El Estrecho en silla de ruedas
La Verdad, , 24-06-2009Un hombre discapacitado que viajaba en silla de ruedas llegó a la costa de Almería en una patera interceptada por equipos de Salvamento Marítimo y del servicio de Emergencias. Junto a las noticias de ahogados en aguas del Estrecho, frecuentes en la aventura inmigrante, la noticia de este insólito viajero anima a sonreir, mientras cientos de africanos llegan a España sin papeles y sin su cepillo de dientes. La silla de ruedas humaniza este episodio, lo que no significa que este tráfico ilegal, en su mayoría en manos de las mafias, acabe vendiendo billetes para gente que vive sin vivir en ella y busca al otro lado del mar la tierra de promisión que en principio es sólo un centro provisional de acogida de la Cruz Roja o un asentamiento improvisado en unas naves del puerto de arribada, o sea la estación términi, nunca mejor dicho.
Esta anécdota de la silla de ruedas no es la leyenda de Ironside en la televisión de los 60, donde aquel actor llamado Raymond Burr hizo famoso su personaje. Tampoco la de Roosevelt, el presidente de Estados Unidos, que tiene en Washington un monumento, también sentado en silla de ruedas a causa de la polio que padecía. Los dos, cuyas figuras utilizamos a botepronto como metáfora, llegaron muy lejos en la difusión de sus imágenes de discapacitados, aunque se sabe que el jefe de la Casa Blanca evitaba cuanto podía que le viesen en esa situación. El inmigrante dará mucho que hablar. Y también los dramáticos matices que se van produciendo, cada vez que un cayuco alcanza la orilla española.
Mujeres embarazadas, bebés, menores de edad, ancianos y enfermos, forman parte de esa población flotante, a la desesperada, que se desplaza en condiciones límite con lo puesto, que en el caso de la silla de ruedas debe ser lo primordial en la vida de su protagonista. Cuando, al final del peligroso trayecto ni siquiera existe posibilidad alguna de enfrentarse al destino andando, y sin contar alguna carrera obligada en la huida hacia adelante emprendida, se entiende muy bien su único equipaje. A bordo de la patera, viajaba algo más que un hombre que renunciaba a su arraigo para recorrer nuevos caminos. Iba un pasajero que trataría de abrirse paso desafiando con su minusvalía rodante, después de atravesar el Estrecho, las dificultades de una sociedad en la que ir a pie ya resulta a veces insuperable y necesita, cuando menos, unos pasos de cebra.
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