El otro «Bronx» de Vallecas
ABC, , 26-07-2009Indignación y rabia. Dos sentimientos que ayer se asentaron en el popular Puente de Vallecas madrileño. Una niña había sido salvajemente apuñalada cuando despuntaba un sábado de calor veraniego. De una jornada supuestamente tranquila. Su vida había acabado cuando todavía no había cumplido los 13 años. Lo gritaba su propia madre cuando regresaba del trabajo; incapaz la mujer de creer lo que estaban viendo sus ojos. Su niña, muerta. Con sólo 12 años. «Para ella, para esta criatura, ya se ha acabado todo. Para los que matan, no. ¡Qué asco!», exclamaba un vecino de la calle Pico Cejo, un hombre ya metido en canas, que vive en el Puente de Vallecas desde hace muchos años.
A su lado, otra mujer se quejaba de que «las cosas han cambiado mucho aquí». Ella, impactada por lo que acababa de ocurrir, reconocía que «esto también parece el «Bronx». Es triste decirlo, pero el barrio no es lo que era. Me duele que algunos inmigrantes no respeten a sus vecinos. Aquí hay líos un día sí y otro también. Ya ha venido la Policía muchas veces, pero en cuanto se van, la bronca sigue», señala.
La misma impresión tiene otra vecina. Nadie nos quiere decir sus nombres. Por algo será. Hay temor a represalias. «En cuanto les dices que tienen que comportarse mejor, que tienen que respetar los horarios y las costumbres, se encaran contigo y, a veces, te amenazan».
Olores caribeños
Lo cierto es que sí, que este barrio está habitado por muchos inmigrantes, especialmente suramericanos. Todos los balcones de la calle Pico Cejo próximos al lugar del crimen de ayer estaban llenos de mujeres, hombres y niños con rasgos de esos países. Ecuatorianos, peruanos, bolivianos e, incluso, dominicanos. El censo es grande. Los olores que salen de las casas hablan de recetas y pucheros caribeños.
Los más antiguos del barrio, los vallecanos, no tienen nada que objetar. Sólo piden eso, que sus convecinos de otros países quieran integrarse plenamente «y que no armen escándalos con las músicas tan altas a las tantas de la madrugada. Tenemos que madrugar y no nos dejan descansar», se decía en la calle.
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