante había cambiado en Sudáfrica, y más cosas iban a cambiar. El presidente aprovechó la euforia de un momento de gloria deportiva – la conquista del mundial de rugby tras derrotar en la prórroga por 15 a 12 a los poderosos All Blacks neozelandeses con un drop goal de Joel Stransky-para transmitir un mensaje inequívoco de optimismo y concordia. Lo pasado, pasado está. Blancos, negros y mulatos, afrikáners, ingleses, xhosas y zulúes tenían que convivir y encontrar acomodos para que el país saliera adelante y no se materializaran los oscuros pronósticos de ruina económica o incluso guerra civil.

El deporte tiene en Sudáfrica una simbología muy importante, incluso más que en otros lugares. El rugby ha sido – y en buena medida es-el deporte de los afrikáners desde que un clérigo inglés lo introdujo en el país en 1861. Representa su actitud ante la vida de todo vale, su peculiar forma de machismo, el espíritu de nosotros solos frente al mundo propio de una comunidad que se ha sentido asediada tanto por los negros como por los ingleses, que ha ido a la guerra para defender su territorio, que ha sido aislada internacionalmente, que presume de ser noble e ir siempre con la verdad por delante, pero que en la defensa de sus intereses ha sido capaz de cometer crímenes abominables.

Cuando Mandela alzó la Copa del Mundo de 1995, vino a enfatizar dos cosas. Por un lado, que los blancos iban a tener un papel importante en la construcción de la nueva Sudáfrica a pesar de que sus privilegios (excepto los económicos) se habían acabado, las escuelas públicas reservadas para sus sus hijos iban a ser integradas y sus empleos en la burocracia gubernamental objeto de programas de discriminación positiva y reservados en la práctica para la mayoría negra. Por otro, que todo era de todos, incluido su sacrosanto rugby. El capitán François Pienaar, al responder con un “Gracias, Presidente”, aceptó esas condiciones.

En aquella Sudáfrica los blancos tenían miedo y los negros rebosaban optimismo. Catorce años después, dos millones de chabolas han sido reemplazadas por modestos pisos con agua y electricidad, pero el desolador paisaje de los townships se cierne sobre ciudades grandes y pequeñas. La diferencia entre pobres y ricos ha aumentado con el liberalismo económico (es la segunda mayor del mundo después de Brasil), hay un 40% de paro y numerosas familias tienen que vivir con menos de un euro al día. Los obreros que trabajan en la construcción de los estadios para el Mundial de fútbol del 2010 no ganan ni 150 euros al mes, que está considerado un buen sueldo. El dinero sigue en las mismas manos que antes, aunque se ha desarrollado una ostentosa clase media alta de color que vive en chalets y conduce BMW. Se registran 50 asesinatos al día y 40.000 violaciones y robos de coche anuales. La expectativa de vida no llega a los cincuenta años.

Decenio y medio después, hay cosas distintas y hay cosas iguales. No ha habido colapso económico ni guerra civil, pero Sudáfrica continúa siendo infinitamente violenta e infinitamente injusta. Las víctimas del racismo son los emigrantes de Zimbabue, Mozambique y Zambia. En el equipo de los Springboks figuran once jugadores de color, incluidas estrellas internacionales como Bryan Habana, JP Petersen y Tendai Mtawarira, algo impensable en 1995. Pero el estadio Loftus Verstfeld de Pretoria – ciudad afrikáner por excelencia-es un ejemplo del lema lampedusiano de que todo cambia para que nada cambie. Cuando juegan los Blue Bulls de rugby, los negros de las gradas se cuentan con los dedos de una mano. Cuando hay un partido de fútbol del Supersport United, el único blanco suele ser al árbitro.

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