«Con lo que gasto en diez días en el País Vasco, vivo dos meses en Bolivia»
Esta baracaldesa trabaja desde hace siete años para el desarrollo de Latinoamérica y «sobrevivo porque me quedo con lo positivo»
El Correo,
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09-08-2009
En su retina almacena escenas muy duras. Ha visto a una persona herida caminar kilómetros en busca de un centro de salud. Recuerdos amargos que, sin embargo, forman parte de su trabajo. Ainhoa Cabezón es cooperante internacional, y la gestión de actuaciones para el desarrollo en América Latina le ha reportado vivencias muy gratificantes y otras que no lo son tanto. Por eso, esta baracaldesa de 32 años prefiere retener sólo lo bueno: «Sobrevivo porque me quedo con las cosas positivas, de ellas lleno mi mochila para seguir camino». Desde mayo, su vida transcurre en Bolivia, el país donde arrancó hace siete años su carrera profesional.
Desde muy joven tuvo claro que quería sumergirse de lleno en otras culturas. Así que después de licenciarse en Derecho comenzó un máster en Cooperación Internacional Descentralizada por la UPV. Fue durante ese curso cuando vivió su primera experiencia, en Venezuela, gracias a una beca del Gobierno vasco. Fueron tres meses de intenso trabajo en Caracas, pero su gran oportunidad no llegó hasta un año después, cuando la ONU le brindó la posibilidad de poner en práctica sus estudios en La Paz, una ciudad que le sedujo.
Esta nueva aventura en Bolivia comenzó en febrero de 2002. «Allí realicé trabajo de campo en talleres y en contacto directo con la gente. Lo que siempre quise hacer». Pero el sueño terminó y tuvo que regresar a España. Su mente, sin embargo, se quedó al otro lado del océano. Su intención era seguir ganando experiencia en Latinoamérica y, tras formarse como experta en psicología infantil, consiguió en 2004 regresar a Bolivia de la mano de Save the Children.
Su misión: velar por los derechos infantiles. Una labor que ha desarrollado durante dos años también en Honduras. «Lo más impactante son las historias de desnutrición, violencia, trata y explotación de niños». A pesar de la gran carga emocional que este trabajo le ha acarreado, el pasado mayo volvió a La Paz. Ahora, como miembro de la Agencia Española de Cooperación para el Desarrollo. «Bolivia casi es mi segunda casa».
36 etnias
Son muchas anécdotas las que ha vivido en aquel país, que esconde parajes tan diferentes entre sí como la cordillera andina o el Amazonas. «Te encuentras dos mundos diferentes en cuanto a clima, paisaje y costumbres». De hecho, al haber 36 etnias distintas, en algunas zonas es frecuente encontrarse a personas que no hablan español, sino la lengua de sus ancestros. «Así que necesitas de un intérprete para comunicarte».
Pero los viajes más enriquecedores son los que ha hecho por trabajo. «Recuerdo que con UNICEF íbamos con un carro blanco – se refiere a un todoterreno – para ir a visitar a niños a las aldeas. Y los pequeños se alejaban. No lo entendíamos. Así que le pregunté a un crío por qué no querían jugar con nosotros, y me respondió: ‘Es que nos vais a pinchar’. Ellos asociaban el color blanco del vehículo a las brigadas médicas y creían que les íbamos a poner alguna inyección».
Cada vez está más adaptada al estilo de vida boliviano, pero hay un asunto que le crea un conflicto moral. «Aquí el sueldo medio es de 500 bolivianos (50 euros), pero el nivel de vida de los extranjeros es mucho más alto porque cobramos en euros». Un menú del día ronda 1 euro y un alquiler los 250. El choque se intensifica al regresar a España. «Con lo que gasto allí en diez días, vivo dos meses en Bolivia». Quizá por eso, al preguntarle por su vuelta al País Vasco prefiere aplazar la respuesta.
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