La revuelta de los uigures no llegó a la legendaria Kashgar pese a que son el 80% de la población
El Periodico, , 17-07-2009En los días posteriores a los disturbios de Urumqi que causaron 184 muertos, la prensa encerrada en el mismo hotel se solía preguntar: ¿qué estará pasando en Kashgar? Si en Urumqi la proporción étnica es paritaria, en la legendaria Kashgar los uigures forman una mayoría del 80%. Además, en el sur rural la frustración es mayor que en el norte urbano. Organizaciones de uigures en el exilio hablaban de revueltas con cientos de muertos en Kashgar y cualquier periodista era expulsado de inmediato, así que el asunto prometía.
EL PERIÓDICO llegó el domingo, tras muchos quiebros y con suerte, para confirmar que en Kashgar no pasó nada. Otra prueba de que la censura se le vuelve en contra a China. Apenas hubo una pequeña concentración frente a la mezquita por la libertad de los detenidos, diligentemente disuelta. Pekín inundó las calles de tropas tras la primera explosión de violencia en Urumqi. Un funcionario me explica el miércoles que están funcionando todas las medidas para mantener la paz, incluida la expulsión de prensa extranjera, mientras me escolta al aeropuerto.
Miles de soldados
Sin embargo, Kashgar parecía vacía de soldados el domingo. El misterio se resolvió frente a la mezquita Id Kah, una de las mayores de Asia: estaban todos ahí. Eran miles, formando un doble anillo alrededor del templo, con recio material antidisturbios a más de 40 grados.
En Kashgar siempre han abundado los confidentes. La tensión es mayor estos días que de costumbre. Una conversación política sincera es quimérica. Ni siquiera accede un neozelandés que regenta un restaurante. A cambio, cualquiera con pinta de periodista extranjero se tropieza espontáneamente con quien te invita a un té en su casa y te sirve una versión cercana a la oficial, o al menos, equidistante.
Abdul es guía turístico: «China ha desarrollado Xinjiang, pero ahora debería dejarnos volar solos, como el padre a sus hijos. Aquí no ha habido sangre porque sabemos que el problema no es con los vecinos han sino con el Gobierno. Si no cambia su actitud, el problema no acabará».
Kashgar pugna por recuperar el pulso diario. El domingo es preceptivo acudir al mercado de animales, donde se escrutan dentaduras, se organizan carreras y cualquier parte de vacas, ovejas, caballos y yaks es palpada. El pasado domingo languidecía con apenas una docena de vacas. Un uigur de barba afilada se lamentaba tras vender una por 7.000 yuanes (unos 700 euros): «Mira qué brillante tiene la piel del cuello. Eso es señal de leche abundante y buena carne. Valía casi el doble, pero hoy esto es un desastre».
El Mercado del Domingo es el mayor de Asia y el más deliciosamente caótico. Aquí acuden 10.000 campesinos con su mercancía cargada en burros, caballos, motos o carritos. La mayoría de los puestos había bajado la persiana. El Gobierno avisó de que permanecería cerrado y solo acudieron los comerciantes de la ciudad. Un vendedor promete que por ser su primer cliente me ofrecerá el mejor precio, y la frase suena por una vez sincera.
La cultura resiste
El mercado es el legado de lo que Kashgar fue en su día: el punto final del la mayor ruta comercial de la historia, el nexo entre Asia y Europa. Aquí llegaba la mercancía cargada en camellos después de atravesar las cordilleras del Pamir y el Karakorum o el desierto de Taklimakan, que significa si entras nunca saldrás. Entre los siglos IX y XV, la Ruta de la Seda unió Antioquía, Constantinopla, Persia, Samarcanda y China. La apertura del transporte marítimo marcó el inicio de la decadencia de Kashgar. Aún conserva algo: su omnipresente comercio y la variada fisionomía de su población. Aquí convergen las caras anchas y oscuras mongolas, la tez cetrina del medio oriente y rubios que se queman con el sol y podrían pasar por irlandeses.
Descontado el barrio uigur, Urumqi es una ciudad china. Kashgar es la antítesis. Los hombres van tocados con el gorro musulmán y las mujeres se tapan como en Afganistán. Cuesta encontrar cerdo, ubicuo en la gastronomía china, y abundan los corderos colgados que menguan a corte de cuchillo mientras se sirven los pinchitos. Uigures y han estiran la historia a su antojo, pero la realidad cotidiana dificulta pensar en Kashgar como china. La cultura uigur resiste a pesar de embates como la estatua de Mao, una de las mayores de China, o la destrucción del centenario barrio musulmán por el supuesto temor a terremotos.
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