La formación de los valores

Diario de noticias de Alava, por Ramón Doria Bajo, 22-07-2009

n O voy a referirme a la creación de los valores mobiliarios, tal y como podría suponerse por mi formación y por la importancia que los mismos tienen en este mercantilista mundo, sino a los valores morales por los que regimos nuestra conducta. Todos sabemos que los niños son por naturaleza déspotas con sus compañeros de juego, que se ensañan con el gafotas, el gordito, el tímido, el adoptado o, simplemente, con el diferente.

Su actitud no es otra cosa que afán de autoafirmación en su propia realidad. Van percatándose de que ellos no tienen tal o cual defectillo, que ellos son como la mayoría y por eso discriminan al diferente como método de auto ensalzamiento.

Luego, la educación elimina parcialmente esos ensañamientos y consigue uno de sus grandes logros: la convivencia pacífica.

Esos niños, transcurrido un cuarto de siglo, en la medida que van percatándose de sus propias habilidades – máxime si éstas son algo más altas – van apreciando la falta de ellas en los que le rodean.

Así el que es capaz de captar las nuevas técnicas con mayor celeridad que el resto o de abstraer conceptos teóricos más fácilmente que sus compañeros de carrera o de trabajo, o que por haber sido educado en el esfuerzo y la economía, llega más lejos que sus amigos de infancia, siente como se reafirma su yo y su ego comienza a flotar como sobre una peana mirando por encima a los demás mortales que le rodean.

Aquél que ha alcanzado metas económicas o sociales algo más altas que las de sus antiguos colegas y que ve como éstos son incapaces de alcanzarle, empieza – como cuando niño – a discriminar a sus conciudadanos, comienza a sentirse de casta superior.

Reafirma así su personalidad ensalzando las características que a él le han aupado a su posición, ya sean la educación, la inteligencia, la clase social, la raza, etc.

Es la época en que, inicialmente tan sólo para su oído, va diciéndose: “La gente es pobre porque es vaga”, "El vicio y la vagancia lleva a la gente a ejercer la calle ", “Esta gente extranjera no saben hacer la O con un canuto y quieren cobrar como los demás…”.

Cuando las sienes de aquél que fuera niño se van plateando, ya no lo dice para sí, ya se atreve a propagarlo buscando la empatía de los que como él han ascendido en la escala. Ya proclama sus valores sin ningún recato cual si fueran los valores y no hubiera otros.

Cada uno nacemos allí donde nos toca: en un barrio rico, en el extrarradio de una macrourbe o en una aldea perdida; en oriente o en occidente. Nacemos pálidos, tostaditos o color limón. Nacemos listillos o del montón.

En realidad nuestro yo se ha ido formando en función de esas variables aleatorias en las que nadie hemos podido influir previamente que son la genética, la educación y las condiciones sociales. Nadie hemos podido decidir previamente nacer inteligentísimos, guapísimos, esforzadísimos y en el seno de una buena y elegante familia, de lo contrario lo hubiéramos hecho.

En los albores de la humanidad todos los vecinos luchaban a muerte entre sí para arrebatarse sus posesiones, poco a poco fue floreciendo la cordura de la sobrevivencia y se llegaron a acuerdos de no agresión mutua que facilitaron la convivencia. El ejemplo más reciente lo constituye la Unión Europea donde se han erradicado las luchas fratricidas que ensangrentaron el continente hasta antes de ayer por la mañana. Se cambió el valor del individualismo chauvinista por el de la convivencia en la diversidad. Pero para poder darse ese paso – paso que ahora nos parece esencial – el proceso fue largo y costoso, mucha gente murió a manos de intolerantes de toda laya y condición. Locke (1632 – 1704) y Voltaire (1694 – 1778) pusieron las primeras piedras cuando en sus escritos reclamaban tolerancia entre las distintas religiones y las distintas gentes.

La utilidad de la tolerancia tarda en entenderse por eso las mentes, menos complicadas y menos educadas, los AV+ (los aceleradamente venidos a más), los que han accedido al dinero sin haberlo hecho previamente a la cultura, tardan en entender el valor que supone su ejercicio. De ahí que todos esos arribistas llenos de ínfulas de éxito y carentes del más mínimo estudio acerca de los valores se permitan proclamar el individualismo, la xenofobia y la depredación como valores, cuando únicamente constituyen rémoras de ancestrales comportamientos. Y por eso seguimos soportando guerras preventivas que esconden las depredaciones de petróleo u ocupaciones estratégicas como las de Afganistán o genocidios como el de Gaza o…

No podemos ya influir en las condiciones de nuestros propios nacimientos pero sí que podemos influir en las condiciones que rodearán a los que nazcan en los próximos años. De nosotros depende que se encuentren con un mundo con menos intolerancia hacia el diferente; con un mundo más equitativo para todos sus habitantes; con un planeta en el que todos accedamos a la mínima alimentación y sanidad (1.000 millones de personas no acceden al agua potable. Los africanos han reducido el 25% el consumo que tenían hace 25 años); en el que todos poseamos La Tierra y no permitamos que unos pocos la destruyan por su loca avaricia de riquezas cuya acumulación de nada les servirá. Un planeta en el que todos accedan a la educación en unos valores de tolerancia, sostenibilidad y equidad que permitan a las generaciones venideras poder decir como Mercedes Sosa: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”.

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