El bailaor estrenará el 20 de agosto «La difícil sencillez» en los Teatros del Canal, un espectáculo basado en una conferencia de Lorca
El duende de Amargo
La Razón, 03-08-2009Rafael Amargo vuelve a su esencia y a la capital con un espectáculo de flamenco y con la colaboración de nueve bailarines y doce músicos.
Manuel Molina trae el rostro barbado, ese rostro de baile y hoguera del que presume y que se peina con las manos. Viene todo de blanco, con una voz de ronquera y madrugada. Las mañanas no están para cantar flamenco, desde luego. Lo cierto es que las mañanas están para muy pocas cosas. «Yo por la mañana soy incapaz de cantar, pero por la noche soy una maravilla», se queja en alto, con los dedos engarfiados ya en las cuerdas de una guitarra que apoya con temple sobre una pierna. «Es que sólo has dormío doce horas y estás hecho polvo», le reprende Rafael Amargo con canallesca y gracia. «Es que es una hora un poco temprana para esto», replica el otro. Ríen y comienzan casi sin avisar. Cajón, cuerda y tacones tachonados. El cante no es sólo música. Es un ánimo. «Olé, vamos, ahí está», dicen unos y otros.
Querer bailar
El Teatro del Canal estrena el próximo 20 de agosto el nuevo espectáculo de la compañía Rafael Amargo «La difícil sencillez», un montaje inspirado en la conferencia «Juego y teoría del duende» de Federico García Lorca, que cuenta con la dirección de escena y dramaturgia de Pilar Távora y el vestuario de Francis Montesinos. Una invitación a las raíces lorquianas más hondas de Rafael Amargo. «Soy un bailaor y para bailar tengo que querer bailar; no sé mentir en el escenario», asegura. El ensayo prosigue. La habitación vacía, las paredes acristaladas y, en medio, un piano negro y unas sillas de acero y metacrilato. María «la coneja» viste con unas chanclas negras y toca las castañuelas, que son los tacones de las manos y que ella, con valentía, hace que hablen con desparpajo y ritmo, golpeándolas hasta con los hombros. Alrededor la contemplan Antonio Maya, que es el dueño del cajón; Gabriel de la Tomasa, que se arrancará después como cantaor y Jesús Losada, propietario de esa guitarra que se desmarcará con un oportuno solo en su debido momento. «El texto de García Lorca –comenta Amargo– es increíble. Intenta explicar qué es el duende, cuándo se provoca. Y habla de lo popular, de la religión, de la tauromaquia, cuando el torero entra a matar».
–¿Y qué es el duende?
Para Manuel Molina, que se expresa con el tono de un recital de poesía, «es algo que ni se compra ni se vende; es inexplicable y se nace con él. Es una manera de impregnar al que lo escucha sin pretensiones, es como el amor». ¿Pero para ti, Rafael, qué es? «Es lo que te provoca el olé. Es lo que está muy cerca del vértigo, lo que es capaz de ponerte el vello como escarpias». ¿Y, dime, por qué el flamenco es tan versátil? ¿Por qué es capaz de fusionarse con otras músicas de una manera tan sencilla? «A diferencia de otros bailes, el flamenco tiene una tradición arcaica. Está en el suelo, es fuerte, es duro, es agresivamente bello. El baile y el cante evolucionan y ahora existe el flamenco heterodoxo y el flamenco fusión».
Rafael Amargo trae en el antebrazo los naipes de la suerte y la superstición. Tatuajes dibujados con tinta azul de unos dados con un cuatro y dos, una calavera, una mano de Fátima y una bolsa de dinero con el símbolo avaricioso del dólar. «Con este espectáculo vuelvo a mis raíces, al Rafael Amargo menos mediático, el que me pedíais todos. Hacia tiempo que no me ponía tan nervioso. Llevaba casi dos años sin actuar en Madrid. La verdad es que tenía necesidad de volver al sur». Un retorno en el que le respaldan nueve bailarines, 12 músicos y el artista invitado, Manuel Molina, de mucha raza, que cuenta cómo es llevar un texto a la música y el baile: «Es un texto muy importante. Ha sido como abrir una ventana, vas como descubriendo cosas, siempre tratando de alguna manera de enriquecer lo que recibes. Antes de salir a cantar, me pongo enfermo del miedo, pero ya decía mi padre: “El día que no te de miedo salir a cantar, te pongo una zapatería”», concluye.
Tanto monta
Manuel Molina y Rafael Amargo. ¿O es al revés? Los dos encaran el estreno del 20 de agosto y hablan por separado y juntos. «Yo soy un artista inquieto –afirma Rafael–. Me como hasta las uñas. Soy multitarea y me gusta, aunque a los periodistas os gusta usar lo de ecléctico. Eso, que yo soy ecléctico», comenta riéndose. Y Manuel, claro, que recapacita, como apartándose el sol que no hay de la cara, que «lo más difícil es la sencillez. Es necesario volver a lo clásico, es como un halo de luz que ilumina a todos los gitanos».
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